Cuando todo está perdido

Tras hablar de un naufragio económico en Margin Call (2011)- concretamente en los orígenes de la actual crisis financiera- el estadounidense  J. C. Chandor se ciñe en su segundo trabajo en otro naufragio, esta vez en alta mar. Se aprovecha, así, del filón que las películas de supervivencia han venido experimentando en los últimos años, con La vida de Pi (Ang Lee, 2012) y Kon-Tiki (Joachim Ronning & Espen Sandberg, 2012), como dos de los más ilustres precedentes. Sin embargo, Cuando todo está perdido (2013) no tiene ni la pirotecnia ni el derroche visual de la primera ni tampoco el aliciente de estar basada en hechos reales de la segunda; así las cosas, estamos ante una obra atípica dentro del subgénero marítimo, más intimista de lo que parece a simple vista. Y es en su afán por distanciarse del cine comercial donde este film estrenado en el Festival de Cannes -donde, por cierto, recibió una de las ovaciones más largas de la historia del certamen- patina: su gran defecto es que no se empeña en disimular su bajo presupuesto; la cámara, por ejemplo, rara vez nos permite contemplar la inmensidad de ese Océano donde el protagonista, del que tampoco sabemos nada, se encuentra a la deriva. 

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Con una desconcertante voz en off arranca la historia de un anciano (Robert Redford) que, tras despertarse una mañana, descubre que su embarcación ha sufrido una rotura en pleno Índico. Con medios limitados y sin rastro de vida a su alrededor, deberá hacer gala de su ingenio y de su excelente forma de física para sobrevivir en este mano a mano con la naturaleza que durará ocho días. Lo que no se explica es como una película sustentada únicamente en un personaje, no nos de la información suficiente para identificarnos con él. Por no saber, no sabemos ni su nombre. Más grave resulta que no se nos explique nunca las causas del accidente, así como las motivaciones del protagonista por lanzarse a una odisea de este tipo. Los únicos datos de los que dispone el espectador es que los hechos se desarrollan en el Océano Índico, el nombre de la barca –Virginia Jean, revelada en una de las dos frases que Redford tiene en toda la película- y poco más. De entrada, por tanto, cuesta empatizar con la historia. Y lo que es peor: que haya momentos en los que nos de igual lo que suceda con este pobre desgraciado, del que todo lo desconocemos y cuyo futuro, por tanto, poco nos importa. 

Esta perpetua desinformación hubiese podido quedar compensada si su director hubiese tenido la habilidad de crear sucesivos contrapuntos dramáticos, momentos de clímax que mantengan enganchado. A pesar de que el personaje tiene que hacer frente a la escasez de comida, a las tormentas o, incluso, a los tiburones, todo queda demasiado light. Muy al contrario de la mencionada Kon-Tiki, donde casi se podía mascar el peligro, donde la garra de las situaciones te pinzaban el miocardio. Aquí ni se siente ni se sufre la extenuación física del protagonista, ni nos angustiamos ante los momentos de peligro. Nada. Nunca sentimos el que su único rol se encuentre en una situación límite. Tampoco ayuda el que disimule de forma tan nefasta el estar rodada en un estudio -el mismo donde James Cameron rodó Titanic (1997), por cierto, ubicado en México-, como si todo fuese el resultado de un proyecto de fin de carrera de unos estudiantes de Audiovisual que el de un director que ya demostró su valía en su anterior trabajo y que aquí naufraga, nunca mejor dicho, de forma considerable. Los puntos flacos de Cuando todo está perdido no acaban aquí: a su ausencia de trasfondo mítico -más allá de los momentos en los que suena la música que, a pesar de faltarle algo de presencia, otorga cierta épica, especialmente en la última escena: esa última mirada del protagonista a la barca, auténtico impulso de adrenalina-, se suma un abuso de los fundidos a negro o el total desaprovechamiento de los exteriores, más allá de un par de planos generales y, eso sí, la gran belleza que consigue la cámara cuando se introduce en el fondo del mar. 

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Mención aparte el que un señor de casi 80 años se mueva con la agilidad de uno de 20 -dentro de la manía de Redford de demostrar que sigue siendo todo un chaval, como ya quiso dejar claro en Pacto de silencio (2012)- o que, siendo, tal y como se intuye, un experto en la navegación, incumpla normas de primero de manual, como el ir descalzo por la embarcación o no ponerse nunca el chaleco salvavidas. Algunos intentarán vendérnosla como una emocionante lucha del hombre contra la naturaleza, una historia que explora los límites -y la fragilidad- del ser humano o un descarnado relato sobre la soledad, pero esta cronista, aburrido como una ostra durante sus largos 106 minutos, no compra ninguno de estos argumentos. Duele que lo que podría haber sido un film de envergadura -que, de paso, podría haber proporcionado a Redford su primer Oscar-, se quede en una cinta resultona, descafeinada y tan excesivamente dúctil que, como la propia embarcación de Redford, nunca sabe adonde dirigirse. 

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