Un franco, 14 pesetas

Resulta difícil no adherirse a un retrato tan profundamente humano sobre la inmigración como el que desprende Un franco, 14 pesetas (2006), debut en la dirección del madrileño Carlos Iglesias. Narrada y escrita con la seguridad de alguien que sabe de qué está hablando -la película, altamente autobiográfica, se basa en su propia experiencia y en la de su padre-, la cinta aborda un tema desconocido para muchos jóvenes españoles hoy día como es la inmigración en la España dictatorial de los años 60. Sorprende que las nuevas generaciones sean tan poco conscientes de cómo alrededor de cuatro millones de personas, entre legales e ilegales -un porcentaje nada desdeñable para la época-, tuvieron que salir a buscarse la vida fuera, más arrastrados por la coyuntura económica que por la política. En muchos países, como en Suiza, hallaron el confort y la seguridad de la que no disponían en su tierra: una España gris, exenta de libertades. Aspectos, todos, que quedan recogidos en un trabajo ganador de 3 Biznagas en el Festival de Málaga -mejor fotografía, mejor guión novel y Premio del Público- y por el cual Iglesias estuvo nominado al Goya al mejor director novel. La película, que apela con conocimiento de causa a la memoria histórica, no se deja arrastrar por el drama y se erige como una fábula entrañable aliñada con altas dosis de comedia.

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1 franco, 14 pesetas cuenta la historia de Martín (Carlos Iglesias), una víctima de los reajustes industriales de la España de los 60 que se queda sin trabajo. Desesperado, parte rumbo a Suiza en compañía de su amigo Marcos (Javier Gutiérrez) en busca del futuro digno que les ha privado su tierra. La llegada de Pilar (Nieve de Medina), la mujer de Martín, y de su hijo, desata un giro inesperado en los acontecimientos. Es precisamente este desembarco el que provoca el principal giro narrativo a película, sobre todo por lo que significa en la interesante trama en la que el protagonista flirtea con Hanna (Isabel Blanco), una rusa dueña de la pensión donde se hospedan. La cinta refleja de forma excepcional todo lo que implica adaptarse a un país que no es el tuyo, como las dificultades con el idioma y todo lo derivado del choque cultural. En relación con ésto último, destacan escenas tan divertidas como la de la zona nudista o en la que los dos protagonistas descubren asombrados la existencia de papel higiénico o agua caliente en las casas. Detalles que llevan implícitos un retrato nefasto de la España de aquel entonces -donde que los curas te pegaran por ser zurdo o cometer faltas de ortografía era el menor de los males-, a años luz del vanguardismo y la modernidad que respiraba un país tan lleno de vida como Suiza, que además concedía una importancia especial a la sanidad y la educación. La única lectura política que puede desprenderse del film -más allá del guiño de su título- viene de la mano de la comparación entre estos dos países, que no es poco. 

La frase con la que se cierra la película -“dedicados a ellos, a todos ellos”– da buena cuenta de su carácter universal: Iglesias no pretende hacer sólo una película que homenajee a sus padres, sino a todas aquellas personas que se hayan visto abocadas a una vivencia similar. De paso, invita a la reflexión a todos los que aún tienen prejuicios contra los inmigrantes, sin saber -o quizás sabiéndolo, lo cual todavía es peor- que muchos de sus antepasados lo fueron: una experiencia que era tan dura como para el que se iba como para el que se quedaba. Y aquí radica otro de sus grandes aciertos: su gran habilidad -sobre todo en su primera mitad- para conjugar los miedos de Martín respecto a un país que le es desconocido con los de su familia, en la otra punta de Europa, desmontando el tópico de que la inmigración sólo la sufre aquel que hace las maletas. A pesar de un desarrollo algo convencional y de la nota desafinada de algún actor de reparto -todo lo contrario a Miguel de Lira, que está inmenso-, 1 franco, 14 pesetas termina inclinando la balanza a su favor beneficiada por su excelente fotografía y por tramos de tan meritoria intensidad como la decisiva conversación entre padre e hijo en el tramo final, las lágrimas desconsoladas de Hanna o la última escena, en el que el compás de Manolo Caracol y su Rosa venenosa ponen el broche de oro a un punto de álgida emoción. 

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Además de conseguir un aceptable éxito comercial, la película le sirvió a Iglesias para darse a conocer de forma internacional. Detalles como su exhibición en casi 50 países o su proyección en más de 30 festivales por todo el mundo -incluido el de Locarno, que la incluyó fuera de concurso-, animaron a su responsable a poner en marcha una segunda parte; una secuela que mantuvo intacto el nivel de calidad y cuya mayor inversión presupuestaria potenció la espectacularidad visual derivada de explorar la impresionante geografía del país helvético. Una historia para ver en familia en la que el debate se hace impostergable tras su visionado. 

 

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