Lawrence de Arabia

Hay un momento en Lawrence de Arabia (David Lean, 1962) en el que el fósforo apagado de una cerilla del protagonista da paso a la rojiza inmensidad del desierto. Es sólo una muestra de la genialidad de un director que, cinco años después de rodar la también superproducción El puente sobre el río Kwai (1957), sorprendió a todos con la que no es sólo una lección de Cine, sino también una lección de Historia. Ganadora de 7 Oscar -incluidos Mejor película y Director-, estamos ante el biográfico relato de una de las personalidades históricas más destacadas: el comandante y militar T. E. Lawrence que, por el decisivo papel que jugó en la rebelión del pueblo árabe contra las turcos durante la Primera Guerra Mundial, terminó consagrado como líder para dicha comunidad. También para los británicos, que vieron como uno de sus oficiales -en el que depositaron sus ansias de colonialismo- había logrado la independencia de Arabia tras la derrota y posterior expulsión del Imperio Turco. Cobra aquí especial importancia la escena de la cerilla señalada, pues ejemplifica esa simbiosis con la naturaleza -en este caso, la majestuosidad del desierto del Cairo- en la que Lawrence fue enfrascándose conforme iban aumentando sus conocimientos sobre las tribus del lugar. 

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Articulada en dos partes separadas por un interludio -como ocurría con Lo que el viento se llevó (Victor Fleming, 1939), otra de las grandes películas épicas jamás filmadas- Lawrence de Arabia es, ante todo, una historia de amor. Pero no un romance entre dos personas, sino del propio protagonista hacia él mismo. Si bien destacan sus connotaciones homosexuales -no explícitas, pero sí evidentes-, Lawrence se irá consumiendo por su propia megalomanía, por su espíritu de grandeza. Lejos de glorificar a su héroe, Lean congela la identificación del público con él. El director, cuyo éxito en esta película le impulsó a poner en marcha Doctor Zhivago (1965), su otra mastodóntica producción, lo muestra tal y como fue: atormentado, preso de la dicotomía entre lo admirable -su madera de líder, su capacidad de, pese a su endeblez física, sobreponerse a la adversidad por su aura espiritual- y lo directamente reprochable -sus ansias de poder y su descomunal ego le propiciaron discutibles éxitos militares como la masacre de los soltados turcos poco antes de tomar Damasco, que acabará confesando-. 

La que es la interpretación más recordada del que por entonces era un semi desconocido actor teatral y secundario de cine Peter O´Toole -en un papel que iba a ser para Marlon Brando, el cual rechazó-, en gran parte por esos primorosos ojos azules en un no menos bellísimo rostro, sorprende por mostrarnos a alguien imperfecto, al que nunca sabemos si amar u odiar. La elegancia de la partitura de Maurice Jarre termina de poner sintonía a la inexpugnable personalidad de Lawrence, como si nunca pudiésemos penetrar en este rol solitario, misterioso, de espíritu místico y reminiscencias casi bíblicas. Acompañan a O´Toole un ejército de actores igual de soberbio, entre los que destacan Anthony Quinn, Alec Guinness o Claude Rains -y en los que, sorprendentemente no figura ninguna mujer-. Pero, sin duda, lo que más llama la atención del film es la gran precisión de su puesta en escena; el director se empleó a fondo -de ahí su tiempo de rodaje: 2 años- para ilustrar el desierto con toda su grandeza y capturar toda su belleza. Regalándonos escenas capaces de dejarnos clavados en el asiento -la violación del protagonista por parte de un soldado turco, el descarrilamiento del tren-, logra una compleja y fascinante epopeya visual magníficamente fotografiada por Frederick Young; un poema para los sentidos que, décadas más tarde, pocos han podido superar. 

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A pesar de la brillantez de sus dos partes, sí es verdad que la segunda no consigue mantener el listón, un tanto perdida en las negociaciones con las tribus. Algo que no empaña un resultado final de un clásico indiscutible en el que, más allá de su apabullante despliegue técnico, lo que queda es la crónica de un capítulo de la Historia de primera magnitud; un episodio encabezado por un líder de fama mundial alabado por muchos, despreciado por otros; una carismática figura tan impenetrable como cada uno de esos páramos inhóspitos que Lawrence hizo suyos -y que, corroído por sus actos, terminó abandonando-, de cariz tan legendario –“para ciertos hombres nada está escrito si ellos no lo escriben” como cada una de las puestas de sol que recorren una película sin fecha de caducidad. 

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