Nebraska

Alexander Payne es un tipo que me fascina. Pocos directores como él tienen la habilidad de conjugar lo comercial y lo indie con tan pasmosa sencillez; consigue, así, ganarse a todo tipo de público: desde al amante de las producciones de trasfondo ligero, hasta al seguidor de las películas con enjundia. Pero es que, además, es un cazatalentos, pues mezcla actores experimentados con otros desconocidos, a los que da su primera oportunidad. Tampoco hay que dejar pasar por alto el equilibrio que logra entre el drama -en algunas ocasiones descarnado- y la comedia -en muchas otras, tronchante-, dejando en el público una sensación agridulce, como si fueran incapaces de catalogar el espectáculo que acaban de presenciar. Así sucedía, por ejemplo, con sus dos mejores obras hasta la fecha: Entre copas (2004) o Los descendientes (2011), por las que ganó el Oscar al mejor guión. En su último trabajo, Payne se aleja de la California de la primera y el Hawai de la segunda y pasa a ambientarlo en Nebraska, su tierra natal, ciudad que ha servido de escenario para cuatro de sus películas. Espectáculo trascendental y sesuso, en Nebraska (2013) vuelven a darse cita todas estas constantes de un director que parece empeñado en satisfacer a todos, dando como resultado una obra que, por primera vez en su carrera, se queda a medio camino en sus objetivos. 

NEBRASKA

La cinta cuenta la historia de Woody (Bruce Dern), un octogenario con principio de Alzhéimer, que convence a su distante hijo David (Will Forte) para embarcarse en un viaje por el Medio Oeste de Estados Unidos para cobrar un cheque millonario en Nebraska. A lo largo de estos largos trayectos en carretera, David no sólo recuperará el tiempo perdido con su padre, sino que indagará en aspectos desconocidos de su vida que le permitirá conocerlo mucho mejor. Primer escollo: lo que cuenta Nebraska no es precisamente el súmmum de la originalidad -la sombra de Una historia verdadera (David Lynch, 1999) es alargada-, pero uno confiaba en el talento de Payne para diferenciarse de sus homólogas. Aunque Dern está más allá del elogio, al igual que el hasta ahora cómico televisivo Forte y la nominada al Oscar por este trabajo June Squibb en el papel de esposa de Woody, lo peor de esta nueva road movie por estos gélidos y áridos paisajes es la falta de química entre padre e hijo; uno entiende lo que pretende contarnos el director, incluso llega a cogerle cariño a ambos, pero no termina de conectar con ellos, de ser partícipe de este lazo afectivo paternofilial que va desarrollándose y que Payne no escruta como se esperaba. En vez de padre e hijo, ambos parecen dos extraños, y eso que esta réplica de Don Quijote y Sancho Panza -o, lo que es lo mismo, aquél que se cree todo lo que le dicen, viva imagen de la derrota, y ese otro que aporta la cordura que le falta a su compatriota- lo tenía todo para triunfar. 

El gran problema del film es que desaprovecha sus situaciones potencialmente emotivas -que las tiene a montones-, como en el caso de la escena en la que Woody le confiesa a su hijo el verdadero motivo por el que quería comprar una camioneta. Tampoco ayuda la elección de una banda sonora errática que, aunque refinada, se limita a cumplir una función ambiental y no a indagar en el ámbito emocional. Uno no entiende si Payne ha querido hacer reír o llorar con esta película: lo primero a duras penas lo consigue, a pesar de atesorar escenas graciosas como la de la dentadura postiza, la del cementerio o la del compresor. En cuanto a la parte sentimental, uno no esperaba que le cayeran las lágrimas a chorros, pero qué menos que sentir alguna punzada en el estómago con una historia que, lástima, lo tenía todo para ser una obra de gran calado afectivo. Tampoco ayuda esa manía en la que incurren algunas películas actuales de atesorar varios desenlaces diferentes -como Agosto (John Wells, 2013), por ejemplo-; los quince últimos minutos de Nebraska son perfectamente prescindibles. Eso sí, lo que nadie puede reprocharle es su lograda atmósfera, potenciada por el gran nivel de localizaciones, imprescindibles para una función desarrollada mayoritariamente en exteriores. El hermoso y elegante formalismo de la propuesta es evidente del primer al último plano, siempre entre lo melancólico y lo entrañable.

comedia-y-drama-es-la-combinacion-de-esta-pelicula

A pesar de todo, si de algo deja constancia Nebraska es que Alexander Payne es un cineasta valiente, como explicaría el hecho de rodar su película en blanco y negro -con el riesgo comercial que ello supone- y su apuesta por lo sosegado y la reflexión, por el diálogo en una terapéutica barra de bar, en plena era de la aceleración. Una arriesgada pirueta, a pesar de todo, de la que el responsable de esta película nominada a 6 Oscar -mejor película y director incluidas- cae de pie, principalmente por el gran poso humano que hay en ella. Al final, Nebraska nos puede ganar si atendemos a las tres vertientes en las que se desemboca: el inclemente paso del tiempo, la redención involuntaria y la admiración impostada, pero no por ello menos auténtica. 

 

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