Sospecha

El problema de atesorar una carrera repleta de obras maestras, es que cualquier película que no alcance tal calificativo padecerá el estigma de ser considerada un título menor. Es el caso de Sospecha (1941), cuarto trabajo del periplo estadounidense de Alfred Hitchcock, un producto que de haber sido firmado por otro director quizá no retendría su, a pesar de todo, etiqueta de clásico. Estamos ante un trabajo atípico dentro de su filmografía por varios motivos: en primer lugar, porque el componente de intriga que caracterizó al cineasta británico queda relegado al último tercio, tras un arranque próximo al género de la comedia romántica y una segunda parte dedicada íntegramente al melodrama. Otro rasgo que llama la atención de Sospecha es su convencional desenlace que, por mucho que fuese una imposición de la productora al genio -tal y como él mismo confesó a otro maestro del séptimo arte, François Truffaut, en su libro “El cine según Hitchcock”-, no cumple con las expectativas generadas. Con todo, la cinta contiene varios elementos de interés que la hacen recomendable: por un lado, la presencia de uno de los actores fetiche del director, Cary Grant -en su primera colaboración juntos-; por otro, la inclusión de una de las escenas más logradas de su carrera: la del vaso de leche en las escaleras. 

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Basada en la novela de Anthony Berkeley  -a pesar de que la firmó con el seudónimo de Francis Iles- este thriller arranca en un vagón de tren, donde Johnnie Aysgarth (Grant), un playboy aficionado al juego, conoce a la adinerada heredera Lina McLandlaw (Joan Fontaine, quien volvía a colaborar con Hitchcock un año después de Rebeca). Tras volverse a encontrar tiempo después en una fiesta, ambos terminan casándose, a pesar de la oposición del padre de ella. Lo que parece un matrimonio feliz, irá truncándose por las deudas acumuladas de Aysgarth y, sobre todo, por la sospechas que irán instalándose en la mente de Lina acerca de que su cónyuge pueda ser un asesino y que, realmente, se ha casado con ella por motivos económicos. La película saca toda su artillería a la hora de generar tensión en sus últimos treinta minutos, donde se ponen de manifiesto su tema principal: cómo el hecho de desconfiar hacia alguien es mucho más angustioso que la certeza del propio hecho en sí. La protagonista, a quien el amor retiene al lado de su marido a pesar de ir engrosando evidencias que le apuntan como un homicida, verá puesta en jaque su propia integridad psíquica por este progresivo estado de incertidumbre, por el malsano pensamiento de estar habitando unos muros en los que pervive el mal. El director va envolviendo a su musa en una espiral, en un auténtico descenso a los infiernos que hace presagiar el peor de los finales. 

Aunque no es tan perturbadora como sus grandes títulos, y que lo más destacable de ella son escenas puntuales como la señalada del vaso de leche luminisciente ¿envenenado? -al que Hitchcock ordenó colocar una bombilla en su interior, a fin de reclamar la atención del público hacia dicho objeto- o la del encuentro final entre Lina y la escritora de novelas policíacas -con un impresionante duelo dialéctico- más que como un film, Sospecha debe interpretarse como un juego en el que el espectador debe diseccionar la personalidad del protagonista. ¿Se trata realmente de un psicópata? Toda mirada, gesto o frase en sus labios es una pista con la que estamos llamados a adivinar su verdadera identidad. El director, en este sentido, juega con la culpabilidad o no de dicho truhán. Más allá de esta estimulante misión, auténtico leit movit de la cinta, lo que queda en Sospecha es una gran dirección de actores -a los que Hitchcock consigue exprimir al máximo-, la gran forma en la que sus intérpretes manifiestan el estado psicológico de sus personajes –Fontaine, una actriz especialmente dotada a la hora de transmitir emociones, expresa todo el pozo de angustia y desconcierto en el que se va sumiendo Lina y su gran trabajo de iluminación o de manejo de la cámara, tal y como se evidencia en su escena más mítica.

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Nominada a 3 Oscar -incluyendo mejor película-, Sospecha ganó el de Mejor Actriz para Joan Fontaine -aunque, en mi opinión, su mejor papel siempre fue el de Carta de una desconocida (Max Ophüls, 1948)-. Reconocimientos merecidos para una película que, a pesar de estar a años luz de obras como Psicosis (1960), Los pájaros (1963) o Vértigo (1958), funciona como un estudio de la conducta humana. Potenciada por su frenético tramo final -que la productora obligó a cambiar respecto a la novela original, puesto que no querían que el público asociase a Grant, actor en esta época dedicado a explotar su innegable vis cómica, con un asesino-, el director invoca aquí temas de toda índole: la fidelidad, la angustia, el romance, el humor o la intriga. Su gran problema, insisto, es que éste último elemento -al que debería haberse prestado más atención- no está lo suficientemente explotado. 

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