Historia de mi muerte

Desde su debut con Crespià, the Film not the Village (2003), Albert Serra ha sido cultor de una filmografía que no admite medias tintas: o la amas o la detestas. En el festival de Locarno, desde luego, debieron amarla bastante para concederle el León de Oro a Historia de mi muerte (2013), uno de los mayores despropósitos que este cronista es capaz de recordar. Vendida como una historia de transición entre el siglo XVIII y el XIX -o, lo que es lo mismo, del Siglo de las Luces al Romanticismo- en torno a dos iconos universales como Casanova y Drácula, la última obra del catalán se apunta un (discutible) logro: el de no acuñar ni una estampa memorable, ni un sólo fotograma remarcable a lo largo de sus -eternas- dos horas y media. Con todo, el mayor mérito de este descomunal sinsentido no es este, sino el haber provocado una estampida sin precedentes en una sala. Se produjo en la V Edición del Festival Internacional de Cine de Murcia IBAFF, donde la mitad del aforo se rindió ante este cúmulo de ínfulas filosóficas, metafísica de manual y ruborizantes diálogos. Ante este inútil intento de aproximarse, aunque sea mínimamente, a maestros como Buñuel o Fellini.

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Me encantaría hacer un resumen de la película, pero desgraciadamente me veo incapaz. No por falta de ganas -que también-, sino porque no sé lo que nos ha pretendido contar el director, y eso que he intentado por todos los medios prestar toda la atención posible. Puedo hablaros del personaje de Casanova (Vicenç Altaió), en torno al cual pivota la historia, uno de los roles más irritables y que más hastío me han provocado en mi carrera de crítico de cine. No ayuda demasiado a empatizar con el film el que nos resulte tan desagradable su forma de comer, masticar, cagar o, incluso,  ahogarse de la risa al respirar el olor de su propia mierda. Sí amigos: Historia de mi muerte, convencida de su vanguardismo y su creatividad, nos muestra a su protagonista defecando. Pero, por si no nos ha quedado claro, tranquilos: la cámara nos enseña instantes después estas sobras fecales, para que podamos apreciar este detalle, absolutamente vital para el desarrollo del relato. El problema, es que todo esto se le hubiese podido perdonar a la película de haber estado ambientada correctamente, de haber gozado de un mínimo presupuestario que se ajustase a la ambiciosidad de lo que Serra, presuntamente, pretendía contar. Ni por esas. Y es que lo más destacable respecto a la recreación de escenarios consiste en poner un par de candelabros en una mesa antigua -respecto a interiores- y colocar a sus personajes alrededor de un árbol en mitad del monte -en cuanto a exteriores-. Y…¡magia!: ya has retrocedido 300 años. ¿Qué fácil, verdad? Alguien debería decirle al director que si no tienes billetes para ambientar una época, para crear un contexto histórico, mejor no hacerlo. Y, si lo haces, disimula todo lo que puedas para que no se noten los decorados -por llamarlos de alguna forma- de cartón piedra. Aquí, por el contrario, incluso parece vanagloriarse de ello.

Decir que parece un telefilm de sobremesa sería un insulto para este tipo de productos, que además tienen su público. Y muy fiel, por cierto. Porque la cinta presenta un cúmulo de lastres que hacen imposible salvarla de la quema: su incapacidad para crear un universo hipnótico, el total desaprovechamiento de un material potencialmente escandaloso y atractivo, la nula destilación de belleza de sus fotogramas, una pésima iluminación, escenas impostadas o los tiempos muertos injustificables. Y, todo, en medio del más absoluto de los vacíos, de la más atronadora tomadura de pelo. Una producción, en definitiva, pedante, sin rastro de sustancia ni originalidad a cargo de un director que en Gijón afirmó, sin ruborizarse, “que era el único gran cineasta español”. Le felicito.  No por su modestia desmedida, sino porque Almódovar, Amenábar o Fesser, simples aprendices a su lado, deberían tomar como referente a un autor, a la vista está, que ha sabido de trufar de una epicidad sin límites su último trabajo. No hace falta ser un erudito para darse cuenta que el adjetivo de polémica le queda demasiado grande: hasta el menos entendido en cine sabe que hace falta algo más que mostrar una cabeza de un animal partida por la mitad o la propia mierda del protagonista para que te cataloguen de rompedor.

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Historia de mi muerte es, en definitiva, una película que no le recomendaría ni a mi peor enemigo. Y es que nadie merece perder dos horas y media de su vida en tamaño desatino, paradigma del peor cine español de los últimos años. Una película, en suma, que enarbola sin pudor la bandera de la ridiculez, de la grandilocuencia más risible de los últimos tiempos. Será difícil superarla. 

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6 pensamientos en “Historia de mi muerte

  1. Boommm!!

    Coincido con Mercedes, la critica me ha gustado mucho XD

    ¿Has intentado desahogarte? Si lo bueno que tienen estas películas es que sirven para que uno luego se desahogue XD

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