Costa da Morte

Pocos lugares hay tan sagrados y místicos en España, y puede que en el planeta, como Costa da Morte (Galicia), enclave que incluso llegó a considerarse como el fin del mundo en la época del Imperio Romano. Era cuestión de tiempo, por tanto, que algún director rindiese su particular homenaje a este rincón geográfico, epicentro de las más variadas leyendas, cuya fascinación crece con el paso de los años. Así nació Costa da Morte (Lois Patiño, 2013), una obra distanciada del cine convencional que, a pesar de su nula publicidad institucional y a raíz de su estreno en el Festival de Locarno (Suiza) -donde su máximo responsable se alzó con el galardón al mejor director emergente-, ha logrado la proeza de proyectarse en alrededor 30 festivales internacionales, entre ellos el de Nueva York, Florencia o el Ficunam de México, donde conquistó el premio Puma. Reconocimientos merecidos para un trabajo que tiene toda la precisión y el rigor que cabría exigirle al mejor de los documentales y, al mismo tiempo, destila todo el amor, y más, que el que se le presuponía a un director nacido en esta tierra.  

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Si algo llama la atención de este film rodado a lo largo de dos años -en los que se volvía periódicamente al lugar- es que es un cúmulo de paradojas. Por un lado, nos muestra cómo su objeto de estudio está muy poco influenciado por el hombre, como si por él no pasaran los años, ni los siglos, pero al mismo tiempo observamos cómo es precisamente la mano del hombre la que abre la película, cómo el ser humano es el que provoca ese rugido de sierra eléctrica en mitad de un paisaje que, a partir de ahora, contará con varios árboles menos. Por otro lado, es subrayable como en Costa de Morte confluyen tradición y modernidad: la primera, relacionada tanto al cúmulo de leyendas y rituales ligados al lugar como a la gran labor de pescadores, mariscadores o madereros y, la segunda, en ese instante cuando la máquina erosiona el territorio, fruto de la constante mecanización de los tiempos, de la que la cinta no es ajena. Asimismo, se juega con la doble distancia: en un extremo tenemos al individuo en medio de una naturaleza que lo domina por completo pero, en el otro, lo sentimos cerca, gracias a la aproximación que logra una voz en off cálida y con la que empatizamos desde el minuto uno. El último de los contrastes lo encontramos en cómo la ferocidad del entorno -ese poder destructor de las olas, por ejemplo- se fusiona con la belleza que, al mismo tiempo, irradian los fotogramas. El resultado es un cóctel tan estimable como poco habitual, reforzado por un magnífico trabajo de sonido ambiente, por su capacidad de optimizar su bajo presupuesto y por el riesgo de algunos de sus planos secuencia, como la de ese trío de hombres en la inmensidad de un oleaje bestial espléndidamente filmado. 

Aunque la película omite la expresividad de la gente y se centra en los planos generales y panorámicas descriptivas, eso no significa con que desprecie a sus lugareños. Al revés: además de mostrarlos en diversos menesteres, la cámara captura cómo se divierten -la verbena, el parque de atracciones- o su gran sentido del humor, tal y como queda demostrado en la conversación de las dos señoras a orillas de la playa contando mil anécdotas acerca de las mareas o el entrañable debate que mantienen dos ancianos sobre el por qué del nombre del lugar. La estampa que el cineasta compone del lugar es, por tanto, la más completa posible: por un lado ilustra la parte más significativa de su inabarcable extensión -dando importancia a los cuatro elementos naturales: agua, fuego, mar y piedra, que funcionan como unos personajes más de la obra- y, por otro, a los habitantes de este lugar, cuyo nombre surgió a raíz de los numerosos naufragios que han tenido lugar en la zona a lo largo de la historia.

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A pesar de que un servidor hubiese agradecido algún atrevimiento formal extra o que ahondase un poco más en un tema íntimamente ligado al lugar como la catástrofe medioambiental del Prestige -sobre el que pasa muy por encima-, Costa de Morte es una obra sabia que, a través de la precisión y seguridad de unos tiros de cámara milimétricamente estudiados, logra una perpetua capacidad de asombro. Es probable que la película gire en torno a la muerte, que nos haga incluso sentirnos insignificantes, pero sabe a vida: si de algo le tienen que estar agradecidos los que viven allí a Patiño es que su obra, por alguna extraña e hipnótica razón, provoca unas ganas incontestables de trasladarse a vivir allí.

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