Las maestras de la República

Que a estas alturas de la película haya a quien sus prejuicios ideológicos les distancie de un trabajo de documentación tan necesario y comprometido como Las maestras de la República (Pilar Pérez Solano, 2013), simple y llanamente por su título, es para hacérselo mirar. Éste es el principal escollo al que se enfrenta esta obra de humanidad desbordante: que exista gente que catalogue de izquierdas o de derechas algo que va más allá de esta reducción simplista. Y es que lo que pretende este documental es de sentido común: rendir homenaje a todas esas mujeres que revolucionaron la educación en España durante la Segunda República, transgrediendo normas obsoletas e insuflando aires regeneradores en el sistema. Unas pedagogas que se caracterizaron por comulgar, fuera y dentro de las aulas, con los postulados del régimen que defendían; postulados que iban desde la lucha contra la segregación por sexos -argumentada aquí como que “compartir la hora de comer también es educación”– hasta la implantación de un sistema laico, desligado de la religión. Temas, la mayoría de ellos, que siguen de máxima actualidad y que hacen que resulte especialmente doloroso comprobar cómo por lo que tanto pelearon este acervo de pedagogas hace casi un siglo esté hoy amenazado por los poderes políticos. 

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A través de vídeos y fotografías inéditas de archivo y de los testimonios de historiadores y familiares de las protagonistas, la directora nos acerca a un capítulo de nuestra historia reciente -sí, reciente, aunque a algunos les parezca que ocurrió hace mil años- poco explorado en nuestro cine. Sin trampas ni maniqueísmos, este proyecto auspiciado por FETE UGT y basado en la novela de Josefina Aldecoa, se hace imprescindible por varios motivos: en primer lugar, porque nos enseña a valorar la figura del profesor, siempre tan denostada. En segundo lugar, porque pone de manifiesto que el compromiso de estas mujeres no se limitaba a su tarea como formadoras, sino que también jugaron un papel decisivo en la transformación social de España, aunque la película no ahonde lo suficiente en todo este proceso -luchas en la calle, manifestaciones, etc-. Y, por último, para entender por qué estas personas eran la viva imagen de la modernidad; no ya sólo por capitanear la innovación de las aulas, donde empleaban las nuevas tecnologías -limitadas por aquel entonces a un globo tarráqueo o una máquina de escribir, sino por haberse posicionado de una forma tan activa en el sufragio universal o en su firme tarea de formar a las niñas para que tuviesen un abanico de posibilidades laborales más amplio que el de ama de casa. 

La película no se limita a suceder los testimonios a cámara uno tras otro -alternados con documentos gráficos y legales para enriquecer el conjunto-, sino que, como novedad, introduce una narración en primera persona como principal hilo conductor. La navarra Laura de Pedro es la encargada de dar vida a una de estas maestras, que cuenta su experiencia a través de una emocionante voz en off respaldada por una más que eficiente y emotiva partitura de Carlos Salas, cuyo virtuosismo al piano funciona como un bálsamo espiritual capaz de contrarrestar la impotencia que producen las imágenes. La directora, así, conjuga la parte real del relato con la ficcionada, con un resultado estimable. La única pega, ay, es su ajustado presupuesto, aspecto que se hace especialmente visible en dos frentes: la imposibilidad de su máxima responsable por aglutinar todas las historias que tenía previstas y, también, en su escasa duración: apenas 65 minutos. Al igual que hay proyectos engordados, he aquí un trabajo que peca de justo lo contrario. La obra hubiese admitido un cuarto de hora más sin problemas, pero la estrechez económica, auténtico lastre a la hora de mostrarnos, por ejemplo, los estragos que trajo consigo una guerra que supuso el fin del sueño dorado de estas mujeres, termina imponiéndose. Asimismo, hubiese sido un punto a su favor el intentar conseguir una visión más ecuánime,  mostrar las partes menos amables -o complacientes- del régimen que estas pedagogas con tanta ansia defendían. 

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Goya 2014 al Mejor Documental, Las maestras de la República se ha convertido en un pequeño fenómeno en España, donde se ha exhibido en más de 400 salas y centros culturales, cifra récord para un género como el documental, que suele pasar tan desapercibido. Los más de 50.000 espectadores que lo han disfrutado han animado a su directora a poner en marcha una segunda parte -que se financiaría mediante el crowdfunding y que indagaría en el exilio interior y exterior de estas heroínas- y saciar, así, a la gente que se quedó con ganas de más. El negra sombra de Luz Casal -que la cantante cedió de forma altruista para la cinta- que suena mientras vemos los rostros de estas heroínas enemigas de los valores conservadores, pone el broche de oro a un trabajo que cala hondo pero que, con más billetes, podría haber sido el arrebato, la tremenda locura que no es. 

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