Historias de Lima

Aplaudamos a rabiar un documental como Historias de Lima (Miguel Ángel Barroso, 2012) por hacernos entender la diferencia entre dos verbos tan, a priori, semejantes pero tan diferentes a la vez como ver y mirar. Entre sus muchas acepciones, la RAE define a éste segundo como el “acto de dirigir la vista a un objeto u observar las acciones de alguien”. Es decir, que con que se den las acciones físicas y lumínicas suficientes, es una acción que todos podemos llevar a cabo sin problemas. Más complejo es el verbo ver, ya que además de mirar, implica prestar atención a lo que estamos mirando. Esta breve introducción meramente lingüística estaría de más si no fuese porque como mejor se puede definir al nuevo trabajo del director, crítico de cine e historiador cinematográfico Barroso es como un ejercicio que no se conforma con mirar, sino que se empecina en ver, en radiografiar todo lo que se cuece a su alrededor. Dotado de una extraordinaria facilidad para acceder, para penetrar en esa selva urbana de Lima, compuesta por una manada de personajes tan variopintos como enriquecedores, el director madrileño sorprende con un trabajo que se nota rodado desde las entrañas, por alguien empeñado en capturar las más altas dosis de verdad.

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Compuesto por 11 historias con nombres y apellidos -y profesión-, Historias de Lima es un documento extraordinario para conocer la realidad social peruana actual. Sin prejuicios de ninguna clase -lo mismo da la palabra a un heladero callejero que a una cirujana-, Barroso demuestra saber que en la diversidad está la riqueza; riqueza, por otra parte, que sigue siendo una gran desconocida para la sociedad occidental. ¿De qué riqueza estamos hablando? La de un país admirable desde el punto de vista del voluntariado, bastón social imprescindible por cubrir necesidades básicas que -en un país justo- serían competencia del Gobierno; la de un país capaz de ejercer de forma admirable la autocrítica, que aquí emerge tanto del propio seno cultural al reconocer que no se ha sido capaz de crear un tejido industrial cinematográfico -a pesar de figuras tan míticas como el polifacético Armando Robles Godoy- como de un taxista rehabilitado que admite con toda la tranquilidad del mundo su pasado como delincuente. La riqueza de un país en la que muchos empresarios, ante la ineptitud del Estado, son los encargados de formar a sus trabajadores porque, según denuncian, “no hay institutos que hagan zapateros”, al igual que “no hay ningún curso para ser taxista”. Sería un error que algunos sólo diagnosticaran pobreza en este documental, a pesar de que ésta -no nos vamos a engañar- es explícita en todo momento: la riqueza de la que aquí se habla es la riqueza de unas gentes que, para variar, demuestran estar en todo momento -muy- por encima de sus gobernantes. 

Desde esa primera toma en la que nos sitúa en el interior de un coche como si, de alguna manera, fuésemos a viajar de primera mano por el país, Historias de Lima no se deja vencer por su escasez presupuestaria -que afecta, en momentos puntuales, al sonido- y el poco personal involucrado en una cinta co-escrita y producida por la mujer del director -que, dicho sea de paso, fue la que le descubrió el país latinoamericano-. La escasez de billetes no es un lastre porque, como digo, lo que podría haberse convertido en algo impostado y ampuloso se queda en un espectáculo la mar de natural, como si las personas que ofrecen su testimonio a cámara se hubiesen olvidado que lo están haciendo frente a un objetivo. Los planos detalle a unos ojos que destilan autenticidad o la pulcra y algo entristecida mirada de un niño a través del cristal de un autobús no son planos escogidos al azar: es la forma que tiene Barroso de decirnos que lo que estamos viendo es real, sin más artificios que los que puedan surgir en la sala de montaje -que algunas veces, ay, corta de forma abrupta algunos pasajes-. Rápidamente entendemos por qué no hay narrador: no hace falta. Cada una de las palabras de los protagonistas nos dice más que cualquier frase en voz en off. Pero lo importante es que, de principio a fin, Historias de Lima nos la creemos. Que no es poco. 

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Proyectado en la prestigioso consorcio público madrileño Casa América, Historias de Lima no adopta ninguna postura ideológica; las connotaciones políticas vienen de la mano de los testimonios de unos personajes anclados en el sentido común. Barroso ilustra cómo Perú tiene toda la riqueza cultural y natural para convertirse en algo grande; riqueza que, en buena medida, viene dada por sus habitantes. Si hay una razón de peso para disfrutarlo es, junto a la acertada selección musical de Ni voz ni voto –cuyos versos, como el de “juntos podremos escapar a algún lugar donde no llegue la mediocridad” no sólo ayudan a dar empaque emocional al conjunto, sino también a describir esta realidad, es porque, tras disfrutarlo, tendremos una idea más o menos fidedigna de la realidad peruana Y, todo, sin movernos del sofá. Aunque -eso sí-  afloren unas ganas locas de comprarte los billetes. 

 

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