El bazar de las sorpresas

Hacer fácil lo difícil. Ese fue siempre el gran mérito del director berlinés Ernst Lubitsch, hasta el punto de que esta excelsa peculiaridad pasó a denominarse el Toque Lubitsch. Y El bazar de las sorpresas (1940), la película favorita del propio cineasta de cuantas rodó, no fue una excepción. Considerada unánimemente uno de los títulos claves de la comedia romántica de todos los tiempos, nos situamos ante un festival de humor de principio a fin que esconde, sin embargo, una potente sátira social, quizá no tan descarnada como en su obra maestra Ser o no ser (1942) -en la que reincidió a la hora de apostar por un microcosmos de personajes cada cual más esperpéntico- pero sí lo suficientemente hiriente. Fue uno de los rasgos más característicos de Lubitsch, junto con la redondez de unos guiones que, por su derroche de naturalidad y frescura, parecían el propio extracto de la vida. Nada más lejos de la realidad para alguien que cuidaba minuciosamente este apartado en sus trabajos y para el que en esta ocasión volvió a contar con Samson Raphaelson, su escritor predilecto -llegó a colaborar 9 veces con él-, que se encarga de adaptar la pieza teatral homónima del escritor húngaro Miklós László. No es que Lubitsch tuviese el don innato de hacer fácil lo difícil -que puede que también- es que hablamos de alguien que cuidaba al milímetro cada detalle. 

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Cumpliendo a rajatabla las reglas sagradas de la comedia clásica -hora y media de duración, un chiste cada pocos segundos, ritmo endiablado-, la historia pivota en torno a dos personajes: Alfred Kralik (James Stewart) el introvertido responsable de personal de Mutaschek y Compañía, una exclusiva tienda de Budapest, y Klara Novak (Margaret Sullavan), la nueva dependienta, que empieza a trabajar allí por expreso deseo del jefe de Alfred. Con el transcurso de los días, la relación entre el joven y la señorita Novak se irá tornando tensa e irascible; una situación, no obstante, especialmente cómica porque ambos son, respectivamente, las personas con las que han iniciado un romance epistolar. Uno de los máximos alicientes de la película es llegar al punto en el que los dos dejen al descubierto su verdadera identidad, algo que se nos priva hasta los últimos cinco minutos. Pero no es el único motivo para disfrutar de El bazar de las sorpresas: además de ser una comedia alérgica a dar un respiro al público, hay que prestar atención a su subtexto, a sus continuas bocanadas críticas contra el sistema desde su denuncia a los prejuicios de las clases adineradas hasta la hipocresía de los jefes, pasando por su -algo sutil- reprobación de las condiciones de trabajo del proletariado -siempre con la amenaza del despido y los salarios ajustados como telón de fondo-. Razones, por las que más de 80 años de su estreno, la obra no sólo no ha envejecido, sino que sigue de plena vigencia. Así se evidenció, por ejemplo, con la puesta en marcha del remake Tienes un e-mail (1998), protagonizado por Tom Hank y Meg Ryan. Cinta, por cierto, a años luz del original.

Otro de los aspectos por los que destaca el film, es por lo bien que se desenvuelve su máximo responsable en un escenario tan reducido, puesto que  la gran mayoría de las escenas se desarrollan en la propia tienda, a excepción de las del encuentro en el café o la visita al hospital. Esta astuta puesta en escena, lejos de ser casual, se debe al excelente diseño del comercio, lo que le permitió a Lubitsch ser increíblemente hábil a la hora de dirigir a sus actores, y mover la cámara con una soltura que ya hubiesen querido para sí muchos de sus contemporáneos. En efecto, la totalidad del rodaje transcurrió en interiores, incluidas las escenas de las puertas de la tienda -donde los empleados se reúnen cada mañana para esperar la llegada de su jefe-, pero en ningún momento se diluye la sensación de teatralidad que es la que confiere ese encanto tan característico a la obra. A sus trabajados diálogos –“usted y yo estaremos en la misma habitación, pero somos de planetas diferentes”-, El bazar de las sorpresas queda enriquecida por su excelente plantel de secundarios y alguna lectura del texto secundaria como la idealización previa del amor -el hecho de que la protagonista, por ejemplo, glorifique a un hombre hasta la extenuación sin ni siquiera conocerlo físicamente-. 

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Dedicada, según confesó el propio director, a los dependientes de las tiendas de Berlín de principios del S.XX -profesión de sus padres, y la suya propia durante algún tiempo, cuando se encargó de ayudarles-, El bazar de las sorpresas está filmada mediante un prisma cinematográfico de primer nivel; el prisma de alguien que, haciendo gala del perfeccionismo con el que era conocido en la industria, pidió a uno de los trabajadores de la película que le consiguiera el inventario de existencias de una tienda de artículos de piel de Budapest para ambientar con la mayor fidelidad posible ese bazar que, sin ningún género de dudas, es el verdadero protagonista de la función. 

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2 pensamientos en “El bazar de las sorpresas

    • Yo la he descubierto hace poco y ha sido todo un descubrimiento! Muchas gracias por meterte al blog, leerte la crítica y por el comentario. Tendré en cuenta tu blog, le he estado echando un vistazo y no tiene mala pinta. Larga vida al (buen) cine! jeje
      Un abrazo!

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