Tiempos de azúcar

Tras una exitosa carrera como guionista –El amor perjudica seriamente la salud (Manuel Gómez Pereira, 1996); ¿De qué se ríen las mujeres? (Joaquín Oristrell, 1996)-, y como codirector junto a Yolanda García Serrano en Amor de hombre (1997) y Km.0 (2000), el alicantino Juan Luis Iborra debutó en el largometraje en solitario con Tiempos de azúcar (2001), película escrita al alimón con Susana Prieto y en la que, sin llegar a ser autobiográfica, encontramos varias referencias personales. Pese a sus carencias -falta de arrojo tras la cámara, cierto déficit de consistencia dramática, garrafal error de casting de Carlos Fuentes-, el filme nos termina ganando por el gusto con el que está rodado, su ternura y sensibilidad especial. Aunque a veces bordea el pastel, el azúcar viene en sus justas dosis y nunca termina de hacerse empalagosa. Absolutamente inofensiva y falta de pretensiones, otra de las claves del film es la conexión que establecemos con su pareja protagonista, en gran medida por haber dedicado su primera media hora a mostrarnos las vicisitudes cuando eran niños, y el tono de fábula desde el que está contado, como buena muestra da esa escena inicial en la que la madre del protagonista explica la receta secreta de una tarta de almendras que, según dice, tiene propiedades mágicas.

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La historia gravita en torno a Miguel (Carlos Fuentes), un niño huérfano de padre que divide su tiempo entre la fascinación que siente por Ángela (María Adánez), su mejor amiga, y el aprendizaje de la profesión de pastelero de mano de su madre (Verónica Forqué). Al morir ésta, Miguel dedica todo su empeño en sacar adelante el negocio familiar en el pueblo en el que vive, potenciando su talento y creatividad; menos suerte tiene con su relación con Ángela, a la cual siempre se vio incapaz de declararle su amor, bien por temor a cortar sus alas de libertad, bien por su profunda dedicación a su trabajo. Años más tarde, ambos vuelven a encontrarse… sin duda, una oportunidad perfecta de confesarse lo que durante años se han callado. Aparte de lo ajustado que está la mayoría del reparto en sus papeles -especialmente una insuperable María Adánez y una breves, pero decisivas, Charo López o Verónica Forqué-, lo que más llama la atención de la película es lo bien escrita que está: a sus frases guión lúcidas e ingeniosas –“Te quiero, a veces es bueno decir estas cosas en voz alta”“nos hemos entregado con la ternura y pasión de toda una vida”; “deberías pensar que la vida es un pastel y, a lo mejor, así te apetecería comértelo”-, se une su excelente manejo del tempo narrativo. Así, surge una obra que, entre sus continuos saltos temporales -sobre todo en su primera mitad, en la que todo transcurre a gran velocidad- y lo astutamente descrita que está la relación amorosa central, siempre consigue mantener el interés. 

Rodada en la provincia de Alicante otra de sus bazas es lo entrañable que resulta el conjunto final, en parte por la perfecta recreación del entorno rural donde se desarrolla la historia y, muy especialmente, esa pastelería con sabor a las de toda la vida; un negocio a los que la imparable mecanización de los tiempos parece ir condenando poco a poco a la extinción. Las costumbres y tradiciones de los pueblos laten como un telón de fondo en la historia mientras Iborra dirige y describe con gracia y con cierta carga emocional la relación entre Miguel y Ángela, bien en su niñez, bien en su juventud -etapa, ésta última, en la que se introduce algún arañazo de la rebeldía estudiantil contra el régimen, provocada por hechos tan vergonzosos como el Proceso de Burgos-. Además, la película cuenta con una refinada banda sonora que, con sus cálidas notas, ayuda a potenciar el cariz melancólico del filme. A las composiciones de Luis Ivars, se añaden algunos temas emblemáticos de la época como Black is Black de Los Bravos o I Love you baby deTony Ronald, que sirve para regalarnos uno de los momentos más frescos de la película: un baile en la pastelería que sabe a gloria. Aunque, sin duda, la escena más conseguida es cuando ella, mientras se abraza a él desconsolada, le ruega que le pida que no se case. 

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Tiempos de azúcar no es una gran película ni tampoco rayana en la perfección, y no le hubiese venido mal más empaque emocional, pero conviene reivindicarla porque sigue siendo, injustamente, una desconocida al gran público. Merece la pena verla aunque sólo sea por su lectura de cómo una excesiva dedicación profesional puede hacernos descuidar otros aspectos igual, o más importantes, o si simple y llanamente te quieres emocionar con la historia de dos personas que aprenden la verdadera esencia de la vida, aunque al mismo tiempo se den cuenta que ésta, a veces, no concede segundas oportunidades. 

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