Amanece, que no es poco

Una mujer que da a luz veinte minutos después del acto sexual; hombres que brotan de en medio de un bancal; un señor que confiesa a la policía, con toda la tranquilidad del mundo, haber matado a su mujer; personajes que comienzan a volar -literalmente- de golpe y porrazo; votaciones populares para presentarse a adúlteras, putas, monjas o marimachos; una declaración de amor a una calabaza…. La cosmología de personajes peculiares y la lista de surrealistas situaciones que nos proporciona Amanece, que no es poco (José Luis Cuerda, 1988) es tan refrescante como, sin duda, alérgica a cualquier lógica. Paradigma del cine del absurdo, este título de culto del cine español -a pesar de que en su estreno pasó inadvertido- ha ido despertando la fascinación de varias generaciones hasta consolidarse como un espectáculo imprescindible. Si, a día de hoy, un extraterrestre aterrizase en el planeta Tierra y tuviese que explicarle cómo es España, me ahorraría el sermón y le pondría esta película. Cima del humor patrio, el trabajo del director de La lengua de las mariposas (1999) es un espejo de lo que fuimos, de lo que somos y, muy probablemente, de lo que seremos. Una sangría de situaciones cada cual más esperpéntica a la que jamás se le podrá recriminar su incoherencia porque la vida real, queramos o no, le gana por goleada.

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El hilo conductor de la historia, que se desarrolla en la segunda mitad de la década de la década de los 50, corre a cargo de dos personajes: Teodoro (Antonio Resines), un ingeniero español que trabaja como profesor en el extranjero que regresa a su país de origen con motivo de un año sabático, y su padre (Luis Ciges), el cual al poco de llegar su vástago le confiesa que ha matado a su madre, pero que no puede quejarse porque, a cambio, le ha comprado una moto con sidecar con la que recorrer el mundo. Un gag, cénit de este absoluto dislate, que, como todos, no resulta gratuito y que en esta ocasión pretende denunciar la miseria de un país en el que un simple medio de transporte podía llegar a tener más valor que la vida de una mujer. Con todo, y a pesar de que es una obra excesivamente coral -donde Cuerda, autor también del guión, reunió a lo más granado de la industria, como Manuel Alexandre, Chus Lampreave o María Isbert-, el verdadero protagonista es ese pueblo de la sierra de Albacete; un lugar, la cuna de lo que comúnmente ha pasado a denominarse España profunda, que aglutina todos los tópicos, costumbres y, en definitiva, la idiosincrasia de un país a la deriva.

En el primer largometraje que rodó en su tierra, Cuerda demuestra estar más cuerdo de lo que parece no dejando títere con cabeza en cuanto estamentos políticos y sociales. Así, dispara contra el Clero -las interferencias de la Iglesia en el ámbito público o político que aquí se denuncian siguen, además, plenamente vigente en nuestros días-, los métodos abusivos de la guardia civil -que también hoy siguen generando polémica-, el alcoholismo, adulterio o la propia ingenuidad de la ciudadanía que, bien por ese entorno hostil, férreo y marginado que les tocó vivir o bien por su ausencia de criterio propio, se dejaban arrastrar cual rebaño. Asimismo, destaca lo mordiente que se muestra el film con una España que despreciaba todo lo que venía de fuera, como ejemplifica esa lapidación a la que los lugareños someten al personaje americano (genial Gabino Diego) o la discriminación que sufrían las minorías -ojo al hombre de raza negra-, por no hablar del segundo plano que ocupaban las mujeres -a las que aquí, en un genial golpe de efecto, se les niega incluso el placer sexual-. Heredera directa del surrealismo y la extravagancia de Luis Buñuel, además de mostrarse deudora de la escena del balcón y el alcalde de Bienvenido Míster Marshall (Luis García Berlanga, 1953), la película reverbera a El ángel exterminador (1964), sólo que en lugar de una mansión burguesa, el escenario del que parecen no poder salir sus personajes es un lugar que concentra lo peor y lo mejor de nosotros mismos. 

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Envés del cine intrascendente, puede que durante los primeros compases de esa perpetua suspensión de la credibilidad que es Amanece, que no es poco te cueste hacerte con ella. Entre otras cosas, supuso una ruptura total con los pilares del cine español de hasta la fecha. Alejada de prototipos, la obra sorprendió por su lenguaje propio y su marcada personalidad. Eso sí, una vez entras en ella, tienes garantizada más de una hora y media de risas, aunque ilustre el lado más oscuro del ser humano, como ese tiroteo de los mandos de la Guardia civil contra, simple y llanamente, el amanecer, paradigma de un régimen que obligó a vivir a los demás entre tinieblas. No obstante, lo que al final queda es un canto a la vida, aunque a veces ésta sea injusta, mezquina y ruin. 

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2 pensamientos en “Amanece, que no es poco

  1. Hace poco descubrí que hay una ruta que recorre los lugares donde se grabó la película, incluso con estatuas dedicadas, por ejemplo, al sidecar de Resines. Es curioso y no nos pilla muy lejos!

    • Precisamente al prepararme la crítica de la película me enteré de eso y me parece una fantástica idea! Es como la ruta de “Sexo en Nueva York”, pero en versión ibérica, jeje. Algún día no me importaría hacerla! 🙂

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