El perfecto anfitrión

Desde su estreno en el Festival de Sitges, lo que más llamó la atención de El perfecto anfitrión (Nick Tomnay, 2010) fue su loable forma de aunar comedia y  thriller. El primer largometraje del director y guionista australiano, adaptación de su exitoso y premiado corto The Host, destaca, en efecto, por esa mezcla de humor salvaje, negrísimo, y sus ganas de incomodar, de provocar, incluso, escalofríos. Así que, de entrada, aplaudamos la voluntad de Tomay por romper los márgenes de las películas de intriga y de comedia, ya que la función nunca termina de posicionarse en ninguno de los dos bandos. Arriesgada e inclasificable, el problema de El perfecto anfitrión es su obstinación en sorprender a base de continuos giros de guión. Una fórmula aceptable siempre y cuando no se traspasen ciertos límites: en el momento en que los malabares y las piruetas imposibles -en las que la película cae más de espaldas que de pie- llegan a marear al público -además de teñir de inverosimilitud al conjunto- lo que podría haber sido una virtud se convierte en un defecto; un lastre que se hace especialmente notable en su último tercio, en el que la obra se precipita por completo al vacío.

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Protagonizada por David Hyde Pierce, en un rol radicalmente diferente al que le dio fama mundial – el famoso Niles de la serie Frasier El perfecto anfitrión gira en torno a Warwick Wilson (Pierce), el propietario de una lujosa casa de un barrio residencial de Los Ángeles que una noche, mientras espera a sus invitados para cenar, recibe la extraña visita de un atracador herido (Clayne Crawford) en busca y captura. Haciéndose pasar por un amigo de una amiga de Wilson, el delincuente terminará formando parte de una fiesta…en la que se descubrirá que nada es lo que parece. Y es que si hay una lectura en la película, en la que se hace imposible contar mucho de su argumento sin desvelar los detalles más secretos de la trama, es que nunca hay que fiarse de las apariencias. Declaradamente lúdico, todo el tramo de víctima y verdugo, de ese juego del gato y el ratón de ambos en el interior de la mansión es lo mejor del film: unos minutos en los que lo mismo te estremeces de la tensión, te quedas perplejo -el inaudito momento en el que el protagonista se pone a cantar, coreografía incluida- o, directamente, te destornillas de la risa. Pase lo que pase después, la obra quedará salvada por este fragmento, en el que además se produce el más brutal -e inesperado- viraje de los acontecimientos. Lo malo es que después, efectivamente, la película cae en picado.

La última media hora de El perfecto anfitrión, perfecto ejemplo de que convertir un corto en largometraje no siempre es buena idea (sobre todo si incluyes esa horrorosa trama policíaca), queda a un paso de lastrar el conjunto de la película, especialmente cuando sale a flote algo imperdonable: la sensación de que el director se esté riendo directamente del espectador. Deshilachado y sin miedo al ridículo, es una pena que el desenlace de este, a pesar de todo, reivindicable título del cine independiente USA, no esté a la altura del resto. Parte de culpa la tiene un cineasta que se muestra más empeñado en sorprender, sorprender y sorprender que en dotar de citar lógica y coherencia su trabajo. Tampoco ayuda un excesivo uso de los flashback, su forma de forzar las situaciones, cierta falta de personalidad o un personaje central que, a pesar de su frescura y espontaneidad, puede llegar a saturar por su excentricidad. Aunque algunos lo han comparado con Polanski o Haneke, lo cierto es que esta etiqueta le viene grande a un Tomany que no tiene ni la capacidad de dirigir a actores de la forma tan notable que el primero y, a la vez, se muestra incapacitado de crear una atmósfera tan insalubre como el segundo. No obstante, sí que hereda de ambos una cierta voluntad de estilo, aunque en manos de los dos genios citados no me quiero ni imaginar la gran maravilla que habría salido.

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En conclusión, El perfecto anfitrión hay que tomársela como lo que es: un absoluto desfase en el que muchas veces no sabes cómo reaccionar. Con todo y con eso, pocos le podrán reprochar su capacidad para entretener, especialmente por la conexión que se establece entre los dos protagonistas, sus buenas localizaciones -esa casa que funciona como un personaje más de la historia-, el cameo de Helen Reddy -autora de clásicos como I am Woman o I don´t know how to love him– o la metáfora del ajedrez y la supervivencia -líneas de guión que remiten a la homóloga Hijo de Caín (Jesús Monllaó, 2013)-. Pero, al final, algo pesa como una losa sobre el conjunto: no sé cuál ha sido el propósito del director. O dicho de otra forma: qué es lo que nos ha querido contar. 

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