Presentimientos

Presentimientos (Santiago Tabernero, 2013) supone la segunda incursión tras la cámara de su director tras la entrañable Vida y color (2005). Tras aquella, da gusto comprobar cómo el riojano, director de programas como Versión española o La Nube, no ha perdido un ápice de talento en estos ocho años alejado del cine. Basada en la novela homónima de Clara Sánchez, la película, que supone el primer guión cinematográfico de su también protagonista, Eduardo Noriega, escrito al alimón con el propio director -que ya fue guionista de Taxi (Carlos Saura, 1996)-, nos habla de la crisis en una relación de pareja; una crisis que, lejos de ser destructiva, les servirá para volverse a enamorar. Sin embargo, para abordar esta conflicto, la cinta se escapa de los márgenes folletinescos y apuesta por la vía del thriller psicológico. A través de un buen trabajo de montaje paralelo, la película se mueve en dos tiempos en los que observamos a los protagonistas intentar escapar del profundo bache en el que están sumidos.

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Presentimientos da comienzo cuando Julia (Marta Etura) y Félix (Eduardo Noriega), una típica pareja de clase media, llegan a un resort en la playa para pasar unos días de vacaciones con los que pretenden salvar su relación. Sin embargo, nada más llegar a su destino, ambos inician una discusión tras la cual Julia coge el coche y se va. Al rato, la joven es víctima de un robo, se pierde y, para colmo de males, sufre un accidente tras el cual queda en coma profundo. Será el inicio del desasosegante recorrido emocional de sus protagonistas, situados en un espacio físico-temporal diferentes, en un límite que desafía a la realidad. En esta travesía preñada de flashbacks, Tabernero aprovecha para explicar el origen (u orígenes) de esa relación -marcado(s) por la última frase de la última película de Stanley Kubrick, Eyes Wide Shut (1999): “hay algo muy importante que debemos de hacer cuando antes: follar”– y cómo todo fue demasiado precipitado: su noviazgo, el posterior embarazo o la boda. Nos ilustra la vida, en definitiva, de una pareja devorada por la rutina, estancada en un punto en el que se ha perdido la ilusión. Un hecho motivado en buena medida por el nacimiento de su primer hijo, que ha pasado a ocupar el tiempo que antes se dedicaban mutuamente. La película intenta responder a la pregunta de si es posible recuperar los sentimientos perdidos a través de un viaje sensorial.

Narrada con excelente pulso, la obra adhiere simpatías gracias al gran trabajo de sus figuras centrales –Marta Etura, a la que se le nota su gran labor previa para conectar con las emociones de su personaje, está soberbia– o de los secundarios, entre los que destaca Jaime Chávarri o Silvia Tortosa, en un excelente papel de femme fatale que supone su feliz recuperación para el cine después de la errática Esta noche, no (Álvaro Sáenz de Heredia, 2002). También sale beneficiada por su potente punto de partida y su resolutivo final -a ritmo del poderoso tema The Memory is cruel, de Russian Red, con cameo en la película incluido-, aunque queda algo por debajo de las expectativas por su forma de desarrollar su bloque central. Entre lo confuso y el golpe de afecto desatinado, uno tiene la sensación de que se podía haber desenvuelto mejor toda su maraña fantástica o que se podía haber sacado más miga a su idea conceptual. La cinta habría ganado muchos enteros si, como buen thriller, nos hubiese sorprendido con algún giro extra de guión o si hubiese ahondado más en la introspección psicológica de sus roles principales. 

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Con todo, Presentimientos es una original propuesta beneficiada por escenas que son gloria, como la primera visita de Julia al club nocturno La felicidad -un nombre nada casual-, en el que vive su primer encuentro con el personaje de Alfonso Bassave, o la carga metafórica del momento en el que la protagonista se encuentra con el coche a los pies de un faro nocturno, como si de alguna manera éste fuese a ayudarle a iluminar el sentido a su vida, tan diluido como ella frente a la gigantesca maqueta de hoteles resort, otro momento magnífico. Pero, por encima de todo, esta participante en la Seminci de Valladolid es una experiencia a la que recurrir para demostrar que las segundas oportunidades existen. 

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