La Mosca

En 1982 John Carpenter demostró, en contra de la creencia popular, que un remake podía ser tan digno como el film original: La cosa (1982), en efecto, superaba en calidad y en dominio narrativo a su predecesora, The thing from another world (Howard Hawks, 1951). Con todo, el director de La noche de Halloween (1978) no fue el único que en la década de los 80 dejaba en evidencia a los que creían que una nueva versión fílmica no podía igualar, mucho menos superar, a un libreto ya adaptado al cine. El canadiense David Cronenberg dejó al mundo con la boca abierta con La mosca (1986), remake de la película homónima de serie B que en 1958 capitaneó Vincent Price. Escrita de su puño y letra, este clásico de la ciencia ficción se ha ganado a pulso la categoría de culto con el paso del tiempo, no sólo por su capacidad de articular la sinfonía del horror más brutal al tiempo que nos cuenta una historia de amor, sino por engrosar las que probablemente sean -con permiso de Posesión infernal (Sam Raimi, 1981)-, las escenas más deliciosamente gore de los años 80. Destaca, en este sentido, el instante del parto de la protagonista -un fantástico guiño a Alien, el 8º pasajero (Ridley Scott, 1979)- y el del monstruo gigante vomitando ácido al ex amante de la misma.

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Otro de los grandes aciertos de la película fue su tándem protagonista, entre la que se crea una química fuera de lo habitual -debido, quizá, al hecho de que también eran novios en la vida real, llegándose a casar un año después del estreno del film-: un Jeff Goldblum en plena forma física interpreta a Seth Brundle, excéntrico científico que se muestra convencido que su invento, la primera máquina de teletransporte de la historia, cambiará al curso de la humanidad; la deleitable Geena Davis, por su parte, da vida a Veronica Quaife una periodista que, tras conocer al chiflado inventor en una convención científica, pasará a formar parte de su vida. Sin embargo, las consecuencias de esta innovadora creación se tornarán devastoradas cuando se cuele una mosca en la cápsula -muy bien diseñada, por cierto- de su experimento y el ADN de Seth vaya mutando al de dicho insecto. Cronenberg, director que siempre se ha mostrado interesado en cómo los avances tecnológicos o científicos podrían interferir en el progreso de la humanidad –Scanners (1981), Videodrome (1983), etc.- arroja su mirada personal, su esencia como cineasta, al libreto original: además de ser mucho más visceral y brillante que la versión de 1958, el trabajo de Cronenberg acierta al no comenzar con la transformación física del protagonista como sí ocurría en la cinta de Price, sino que durante su primera mitad opta por regodearse en el romance entre sus protagonistas para, a partir de su segunda mitad, estallar a lo grande, sin espacio para la complacencia de los más sensibles.

Mucho más explícita, violenta y visualmente impactante que su predecesora, este desfile de fluidos, amputaciones y demás cosas desagradables que se abre y cierra con las notas musicales de la ópera de Puccini Madame Buttefly alcanza el cénit en un clímax descorazonador: además de mostrarnos la metamorfosis kafkiana en todo su esplendor, aquí somos testigos de la engorrosa tesitura de Verónica, que mira a la terrorífica criatura con una mezcla de compasión y pánico; lo primero, porque sabe que en el fondo es un hombre bueno de la que está enamorada y, segundo, por la indecible deformidad física del mismo. Es lo más curioso de esta lúbrica experiencia en la que, a pesar de las retorcidas imágenes, no podemos quitar la vista de encima: cómo, al fin y al cabo, no es más que una historia de amor. De esta fábula fantástica, además, se desprenden varias lecturas: desde una crítica a la ambición desmedida del ser humano, hasta la falta de responsabilidad cuando en sus manos tiene un gran poder. Tampoco hay que dejar pasar por alto su notable trabajo de guión, sobre todo si éste tiene la capacidad de describir en unas pocas frases iniciales la personalidad de Seth de forma tan clarificadora, quedando de manifiesto su falta de escrúpulos con tal de ocupar alguna página en los libros de historia. 

la mosca asquerosa

Competentemente narrada y solvente en el plano artístico, La Mosca contó con una segunda parte –La Mosca II (Chris Walas, 1989)- en la que siguen las andanzas del hijo de Seth, afectado por los genes de su padre. Una secuela claramente inferior a una original que marcó un hito en la ciencia ficción -con cameo del propio director incluido en la piel de ginecólogo- que ganó el Oscar al mejor maquillaje y que recordaremos, especialmente, por ese desenlace: un puñetazo directo al estómago que, en contra de lo imaginable, consigue lo imposible: hacernos llorar.

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