Truman Capote

Con Truman Capote (Bennett Miller, 2005) me pasa algo curioso: reconozco que no es mala película, pero tengo la sensación de que no sería ni la mitad de lo que es sin su actor principal, un Philip Seymour Hoffman que aquí demostró que era algo más que el eterno -y eficaz- secundario de Hollywood. Algunos dirán que este es el principal ingrediente de un biopic, y puede que así sea, pero creo que el resto de apartados técnicos y artísticos no están a su altura. Aunque conviene matizar que Truman Capote no es una autobiografía al uso, pues se ciñe exclusivamente al proceso en el que se enfrascó el escritor para dar vida a su best seller A sangre fría que, además de convertirse en un clásico desde el mismo momento de su lanzamiento, lo consagró como uno de los grandes de la literatura norteamericana del S.XX. A pesar de que Hollywood la consideró una de las 5 mejores del año -llegando a competir en la categoría de mejor película en los Oscar con títulos superiores como Brokeback mountain (Ang Lee, 2004) o Crash (Paul Haggis, 2004), no es un film que me apetezca especialmente volver a ver, sobre todo por su falta de información sobre su personaje central, por su escaso sentido del ritmo o una atmósfera demasiado fría. 

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La historia arranca cuando el periodista Truman Capote lee en un periódico la noticia del asesinato de una familia en Kansas a manos de dos criminales. Intrigado en el caso, el también periodista parte con su amiga Harper Lee (Catherine Keener) al lugar de los hechos, comenzando una ardua labor de investigación; tarea que le llevó a acompañar a la policía en sus investigaciones, en conocer a fondo el pueblo donde se cometió la masacre y, sobre todo, en mantener distendidas conversaciones con uno de los homicidas. El resultado de estos cinco largos años de documentación fructificaron en su novela más famosa -y leída-: A sangre fría -que fue llevada al cine por Richard Brooks en 1967-, todo un referente para el mundo periodístico a pesar de los dudosos métodos empleados por el también autor de Desayuno en Tifanny´s -que Blake Edward tomó como referencia para dar a luz Desayuno con diamantes (1961). La película, así, plantea dilemas morales del calibre de hasta qué punto es aceptable mantener contacto con un asesino para dar forma a tu creación -el escritor incluso consiguió que se pospusiera la pena de muerte de uno de ellos, lo que le permitió conocerlos a fondo, trazando unos perfiles de ambos que rozan la perfección- o si es justificable coger cariño al responsable de tamaña monstruosidad. De este film denso y lleno de capas, destaca su gran concepción de la elipsis, su clasicismo y la habilidad para saber poner punto y final en el momento preciso -ese solitario viaje en tren que nos deja a un hombre tan respetado como criticado-. Se esquiva, así, penetrar en los problemas del alcoholismo del polifacético artista, causa directa de su fallecimiento.

Truman Capote satisfará a los periodistas, a los estudiosos de la condición humana -por su el extraordinario perfil que se dibuja del excéntrico y vanidoso personaje-, pero puede defraudar a los que se acerquen a la obra con intención de conocer detalles hasta ahora no publicados del afamado periodista. Este es, junto al hecho de que podía haber sido visualmente más atractiva y con mayor grosor épico, el gran defecto de la película: que no pasa nunca de lo políticamente correcto, que no da ni un ápice de información nueva de lo que todos conocíamos. Con todo, hay que aplaudir al intrépido Miller por haber dado el salto al largometraje con la historia de un mito de la cultura popular del pasado siglo, a pesar de que para ello se haya ceñido a un capítulo concreto de su vida. La puesta en escena, plácida y sofisticada, demuestra el buen gusto que en todo momento rezuma su trabajo. Por su parte, la caligrafía que el guionista Dan Futterman, que escribió el libreto adaptando la novela de Gerald Clarke, hace del protagonista es excelente: se nos muestra como lo que fue, un hombre al que era fácil odiar por su egolatría -la escena del tren, en el que previamente paga a un acomodador para que le felicite por su trabajo- pero, a la vez, extrañamente adorable -lo admiramos por cómo, haciendo gala de su valentía, jamás intentó esconder su amaneramiento en una sociedad no exenta de prejuicios-. 

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De todas formas, insisto, el gran mérito del film radica en Seymour Hoffman, un actor que fue capaz de sacar de sus tripas una creación tan compleja como la de Truman Capote, figura sobre la que el director muestra siempre un firme compromiso histórico y el máximo de los respetos. El intérprete, que se hizo con el beneplácito mundial de la crítica -Oscar y Globo de Oro incluidos-, nos regala una interpretación rica en matices, poderosa y para la que logró una gran similitud física con el personaje, que pasó a la Historia por demostrar que había otras formas para contar la realidad. Si eran válidas o no, juzguen ustedes mismos. 

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