Las hermanas de la Magdalena

Si hay algo que siempre he detestado de la Iglesia Católica -y de todas las religiones en general- es el hecho de creerse intocable, como si estuviera por encima del bien y del mal. Por ello recibí con satisfacción una película como Las hermanas de la magdalena (Peter Mullan, 2002), donde el director se atrevió a penetrar en uno de los capítulos más abominables que ésta ha cometido bajo el nombre de Dios. Además de confirmar que su estimable debut con Orphans (1998) no fue fruto de la casualidad, el reconocido actor Mullan -visto en Mi nombre es Joe (Ken Loach, 1998)-, se confirmó como un cineasta, además de virtuoso, valiente: hay que serlo para abordar un tema que sacudió a la sociedad irlandesa como el de los conventos de la Magdalena, putrefactos monasterios donde algunas jóvenes del país eran acogidas para expiar sus pecados. Éstos eran de diversa índole: desde ser madre fuera del matrimonio a, por ejemplo, tener los pechos pequeños. La película documenta la perpetua humillación a la que eran sometidas estas reclusas por las hermanas de la Misericordia, las cuales se creían dueñas de toda verdad. Una congregación más propia la Edad Media que de la década de los 60, época en la que se ambienta esta surrealista trama que se prolongó hasta 1996, año en el que cerró el último de estos conventos. 

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En efecto, lo más estremecedor de Las hermanas de la Magdalena es que no es sólo el testimonio del caso aislado de esta corriente fanática irlandesa, sino la crónica universal de algo que sigue ocurriendo en distintas partes del mundo. Eso sí, disfrazado de todo tipo de eufemismos. Por ejemplo, el escándalo de los niños robados en España -un caso, por su mastodóntica envergadura, de difícil resolución-, ya era una realidad en Irlanda cuando estas monjas, más preocupadas en los fajos de billetes que en adquirir un mínimo de sensibilidad, separaban a las madres de sus retoños nada más nacer. El director y guionista da fe de lo que allí ocurrió, sí, pero también nos recuerda que no son pocos los países donde los fundamentalistas religiosos han campado a sus anchas durante siglos con total y absoluta impunidad, destrozando la vida de gente inocente, especialmente en países donde el catolicismo tiene más poder incluso que el propio Estado. Por ello, Las hermanas de la Magdalena es una película necesaria, porque con su crónica se arroja luz a un tema que se ha intentado sepultar desde las más altas instancias: las mismas que pretenden imponer su modo de vida reaccionario y su falsa moral a los demás. 

Con todo, lo más curioso del film no es el buen criterio con el que se maneja su máximo responsable en los pasajes más dramáticos -el intento de suicidio de una de las internas, la humillación de las monjas a las reclusas desnudas o los castigos físicos-, ni lo bien que esquiva los derroteros del morbo y el efectismo. Lo que más llama la atención fue el rechazo unánime con el que la acogió la Iglesia Católica, con el Vaticano a la cabeza, que la tildó de ofensiva y anticlerical. Cuesta imaginar un mayor ejercicio de hipocresía que el no respaldar una obra que, ojo, no es una crítica contra la religión, sino a su mal uso; una obra ante la que una persona cristiana y de buena fe no tendría que sentirse atacada, al revés: debería bendecir cualquier ejercicio de transparencia dentro de su institución. Una actitud de la Santa Sede que, una vez más, viene a demostrar lo poco dispuesta que está en reparar, si acaso esto es posible, todo el daño que ha causado durante décadas. Con su enérgica e inquietante repulsa, consiguió-además de dar un plus de publicidad al film-, retratarse una vez más. 

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Una desasosegante película ganadora del León de Oro en el Festival de Venecia que, si bien no es una obra maestra, resulta imprescindible por su minuciosa reconstrucción de los hechos y por la forma en la que su director la lleva por la senda de la denuncia social al tiempo que nos conmovemos con sus víctimas, insuperables actrices de la primera a la última. Lo más admirable es que no está hecha desde el revanchismo o la venganza, sino desde una posición aséptica, intentando ser lo más fiel posible a lo que se vivió en un lugar que demostró que los campos de concentración no tienen por qué nacer amparados por una esvástica: también por un “inocente” crucifijo. Las duras condiciones de vida de las internas -escasez de comida, extenuantes jornadas de trabajo sin remunerar- no son fruto de la imaginación del director. No. Existieron, y las responsables fueron unas malnacidas con sotana que daban -y siguen dando- más miedo que el mismísimo Freddy Kruger.

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