Dallas Buyers Club

A comienzos de los 90, Philadelphia (Jonathan Demme, 1993) conseguía arrojar luz a un tema tan hermético y sobre el que existía mucha desinformación por aquel entonces como el SIDA, además de dignificar la figura del seropositivo homosexual, asociada por algunos sectores conservadores a la promiscuidad. La cinta protagonizada por Tom Hanks demostraba también que un enfermo de VIH podía llevar una vida tan normal y tan estable como cualquier heterosexual, y la remataba esa redención del abogado homófobo del protagonista. Dallas Buyers Club (Jean-Marc Vallée, 2013), historia sobre la vida del cowboy texano Ron Woodroof, vuelve a subrayar algunas de sus tesis, aunque la más novedosa es que, en esta ocasión, el afectado por el virus es un mujeriego. Se demostraba así, en el seno de la sociedad americana de finales de los 80 y comienzos de los 90, que los gays no eran el único campo de cultivo para dicha enfermedad. En cualquier caso, más allá de su canto contra la tolerancia, lo que se desprende de esta película nominada a 6 Oscar es una crítica contra los intereses de las grandes empresas farmacéuticas, inflexibles a la hora de presionar al sistema para administrar medicamentos ilegales a sus pacientes en pro de su beneficio. Se pone de manifiesto, pues, la pésima burocracia institucional de aquella época, en manos del más inhumano chantaje económico. 

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Aunque algunos han señalado que se trata de un biopic de la figura del activista Woodroof (Matthew McConaughey), lo cierto es que la película únicamente se centra en los siete años que este drogadicto e irascible texano pasó luchando contra su enfermedad, a pesar de que cuando se la diagnosticaron en 1985 los médicos le dieron un mes de vida. Es emocionante el proceso por el cual el protagonista pasa de ser un completo hostigador de homosexuales a alguien comprometido con el colectivo, a lo que contribuye el personaje transexual de Jared Leto. La película supuso un revulsivo en las carreras de ambos intérpretes, que hacen que la también fantástica Jennifer Garner quede relegada a un segundo plano: McConaughey, gracias principalmente a una transformación física en la que perdió más de 20 kilos, dejó definitivamente atrás su imagen asociada a insulsas comedias románticas y se convirtió en un actor de prestigio, arrebatándole el Oscar a un actor de trayectoria más estable como Leonardo DiCaprio por El lobo de Wall Street (Martin Scorsese, 2013). Por su parte, Leto, también oscarizado por un papel por el que consiguió todos los premios existentes, se aprovechó de su aspecto de andrógino para volver por la puerta grande al cine desde Las posibles vidas de Mr. Nobody (J. V. Dommel, 2009). Ambos son, de lejos, el pulmón de la película. 

Estimable pero imperfecta, a ésto segundo influye la falta de personalidad, de garra incluso, con la que el director filma su propuesta. Adicto a un continuo movimiento de cámara tan tedioso como innecesario, el trabajo del responsable de la espléndida C.R.A.Z.Y (2005) está muy por debajo de los apartados interpretativos o de guión -que estuvo 2 décadas dando tumbos por un Hollywood que no le veía potencial suficiente-, capaz de esquivar el morbo en el que fácilmente podría haber incurrido su argumento para centrarse en el relato de supervivencia que ejemplificaba Woodroof. Es evidente que la película se empeña en hacer un homenaje a su figura; tan evidente como que lo consigue de forma nada gratuita: estandarte de la superación y el esfuerzo, si por algo ha pasado a la Historia este activista es por preservar la dignidad hasta su último suspiro de vida; por sobreponerse a la adversidad y convertir lo que era un drama en toda regla en una lucha por los derechos humanos. Con su tenacidad, logró lo que no fue capaz el sistema público sanitario, arrodillado ante el poder económico, indomable a la hora de seguir administrando un medicamento tan poco contrastado como el AZT. Estremecedora y especialmente bien conseguida resulta la escena en la que el protagonista debe ser desalojado del hospital tras acusar a un facultativo de estar ocasionando muertes por tal irresponsabilidad. 

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A pesar de que es incapaz de mantener el mismo nivel de interés durante sus casi dos horas de metraje, Dallas Buyers Club es una película que irradia fuerza y hace reflexionar. Una cinta que viene a decirnos, además de cómo un personaje anónimo puede cambiar la conciencia colectiva si realmente se lo propone, que nunca hay que dar nada por perdido, que hasta los pilares más aparentemente inflexibles se pueden combatir y, finalmente, derrocar, siempre y cuando estos hayan sido edificados desde la estafa y la mentira. ¿Alguien duda por qué, 20 años después, Ron Woodroof sigue más vivo que nunca.  

 

 

 

 

 

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