La hermandad

No son una, sino miles las películas ambientadas en casas encantadas, en las que lo mismo se suceden los asesinatos que oímos el llanto de unos niños inexistentes. Y, mientras, la protagonista -las féminas, en la mayoría de estos casos, suelen llevar la voz cantante- intenta llegar al fondo del tema. La hermandad (2013), debut en la dirección del catalán Julio Martí Zahonero, por tanto, no inventa nada nuevo. Tan poco original es el punto de partida de la película -una escritora de novelas de intriga que, tras sufrir un accidente de coche, es acogida en un misterioso lugar- como gran parte de su desarrollo; un desarrollo en el que priman los sustos fáciles y algunos tópicos y estereotipos de siempre -subidas repentinas de sonido, esos niños que aparecen y desaparecen… y una protagonista a punto de volverse loca porque no sabe si lo que está viendo es real o fruto de su imaginación, en línea con la Laura de El orfanato (J. A. Bayona, 2010), trabajo que ha servido como una clara fuente de inspiración de su autor-. ¿Significa esto que La Hermandad es un mal producto? En absoluto: detrás de cada uno de sus planos está la firma de alguien que sabe muy bien lo que se hace. 

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Todo se complica para Sara (Lydia Bosch) el día que coge el coche para reunirse con su editora. Ese mañana unos monjes la rescatan de un accidente en el que queda inconsciente y la trasladan a su antiguo monasterio gótico, al norte de Italia. Allí, esta comunidad religiosa viven siguiendo las estrictas normas de los primeros cristianos: nada de luz, teléfono o electricidad. Sin embargo, lo que parece un gesto de hospitalidad se irá tornando algo más siniestro cuando Sara vaya indagando en lo que esconden los oscuros y fríos muros del siniestro lugar. Conviene decirlo de entrada: la película es Lydia Bosch. Arrolladora y completamente entregada a su personaje -no exento de traumas y aristas-, no se entiende cómo la intérprete ha permanecido 13 años alejada de la gran pantalla -su último trabajo fue You´re the one (J. L. Garci, 2000)-. El director y también guionista se jugaba mucho con la elección de su actriz principal, al depositar en ella todo el peso de la película -sale en el 98% de las escenas-, pero su decisión no pudo ser más acertada: los cambios de registro y su forma de adecuarse a los diferentes estados emocionales por los que va pasando su personaje hacen que Lydia Bosch sea una firme candidata a la hora de proclamar nueva reina nacional del grito. Los actores que la acompañan -especialmente el veterano Alejandro Jornet y el más joven pero no por ello menos experimentado Borga Elgea- también se mantienen firmes ante la cámara.

Junto con su actriz principal, el otro punto fuerte de la película es su notable diseño de producción. El monasterio donde se desarrolla la práctica totalidad de la historia transmite una perpetua sensación de veracidad, gracias a la gran labor de atrezo. Con unos interiores recreados en los estudios de Ciudad de la Luz (Alicante) -los exteriores pertenecen al Real Monasterio de Santa María de Santes Creus (Tarragona)-, hay que aplaudir cómo el director parece haber agotado hasta el último céntimo de presupuesto en dar credibilidad a los escenarios, que son el otro gran protagonista del film. Prueba de ellos son dos significativos planos: en el que Sara entra a la biblioteca o su primera visita a la Iglesia. La ambientación del vetusto monasterio es, por tanto, de aprobado alto. Asimismo, hay que destacar su correcta factura técnica -ojo a su fotografía, llena de claroscuros- y la banda sonora de Arnau Bataller interpretada por la orquesta del Gran Teatre del Liceu de Barcelona, en el que supone su debut en el cine. Méritos técnicos, desde luego, no le faltan a La Hermandad. Además, está el talento de Martí, que sabe en todo momento dirigir a su musa y confeccionar una puesta en escena, aunque no brillante, sí lo suficientemente atractiva para mantener intrigado al personal. Y todo a pesar de un guión rutinario, una trama que se podría haber engordado con más suspense y un final poco creíble -por mucho que la resolución del enigma no llegue a decepcionar-.

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Una ópera prima que no pasará a la historia por sus múltiples defectos -falta de rigor histórico, desarrollo convencional, la (casi) sonrojante (no) escena del accidente…- pero que también nos permiten conocer a un director a tener en cuenta en próximos proyectos, por su capacidad de manejar los recursos narrativos del thriller, enganchando al público sin recurrir al gore ni a la sangre fácil. Y, para colmo, se revela un maestro en la creación de atmósferas. El producto es imperfecto, sí, pero que se nota trabajado, limpio de grasa y clarísimo en sus intenciones: hacérnoslo pasar canutas. No le busquen tres pies al gato. 

 

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