Diamantes negros

Diamantes negros (Miguel Alcantud, 2013) viene a sumarse a la larga -y estimable- lista de películas de temática social realizadas en España, en esta ocasión en coproducción con Portugal. Alejado del thriller, género al que pertenecen sus inferiores Impulsos (2002) y Anastezsi (2007), el director cartagenero se centra en su tercer trabajo en el cine de denuncia, al abordar una realidad que aún sigue siendo una auténtica desconocida para el gran público: el de la trata de menores africanos en el fútbol europeo, continente en el que sobreviven alrededor de 20.000 jóvenes sin recursos por las calles tras ser engañados por mafias, quienes les aseguraban convertirlos en los nuevos Eto´o o Drogba. Comprometido hasta decir basta, Alcantud ilustra las artimañas de los que se dedican a esta explotación ruin; gente sin alma ni corazón que trafican con personas como si fuesen mercancía, igual de lo que sucede con las redes dedicadas a la prostitución o a los diamantes. Organizaciones que atentan no sólo contra la propia dignidad de las víctimas, sino contra la normativa vigente, pues según la FIFA, los equipos de fútbol tienen prohibido fichar a menores de 18 años. 

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Amadou (Setigui Diallo) y Moussa (Hamidou Samake) son dos de estos diamantes negros; dos chavales que son captados en un partido local en Mali por un ojeador (Guillermo Toledo) que se encarga de llevarlos a España, Portugal o el norte de Europa con la promesa de convertirlos en sendas estrellas del deporte rey. Ilusionados ante la que puede ser la gran oportunidad de sus vidas, ambos aceptan de inmediato, sin conocer los turbios tejemanejes que hay detrás de dicho fichaje. ¿Cómo no van venir a España ante una propuesta tan golosa si, diariamente, vemos cómo hay quien se juega la vida cruzando el Estrecho de Gibraltar en patera en busca de un futuro mejor? Premio del Público en el Festival de Málaga y todo un fenómeno en multitud de festivales, Diamantes negros es un artefacto de gran eficacia a la hora de denunciar un hecho tan escandaloso como este máxime cuando, en la actualidad, en la plantilla de algunos equipos de fútbol europeos, existen afiliados menores de edad, vulnerando la legislación vigente.

No son pocas las bazas con la que cuenta este trabajo en el que Alcantud, que vuelve a ejercer de guionista, demuestra un gran nivel de conocimiento sobre el tema abordado y una loable tarea de documentación, así como un gran ritmo narrativo, fruto de su experiencia como director televisivo –Águila Roja, El Internado…-. Pero, además, tampoco es ajeno a lo que supone para dos personas acostumbradas a vivir en la más absoluta de la miserias el pisar por primera vez un país desarrollado: la sensibilidad que se intuye en escenas tan aparentemente inocuas como la del grifo o la del azúcar en el café, así como en las que se asombran por la riqueza arquitectónica de España o el primer contacto con su hogar, para algunos modesto, para ellos el mayor de los lujos después de que les hayamos visto dormir en el suelo, es gloria bendita. Junto a su tacto extremo, este film de esencia documental atesora otras virtudes: la gran labor de montaje -como bien queda demostrado en la escena del partido inicial- o su gran nivel interpretativo: desde la pareja debutante, hasta los más veteranos (Carlos Bardem, Toledo…). Chirría, eso sí, el fragmento de la comisaría en el último tramo que, a pesar de dejar traslucir las intenciones del realizador -denunciar la pasividad de las autoridades ante el drama de la inmigración-, queda resuelto, ay, de forma un tanto maniquea. De igual forma, aunque el resultado final es inflexible, podría haber sido aún mucho más punzante, más directo.

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Noble en sus intenciones y directa en sus objetivos, Diamantes negros pasa a ser imprescindible por la agudísima mirada del realizador contra un drama de máxima actualidad del que pocos medios se hacen eco; una óptica que no cae en el trampantojo y que se muestra siempre inmisericorde y honesta, hecho desde el cual se hace difícil rebatirla.  El resultado es la constatación de que el cine, algunas veces, sirve para mucho más que entretener. En esta ocasión, para marcar un gol a un deporte en el que, efectivamente, no es oro todo lo que reluce. Pero, sobre todo, a esos órganos de poder que, demostrando una vez más su (nulo) compromiso con los Derechos Humanos, siguen permitiendo que esta lacra continúe. 

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