The Dirties

El drama del bullying ha sido materia prima de numerosas producciones, donde ha quedado retratado desde múltiples perspectivas: desde la realista –Después de Lucía (Michel Franco, 2012), Cobardes (José Corbacho & Juan Cruz, 2008)- hasta el terror Carrie (Brian de Palma, 1976)-. The dirties (2013), debut en el largometraje del director canadiense Matthew Johnson, se situaría a medio camino entre una y otra. La obra, que constituye una interesante reflexión sobre la violencia en nuestros días -tanto en el cine, los medios de comunicación o la sociedad en general- sorprende por una transfusión de géneros que abarca desde el falso documental, la comedia, el terror, el thriller o el propio drama del acoso escolar que padecen los dos protagonistas. Ellos son Matt (encarnado por el propio director, que también ejerce de guionista, productor y montador) y Owen (Owen Williams), dos estudiantes de secundaria fanáticos del cine que sufren diariamente la ira de los matones de su instituto. Un día, en un intento para exorcizar el infierno en el que viven, deciden hacer una película de bajo coste en tono cómico llamado “The Dirties”, con la que pretenden, además, materializar su peculiar idea de venganza. El problema es que sólo uno de ellos la busca.

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A pesar de que al principio cuesta introducirse en el mundo de este par de freaks, cuyas andanzas observamos entre la risa floja y el estupor, la película va cogiendo cuerpo según va consumiéndose. Así, tras una primera mitad algo anodina, The Dirties crece sobremanera a partir de su minuto 40, para desembocar, a partir de un volantazo inesperado, en uno de esos finales capaz de dejar pegado en el asiento al espectador. Lejos de ser cine nacionalista, esta obra proyectada en festivales de prestigio como Sitges, Locarno o Valdivia, nos habla de algo universal: además de lo ya señalado, la película encierra un potente retrato de la amistad -cómo ésta puede romperse cuando se piensa de forma diferente en aspectos esenciales-, captura la quiebra de los límites morales de la juventud, nos hace replantearnos la discutida cultura del éxito americana y nos ofrece, además, una descarnada crítica contra aquellos que relacionan el consumo de películas violentas con el trastorno de la psicología juvenil. La película deja clara su postura de que una cosa es independiente a otra, esto es, que las mentes enfermas lo son independientemente del tipo de películas que consuman. La madre de Matt da la clave en la frase que le dice a su hijo: “Un loco es el que no sabe distinguir la realidad de la fantasía”, fundamental para definir la conducta de esta especie de Holden Caulfield

La técnica con la que el director aborda su propuesta bebe del found footage -sobre todo por el hecho de estar grabada a través de un único medio visual, o el movimiento torpe de la cámara-, aunque no termina de ser tal porque hay escenas sin que algún personaje esté grabando. En todo momento se persigue el máximo realismo, a pesar de que existan escenas en las que el protagonista interpele directamente al espectador, como si fuese él mismo quien estuviese filmando este falso documental. En un instante, incluso, nos llega a ofrecer palomitas, como si realmente la cámara fuesen nuestros ojos, algo nada descabellado teniendo en cuenta que hay veces que no sabemos quién está filmando. Promocionada y distribuida por Kevin Smith, que se sintió fascinado por la película, The Dirties no termina de ser perfecta por un guión que podía haber estado más pulido -se echa en falta que no ahonde más en sus problemáticas sociales, como el bullying– o su especie de pudor en un final que podría haber sido, ay, mucho más contundente. Nos deja así una sensación agridulce, como si el director no hubiese terminado de explotar el clímax de sus últimos minutos. 

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Debido a sus continuas referencias cinematográficas, los amantes del séptimo arte contarán con un plus a la hora de disfrutar de la obra; referencias que van desde la habitación donde los protagonistas editan sus cortes audiovisuales -llena de dvd´s y pósters de películas de culto, todas ellas violentos-, hasta sus títulos de crédito finales, auténtico trabajo de orfebrería que encierra una declaración de amor al séptimo arte; arte que, insiste su máximo responsable, poco o nada tiene que ver con los actos violentos de la juventud. Este ejercicio de metacine inspirado en Trainspotting (Danny Boyle, 1996), en definitiva, satisfará al público consumidor contumaz de palomitas como al que intente ir más allá, arañar en la superficie de una película imperfecta, pero recomendable. 

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