Al encuentro con Mr. Banks

A pesar de que desde la trinchera combativa se acuse a Al encuentro de Mr. Banks (John Lee Hancock, 2013) de almibarada, cursi y partidista, lo cierto es que esta historia sobre cómo se cocinó Mary Poppins (Robert Stevenson, 1964), es recomendable no sólo a los que dicho clásico ha marcado de alguna u otra forma, sino a los amantes de las buenas películas. Aunque es cierto que al estar producida por Disney se intenta dulcificar la imagen del mítico magnate americano -nunca se hace referencia, por ejemplo, que uno de los máximos intereses de éste por hacerse con los derechos de la novela original era el económico-, la obra nos termina ganando por su clasicismo y consistente empaque formal. Al encuentro de Mr. Banks no es una gran película y sus escenas perdurables se cuentan con los dedos de una mano, pero hay algo en ella que nos seduce: la forma tan original de revivir, medio siglo después, el clásico que catapultó a Julie Andrews como reina del musical -y musa de los niños de medio mundo- y, por qué no decirlo, el poder ser testigos del proceso de guión de uno de los buques insignia de la factoría Disney

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La obra gira en torno a los incansables intentos por parte de Walt Disney (Tom Hanks) de conseguir los derechos de la primera y más importante novela de la escritora australiana P. L. Travers (Emma Thompson): Mary Poppins. Resulta llamativo el interesante duelo de personalidades entre el gurú de la animación, paradigma de la fantasía y la creatividad, y el irascible carácter de una novelista que no daba su brazo a torcer, infatigable a la hora de poner todo tipo de obstáculos para que esta traslación del papel a la gran pantalla se materializase, como su negativa a mezclar imagen real con dibujos, la idea de que el padre de los niños de su novela rompa la carta en la que éstos demandan a una institutriz y la arroje al fuego o algún detalle más estrambótico como su oposición a que aparezca el color rojo en la cinta porque, simple y llanamente, “no le gusta”. Los encuentros -o encontronazos- entre ambas figuras, lo mejor de la película, no sólo nos permiten observar desde primera línea las dificultades a las que tuvo que enfrentarse Walt Disney para filmar el que, según él, era libro favorito de sus hijas, sino sus diferentes personalidades. 

El problema es que, en el caso femenino, el film no sólo se conforma con definir a su protagonista, sino que se empeña en explicarnos el origen de su agria forma de ser. Esa es la función que cumplen los tan innecesarios como olvidables flashbacks de la infancia de Travers a comienzos del S.XX, con Colin Farrell en la piel de padre. Uno no puede evitar preguntarse qué interés tienen estos fragmentos, auténticos pegados postizos en el verdadero grueso argumental de la trama -sobre todo el último de todos, casi ruborizante-Junto con estos chirriantes viajes al pasado -que además, dar armamento a quienes tachan a la obra de remilgada-, también tenemos a un Paul Giamatti desaprovechado -para variar- y el consabido enfoque interesado de los hechos. En el otro lado de la balanza, destaca la elegante partitura de Thomas Newman -artífice de la única nominación al Oscar de la película-, que logró su nominación nº14 a un galardón que se le resiste, la sorpresa que nos reservan los títulos de crédito finales y, por supuesto, la soberbia interpretación de sus protagonistas. Tanto Thompson como Hanks, que conectan sorprendentemente bien, se mimetizan en sus respectivos papeles, especialmente éste último, que parece haber nacido para dar vida al famoso animador estadounidense: su forma de hablar, andar o gesticular nos remiten directamente a él. 

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En conclusión, Al encuentro de Mr. Banks es una película que hará latir el corazón tanto a los que Mary Poppins ocupa un lugar destacado en sus recuerdos o a los que, simplemente, se sientan fascinados por colarse entre las bambalinas de una obra inmortal nominada a 13 oscar y ganadora de 5 -incluida Mejor Película-. Y algo que no podemos pasar por alto: Hancock se resarce del desastre de The Blind Side (2009), la película que otorgó uno de los Oscar más injustos de la Historia de Hollywood, donde sí practicaba el sentimentalismo mal aprendido. Podemos decir que ha aprendido la lección. 

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