Hijo de Caín

Siguiendo la estela de títulos como El buen hijo (Joseph Ruben, 1993) o Tenemos que hablar de Kevin (Lynne Ramsay, 2011), Hijo de Caín (Jesús Monllaó, 2013) también se incluye dentro de esa genealogía de películas que versan sobre la figura de un adolescente problemático. Cortometrajista de éxito, el director tarraconense apuesta en su debut en el largometraje por un thriller psicológico alejado de los cánones del género, puesto que conocemos la identidad del psicópata desde el mismo comienzo -al contrario que otros ejemplos de intriga como Los ojos de Julia (Guillem Morales, 2010)- y lo que realmente le interesa a su autor es conocer las causas que han llevado a este joven desequilibrado a tal situación. David Solans, gran descubrimiento, es el encargado de dar vida a Nico Albert, quien arrastra una profunda desafección  hacia su familia -en especial hacia la figura paterna- y vive obsesionado con el ajedrez. Otra de las bazas del film es, además de cómo usa este deporte mental para descifrar su extraño carácter, cómo se las ingenia para ofrecer un rico plantel de personajes que, al igual que el joven, también tienen motivos para avergonzarse.

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Los guionistas Sergio Barrejón y David Victori -éste último afincado en Hollywood- son los encargados de adaptar la novela Querido Caín -editada en España por Plaza & Janés-, escrita por el psicólogo educativo Ignacio García-Valiño. Y la verdad que cumplen con creces su cometido: tanto las figuras paternas del chaval -José Coronado y María Molins, ambos soberbios- como el psicólogo -Julio Manrique, un grande del teatro en Catalunya- que éstos contratan  para ayudar a encauzar al joven, están perfectamente definidos. La miseria moral que caracteriza a Nico, sin embargo, no es territorio exclusivo de él, sino que se hace extensible al resto de miembros familiares: ahí está ese padre capaz de maltratar a su propio hijo en vez de apostar por la vía del diálogo; una madre que no tiene el más mínimo remordimiento con engañar a su marido con un antiguo amor, o el propio facultativo, quien deja de lado la ética profesional para vivir un romance con la madre de un paciente… Pero lo que late en la obra, lo que verdadera subyace en el relato, es la historia de unos padres que han perdido el control sobre su vástago; de un seno del que presupone cariño y ternura y que se encuentra estancado en la frialdad y en la incomunicación -como bien ejemplifica la escena de la entrega de regalos, que parece protagonizada por desconocidos más que por personas ligadas por el vínculo de la sangre-.

Propuesta inteligente y sofisticada en sus formas, Hijo de Caín presenta algunas debilidades tras una primera media hora brillante como el hecho de no indagar más en el drama familiar o en mostrar cómo afecta a la institución familiar el tener en su seno a un enfermo mental. En el momento en que la película se vuelca en la terapia del ajedrez -con la presentación en escena del mítico Jack Taylor en la piel del maestro, que da una de las claves del film al apuntar que “un niño que mata a su perro es un psicópata”-, pierde fuelle. Con todo, nos mantiene intrigados al intentar conocer cuáles son los motivos por los que Nico está tan distanciado de su padre o a través de escenas tan potentes como la de la piscina. Otras, como la del accidente de tráfico, chirrían bastante por resolverse de forma rutinaria técnicamente, lo cual es una lástima porque es donde la película podría haber demostrado la ambición formal que le falta. Por último, habrá a quien le eche para atrás el que, al haber sido rodada en catalán y castellano a la vez, que en su distribución nacional algunos actores no se hayan doblado a sí mismos, privándonos de oír sus voces originales y dando artificiosidad al conjunto final. 

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Aunque no llega al nivel de otros ejemplos del género en España como Mientras duermes (Jauma Balagueró, 2011), la ganadora del Premio Asecan a la Mejor Ópera Prima en el último Festival de Málaga Hijo de Caín sale muy beneficiada por su poderoso arranque, una narración sin arritmias, el gran diseño de sus escenarios y, especialmente, de los múltiples interrogantes que van surgiendo en la trama. De entre todos, hay uno especialmente llamativo: el que nos obliga a preguntarnos si a veces no necesitamos más ayuda externa nosotros mismos que al que todos apuntan con el dedo. 

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