La piedra de la paciencia

Lo peor que le puede pasar a La piedra de la paciencia (Atiq Rahimi, 2012) es que haya quien la interprete como una película pequeña. Su escasez de escenarios, de actores y de, en definitiva, de un holgado presupuesto -ligado a su escasa distribución comercial o la propia procedencia de la cinta: Afganistán, un país cuya cosecha cinematográfica sigue siendo desconocida por la mayoría- pueden ser motivos para acusarla de intrascendente. Algo que clamaría al cielo: la adaptación para la gran pantalla que el propio director llevó a cabo de su novela homónima -galardonada con el prestigioso premio Gouncourt en 2008- es uno de los trabajos más subyugantes del cine reciente. Un alegato feminista tan rotundo como éste, en el que se pone de relieve la marginalidad y la irracionalidad a la que están sujetas las mujeres en Oriente Medio en plena época de las Convenciones de los Derechos Humanos, jamás puede ser acusado de pequeño, máxime cuando el cineasta también aborda otros temas como el poder destructor de la guerra, los fanatismos religiosos o la falta de comunicación. Todo en el marco de una ciudad que atesora todos los méritos posibles para proclamarse el más lacerante de los infiernos terrenales. 

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Esta coproducción entre Francia, Alemania, Gran Bretaña y Afganistán nos sumerge en las entrañas de Kabul, la capital y ciudad más grande Afganistán, donde se desarrolla la historia de una joven mujer (Golshifteh Farahani) que se ve obligada a cuidar de su marido (Hamid Djavadan), en estado comatoso desde hace dos semanas tras recibir una bala en el cuello. Tras un comienzo en el que deja a sus hijos a cargo de su tía, el grueso de la trama arranca cuando la mujer comienza a confesar a su esposo inconsciente todo lo que no ha mantenido oculto durante sus 20 años de matrimonio. A través de este desgranamiento de sus quejas conyugales, sus miedos, deseos y, en definitiva, su carcoma interior narrada a una sola voz, se nos permitirá conocer la historia y hacer una radiografía social de esta heroína cuyo futuro, en estos instantes, está eclipsado por la inclemente realidad que late fuera de sus cuatro paredes. La película apela a la sensibilidad del espectador para capturar toda la enjundia y la riqueza de estos monólogos que salen de las entrañas, que impactan por su contenido -la confesión de la protagonista sobre su boda; todo lo que se desliga del tema de la prostitución- y emocionan porque vienen de alguien que, lejos de ser un caso aislado, representa a todas las mujeres de un país anclado en una ortodoxia nauseabunda, dominado por los fanatismos y masacrado por las ofensivas militares. Escrita por el francés Jean-Pierre Carrière, con quien Buñuel escribió al alimón obras como El discreto encanto de la burguesía (1972) o Ese oscuro objeto de deseo (1977), la película tiene ecos del neorrealismo italiano -con Alemania, año cero (Roberto Rossellini, 1948) como máximo referente- a la hora de hacer partícipe al espectador del drama (o dramas) que aquí nos cuenta de una forma sutil, pero salvaje a la vez.

La guerra que late aquí en todo momento como telón de fondo no se ve, pero se intuye. Rahimi apuesta, con acierto, por el sugerir antes que el mostrar. Además de por esa víctima que yace moribunda en el suelo, en las escenas de interiores el conflicto se hace presente únicamente por los estruendos de las bombas en la calle. En el caso de los instantes de exterior, el director se sirve por los fogonazos de luz o la propia miseria de sus calles para dejar constancia de ese conflicto armado; breves pinceladas con las que basta para hacerse una idea de tamaña sinrazón. De todas formas, nada hubiese funcionado sin la presencia de una protagonista perfectamente trazada por el director, alejada de lo meramente panfletario, a la que da vida Farahani, un valor en alza, vista en films como Pollo con ciruelas (Marjane Satrapi & Vincent Paronnaud) o Red de mentiras (Ridley Scott, 2008). La actriz fue premiada en el Festival de Gijón por este papel, donde la película también logró el premio FIPRESCI y el premio del jurado joven.

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Inabarcable por su riqueza -temática, argumental, metafórica- y su grado visual proteico -la habilidad del director por cambiar el tono en exterior/interior-, La piedra de la paciencia es una obra que nos sumerge de lleno en las entrañas del infierno, en lo que en pleno S.XXI parece imposible que siga sucediendo, fortalecida, en un remate genial, por un final que es pura ebullición. Que nadie se confunda: La piedra de la paciencia no es la historia de dos personajes atrapados en una habitación; es la historia de dos almas heridas encerradas, asfixiadas en la idiosincrasia de un país que -aquí viene lo terrible- pocos tienen la voluntad de cambiar. 

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