The Amazing Spiderman 2

Más que por sus producciones de terror, por lo que siempre le estaré agradecido a Sam Raimi es por haber orquestado una trilogía tan rayana en lo sobresaliente como Spiderman. Experimentado cineasta, consiguió con ésta, para el que esto firma, la mejor saga de superhéroes hasta la fecha –incluyendo Spiderman 3, injustamente vilipendiada por la crítica a pesar de ser la más floja de las tres-. Pero cuando creíamos que el hombre araña ya tenía su saga definitiva, cinco años más tarde salta la noticia de que Marc Webb, director con una única película a sus espaldas –500 días juntos (2009)-, pilotará un reboot del famoso arácnido. La pregunta inmediata fue clara: ¿era necesario? Aunque, ante todo, admiré la valentía de un director que pasó de manejar reducidos presupuestos a amasar grandes cantidades -los algo más de 5 millones de su película indie Vs. los más de 200 millones de The Amazing Spiderman– y que tuvo la osadía de enfrascarse en un universo creativo sometido a las suspicacias de sus millones de fans, máxime cuando Raimi había dejado el listón tan alto.

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Intentando no prejuzgar el resultado final, mi devoción por el que es el superhéroe más emblemático de todos los tiempos hizo que esperara la película con ansia. Y… ¡sorpresa! La primera entrega de Webb, The Amazing Spiderman (2012), aprobó con nota.  A pesar de no contar con un bagaje cinematográfico tan rotundo como Raimi, el estadounidense supo manejar los elementos del cine de acción de forma notable. Lo que este cronista no podía imaginar es el batacazo que este mismo director se iba a pegar en su segunda entrega. Inferior a la primera y a años luz de Spiderman 2, The Amazing Spiderman 2 peca de un error garrafal: repite los mismos errores que la trilogía de Raimi y las cosas buenas, lejos de mejorarlas, parecen meras fotocopias. No se explica, por ejemplo, que después de que Spiderman 3 quedara lastrada por los excesos de villanos -un total de tres…¡tres!-, Webb sobrecargue la función nuevamente con el mismo número. Con una importante diferencia: esta vez, el proceso de creación de los malos malísimos bascula entre lo ridículo y la vergüenza ajena -todo lo contrario, por ejemplo, a la conversión de El Hombre Arena (Thomas Haden Church), una de las secuencias más bellas de cuantas ha rodado Raimi, no sólo de Spiderman, sino de su carrera en general-. En esta ocasión no sólo se satura al espectador con tres villanos -siendo el principal, Electro (Jamie Foxx), mucho menos espectacular que El lagarto de la primera parte- sino que el conjunto es, en general, irregular, caótico, confuso y, lo que es peor, bastante aburrido.

Consciente de lo bien que funcionaron en la trilogía de Raimi, Webb incluye varios interludios musicales en mitad de la función, arrebatos indies que funcionan muy bien pero que tampoco nos descubren nada nuevo. Y respecto al humor… cierto es que el Spiderman de esta segunda parte se asemeja más al de los cómics en lo referido a su tono jocoso, el problema es que sus chascarrillos no hacen gracia. Se mire por donde se mire, la cinta es incapaz de desprenderse de la sensación de espectáculo atolondrado, como si sus responsables no se hubiesen tomado el tiempo suficiente para aportar un mínimo de cohesión a una cinta mal planteada, peor desarrollada y pésimamente resuelta, con un final abierto entre lo sonrojante y la tomadura de pelo. Y respecto al desnortado epílogo de la Patrulla X, sin fuste de ningún tipo, mejor no hacer ningún comentario. De duración excesiva, cuánto habría ganado el filme de haber suprimido un villano y poniendo sobre el tapete, en su lugar, algunas otras facetas de Peter Parker, como su aventura universitaria, su relación con la Tía May -un personaje más de relleno que nunca-, su trabajo como fotógrafo en el Daily Bugle -algo de importancia capital en los cómics y aquí del todo inexistente-… sí aparecen, menos mal, sus conflictos sentimentales, gracias a la excelente química que el personaje de Andrew Garfield mantiene con Gwen Stacy (Emma Stone), lo mejor de la película, aunque sigo sin explicarme la ausencia de Mary Jane Watson, cuya presencia en los tebeos tiene lugar mucho antes que la hija del Capitán de la policía. Lo triste es que se llegaron a rodar las escenas de Mary Jane, pero el director las descartó porque consideró más importante meter con calzador un villano como Rhino (Paul Giamatti), el cual apenas ocupa unos minutos de función, aparece y desaparece a su antojo -como el resto de villanos- y cuya motivación para acabar con Spiderman desconocemos. Aunque, eso sí, difícil lo tiene para superar a la de Electro (Jamie Foxx): que el hombre araña olvidó su nombre. Tampoco el Duende Verde (Dane DeHaan), el que quizá sea el villano por excelencia de Spiderman, tiene el tiempo necesario para lucirse. Y respecto a las escenas en las que el público se sitúa detrás de una valla, a escasos metros de combates fratricidas, como quien está dando un paseo por el zoo, directamente no tengo palabras.

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Sería injusto no destacar la genuina grandeza de sus escenas de acción -ojo a la del Times Square de Nueva York, simplemente apoteósica- y su apabullante nivel visual, pero no se trata de eso. Estamos hablando de Spiderman: lo mínimo exigible son escenas  de acción potentes. The Amazing Spiderman 2 las tiene, pero se deja en el camino algo más importante, algo que convertía a este icono inmortal en un superhéroe distinto al resto: el alma. ¿Tomará nota Marc Webb en la tercera entrega, cuyo estreno está previsto para mayo del 2016? Mi sentido arácnido no está seguro. 

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