Frozen. El reino del hielo

No sé si Frozen. El reino del hielo (Chris Buck & Jennifer Lee, 2013) es el mejor musical de Disney desde La bella y la bestia (Gary Trouslade & Kirk Wise, 1991), tal y como han señalado algunos críticos, pero de lo que no tengo duda es que es uno de sus títulos más maduros. Acusada desde su nacimiento de machista, incluso de misógina, la histórica compañía sorprende con una película que reivindica a la mujer fuerte, aguerrida y luchadora, frente a esa otra, falta de personalidad, sobre la que han versado muchas de sus producciones. Además, es llamativo cómo una empresa que durante décadas nos ha vendido cómo el amor puede surgir de inmediato entre dos personas que se acaban de conocer, nos regale una obra con una lectura notablemente más adulta del sentimiento amoroso: para estar realmente enamorado de alguien, en efecto, hay que conocerle a fondo. A pesar de que acumula todos los tópicos marca de la casa -su afición por las familias desestructuradas, el bordeo de la cursilería en algunos tramos-, alegra ver cómo Disney, de forma consciente o no, ha subsanado algunos déficits. 

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Libre adaptación de la novela La reina de las Nieves del danés Hans Christian Andersen, la historia se ambienta en el congelado reino escandinavo de Arandelle, donde Anna parte en busca de su hermana Elsa para poner fin a su hechizo, el cual le permite transformar en nieve todo lo que la rodea. La joven princesa no irá sola: le acompañará el reno Sven y el montañero Kristoff, de la que terminará enamorándose. Ganadora de 2 Oscar -mejor película animada y mejor canción por Let it Go-, Frozen nos conquista porque combina la tradición, la animación a la vieja usanza de Disney, con la modernidad de Pixar, reflejada ésta última en su inspirada y magnífica introducción o en la contemporaneidad de ciertos diálogos. A pesar de usar el CGI -imagen generada por ordenador-, lo que sorprende del que es largometraje número 53 de Disney es su clasicismo, su aroma al dibujo de toda la vida, como si la compañía se resistiese a prescindir de la fórmula que ha firmado, como mínimo, la mitad de los más grandes títulos de animación de la historia. Destaca también su potente imaginario colectivo, empezando por sus carismáticos personajes -si Anna no es la Princesa más entrañable de todas las que ha parido Disney, poco le falta- y su extraordinario plantel de canciones -a destacar ese Let it Go en boca de Elsa, al tiempo que construye un puente de hielo-, a pesar de que algunos temas parezcan metidos con calzador o sean, directamente, prescindibles como el que entonan los trolls o el muñeco de nieve Olaf, entrañable rol que, lástima, se le nota demasiado diseñado para conquistar al público más infantil. 

La que fue la película animada más destacada del 2013 -algo que, por otra parte, no es especialmente significativo al tratarse de un año bastante pobre en el género-, también cuenta entre sus bazas con un esmerado nivel de producción que no deja al azar ningún detalle -ojo a la escena en la que Anna se congela, entre otros indecibles momentos-, por ese despliegue de colores y tonalidades que enriquecen el apartado visual o por unas escenas musicales coreografiadas hasta el último detalle. Pero, insisto, lo que nos termina ganando es cómo Disney deja claro, por fin, que una mujer no necesita a su lado una figura masculina de forma imprescindible para resolver sus problemas, la cual deja de ser también la principal motivación de sus actos. En este sentido, podríamos estar hablando de la película más feminista de la empresa, lo cual supone un avance a considerar: la mujer como paradigma de la autosuficiencia. En cualquier caso, la película no termina de ser perfecta por la ausencia de un villano a la altura de las circunstancias -el que hay es demasiado light y, para más inri, sólo aparece en el tramo final- y los consabidos ramalazos almibarados de Disney. Algunos, aunque esto no sea un defecto propio de la película, pueden verte saturados por el gran número de canciones. 

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Película apta para todos los públicos, Frozen. El reino de hielo está confeccionada para gustar a los más pequeños y al público adulto, que verá en su sustrato narrativo un aliciente importante para disfrutarla, como su retrato de la soledad -la mayoría de los personajes de la película, en efecto, la han padecido en algún momento de sus vidas- o su lectura de que el amor es el arma más poderosa para romper el miedo. Una obra que satisfará a los sibaritas de la animación que trasciende la categoría de película para pasar a ser, directamente, uno de esos iconos que toda una generación de jóvenes recordará más adelante, como a día de hoy hacen con El rey león o Pocahontas, otros máximos estandartes de la compañía. 

 

 

 

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