Paraíso: Esperanza

Con Paraíso: Esperanza (Ulrich Seidl, 2013) se cierra una de las trilogías más inclasificables, hiperrealistas y magistrales del cine contemporáneo. Presa de la libertad anárquica de su director, algunos volverán a asociar (erróneamente) a este último capítulo con el cine experimental. Sin embargo, uno se pregunta si lo experimental no es dotar a las películas de artificios, someterlas a todo tipo de manipulación. Aquí, la puesta en escena en sobria, los actores reducidos -y, en el caso de la protagonista, aunque no lo parezca, no profesional- y el presupuesto mínimo: es una historia (aparentemente) sencilla; esas que, aunque no lo parezcan, son las más complicadas.  Y lo más importante: una película que destila VERDAD por cada uno de sus poros. Paraíso: Esperanza es cine de primer nivel; tan peculiar e infrecuente que algunos les echará a patadas de la sala. Sin embargo, los que tengan el valor suficiente de llegar al final de este majestuoso tríptico -que, a pesar de estar dividido en capítulos, se pensó inicialmente como un conjunto-, tras soportar un cúmulo de imágenes tan bellas como, en muchos casos, de difícil visionado, habrán paladeado una de las experiencias más enriquecedoras de su vida. 

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Mientras su madre Teresa se convierte en una turista sexual más en Kenia –Paraíso: Amor (2012)- y su tía Annamaria se dedica a evangelizar por las casas de Viena –Paraíso: Fe (2012)-, Melanie ingresa en un campamento para adelgazar; un lugar que, por su férrea disciplina y su esencia surrealista, es el súmmun del absurdo. Además de convivir con adolescentes con su mismo problema, esta virginal joven de 13 años experimentará lo que es el primer amor al sentirse atraída por el médico que controla a todas las internas en esta especie de cárcel que traspasa lo denunciable: un hombre 40 años mayor que ella. El eje motriz de esta última entrega es, una vez más, la de una mujer en busca de la felicidad, con una sonora diferencia respecto a las dos primeras partes: en esta ocasión, la protagonista es la única víctima real. En un momento de Paraíso: Esperanza, el facultativo diagnostica el corazón de su paciente; poco después, es ésta misma la que oye los latidos del dicho órgano del hombre sobre su pecho descamisado. Es la forma, tan potente como sutil, que tiene el director de expresar esa (falsa) esperanza que lleva en su título la obra; la prueba de que ambos se necesitan. Estamos ante el retrato de dos almas heridas en busca de consuelo: él, consumido por el sentimiento de culpa al sentirse atraído por una menor -el porte y el encanto de su figura juega un estremecedor pulso con sus aspectos más sórdidos, como la escena con la ropa interior de Melanie- y ella, porque, en un mundo en el que la belleza física parece estar por encima de todo, está segura que su sobrepeso es la principal causa para que no se oficialice dicha relación. 

El gran acierto de la obra de Seidl es que -raro en él- nos priva ver lo que sucede entre ambos, si realmente se llega a consumar lo sexual, apagando la cámara estratégicamente en instantes en los que la carga dramática se hace casi insostenible. Para prueba, dos momentos: el de una de las visitas de ella a la consulta del médico, donde ambos se sitúan frente a frente y, muy especialmente, la que es en mi opinión la escena más poderosa de la trilogía: ese abrazo en mitad del bosque, tras una persecución consentida que revela que, lejos de otro tipo de contacto carnal, lo que realmente necesita Melanie es un poco de afecto. Es un abrazo, sí, pero también un puñetazo al estómago, una patada en la boca a una sociedad anclada en los prejuicios, en la que los jóvenes se mofan de los complejos de los más débiles -la escena del intento de violación grabada con el móvil es el firme testimonio de nuestra época-, pero en la que tampoco salen bien parados los adultos: seres que, estigmatizados por la apariencia y la superficialidad, dejan a su rastro dúctiles víctimas obligadas a perderse, a adentrarse en la frondosidad de la jungla -que funciona como refugio a los putrefactos convencionalismos- para sentirse queridas. 

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Presentada en el Festival de Cine de Berlín, Paraíso: Esperanza camufla su gran trasfondo social con un relato que se expresa en los mismos términos de sus predecesoras: planos simétricos -cada una de las escenas de los entrenamientos, por ejemplo, es pura poesía-, planos secuencia y ausencia de música. También sorprende por su gran dosis de honestidad, su compromiso con una realidad que no tiene interés de dulcificar -el cuerpo humano, una vez más, es mostrado tal cual es, con toda su naturalidad e imperfecciones- y por estar rellena de un simbolismo aplastante. Un excelso ejercicio de cine independiente que pone el broche de oro a  una trilogía insólita que, no lo dude, es una de las más ácidas y desoladoras miradas a la civilización occidental jamás filmadas. Al paraíso perdido. 

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