La caza

Hay películas que te desestabilizan, que te persiguen como un fantasma tras su último fotograma. Obras que te llegan a las entrañas, que consiguen envolverte de tal forma que, incluso, llegan a afectar a tu integridad mental. A veces, incluso física. La caza (Thomas Vinterberg, 2013) es una de esas películas. La nueva criatura del director danés es un puñetazo directo al estómago, un espectáculo absorbente que nos logra sacudir, en mayor o menor medida. Capitaneada por el que fue, junto a Lars Von Trier, el co-fundador del movimiento fílmico vanguardista Dogma 95 -corriente extinguida en 2005 cuya máxima era potenciar el realismo de las historias, huyendo de los efectos especiales o digitales-, La caza consigue afectarnos de una forma tan especial porque todos hemos reemplazado alguna vez a ese principio inviolable del Derecho de que “todo el mundo es inocente hasta que se demuestre lo contrario”, por el de “todo el mundo es culpable hasta que se demuestre lo contrario”. La película, en este sentido, habla de la indefensión humana, de la impotencia que se sufre cuando te atacan injustamente. Pero también habla de la soledad: cómo, en los momentos difíciles, pocos son los que están dispuestos a dar la cara por ti.

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El relato pivota en torno a Lucas (Mads Mikkelsen), un profesor de cuarenta años que comienza a ser víctima de un comentario malicioso de Klara (Annika Wedderkopp), la hija pequeña de su mejor amigo. Una frase inocente que, poco a poco, va extendiéndose de forma implacable por la pequeña comunidad de Dinamarca donde se desarrollan los hechos. Sobrepasado por la situación, el maestro sufrirá en sus propias carnes el rechazo y las agresiones físicas y verbales de una comunidad que lo tacha de pederasta. Lo llamativo de la película es cómo este infierno terrenal que vive Lucas se hace tan extrapolable a muchas sociedades occidentales, donde los medios de comunicación o las redes sociales no tienen clemencia a la hora de dictaminar juicios paralelos, sentencias al margen de la ley. Y, lo que es peor, como la gente les da credibilidad, llegando a desatarse la catarsis colectiva en muchas ocasiones. He aquí uno de los motivos por los que La Caza nos incomoda: porque logra sacarnos los colores. Y es que, siendo sinceros, ¿quién no ha maldecido alguna vez a alguien acusado de algún delito grave (asesinato, violación) mientras salía en los telediarios, sin que aún no existieran pruebas concluyentes? Es sólo una de las lecturas sociales de una película que, junto con la falta de criterio del ser humano, también dispara contra unas autoridades que anteponen el testimonio de una pequeña al de un adulto por el simple hecho de ser una niña -ojo al papel de la directora- o contra unos facultativos que rozan la vergüenza ajena, como esa psicóloga encargada de evaluar a Klara, que realiza una de las entrevistas clínicas más desastrosas que se pueden hacer.

Con todo, el verdadero bastón de la película es su actor protagonista, premiado en Cannes -de hecho, ésta es la película por la que el director volvió al certamen, tras conquistar el Gran Premio del Jurado por Celebration (1998)-. Mikkelsen, uno de las grandes intérpretes de su país, consigue reflejar toda la angustia y la indefensión de esta desagradable situación únicamente con sus miradas y sus silencios. Ejercicio mayestático el de un actor capaz soportar los primeros planos como nadie; planos en los que somos testigos de lo que sería la viva imagen del dolor. El espectador, que es el único que sabe que su personaje está siendo objeto de una patraña, no duda en empatizar con él, hasta el punto de proclamarlo un héroe. Hay que serlo para sobrellevar con tanta dignidad y aplomo -a excepción de la escena de la Iglesia, cuyo arrebato puede llegar a ser justificable- unas circunstancias que exceden lo racional. En el apartado técnico, la obra está dirigida sin rastro de torpeza por un director que apuesta en todo momento por el estilo sobrio e hiperrealista en la que se cimentaba la corriente fílmica que ayudó a crear: a la -casi- ausencia de música y el estar rodada en escenarios reales se suma la tensión que se masca durante su desarrollo, esa atmósfera fría y equidistante que hace sumar puntos a una película cuyo título va mucho más allá de la afición del protagonista por la caza. En el conjunto, dos escenas llaman poderosamente la atención: la de ese epílogo un año después de los hechos, perfecto para entender las secuelas psicológicas que acarrea un episodio tan traumático como este, y la de la Iglesia, en la que somos testigos de cómo un conglomerado de fieles manifiestan su amor hacia el Señor al mismo tiempo que no dudan en condenar con sus miradas a alguien inocente.

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Ni una resolución algo precipitada, ni el bordear en un par de momentos el telefilm, ni siquiera lo poco creíble de algunas situaciones -no se explica por qué el protagonista no denuncia a las autoridades sus continuas agresiones, así como la muerte de su perro-, empañan esta drama nórdico que nos obliga a mirarnos al espejo y preguntarnos: ¿estamos también nosotros libres de pecado? Y es que, salvando las distancias, quién sabe cuántos Lucas hemos dejado por el camino. 

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