Pacific Rim

En 2006, la coreana The Host (Bong Joon-ho) homenajeaba a algunas de las grandes películas de terror orientales, con Japón, bajo la legión del monstruo (Inoshirô Honda, 1954) -el nacimiento de Godzilla en la gran pantalla- como máximo referente. Años más tarde, Guillermo del Toro volvía a hacer el mismo ejercicio de retrospectiva en la igual de estimulante Pacific Rim (2013), el proyecto más ambicioso de su carrera. Con 140 millones de € de presupuesto, el octavo largometraje del director mexicano es un tributo a su propia infancia otaku, dedicada a las cintas con monstruo gigante -las denominadas Kaiju Eiga, popularizadas a raíz de la obra maestra de Honda, a quien Del Toro dedica su película-, en las que los combates sin cuartel hacían presagiar el más destructivo de los Apocalipsis. Pacific Rim es un profundo acto de amor a todos estos productos, muchos de serie B, que ayudaron a configurar su personalidad como futuro cineasta. La prueba más notoria de dicho tributo es que las gigantescas criaturas de armamento metálico y pesado que desfilan por este blockbuster inteligente reciben también el nombre de Kaiju. 

PACIFIC RIM

La historia va directa a la yugular desde el primer minuto, cuando de lo más insondable del océano emergen unas enormes criaturas que empiezan a destruir todo a su paso. Vista la amenaza, la comunidad internacional decide contraatacar con un programa de robots igual de gigantes -los llamados Jaegers-, dando pie a una mastodóntica lucha en la que la propia supervivencia de la Humanidad no está garantizada. A pesar de que está prácticamente vacía de trascendentalismo -su gran virtud es que nunca se toma en serio a sí misma-, llama la atención en Pacific Rim su mensaje de la unión hace la fuerza: como si Del Toro, co-guionista junto al autor de la historia original Travis Beacham, quisiese transmitir un manifiesto del valor de la unión en una época convulsa; como si todas y cada una de las bestias que emergen de las profundidades del mar hubiesen sido provocadas por la mano del hombre. Con todo, y salvando este mensaje ecologista, lo que numantinamente persigue la obra es dar prioridad al entretenimiento. Crea para ello Del Toro un universo con entidad propia, rico, definido; un enclave futurista en el que es fácil penetrar, perderse. Alimento para el niño que todos llevamos dentro, la película es una continua sucesión de piruetas de monstruos tejido por las manos de quien profesa una admiración infinita por la ciencia ficción -tal y como demostró en su otra película con bicho gigante: Mimic (1997).

A lo largo de más de dos horas, Del Toro se las ingenia para no aburrir, y eso que el factor sorpresa se diluye en sus primeros compases, una vez vista la primera batalla. Y lo consigue dándole al público exactamente lo que pide: efectos especiales a tutiplén, escenas de lucha grandiosas -lastradas, eso sí, por la manía del director de desarrollaras en la nocturnidad, privando de ver con claridad todos y cada no de sus movimientos- y una puesta en escena tan lograda con insólita en el cine, algo que compensa los estereotipados de los personajes. El fragmento de la batalla en Hong Kong, por ejemplo, es una buena muestra de la capacidad de Del Toro por crear escenas potentes, épicas. Con todo, es una lástima que el factor humano esté tan desaprovechado: la amenaza, antes señalada, de una posible extinción de la raza humana no se llega a sentir al cien por cien, algo que se hubiese reparado de prestar más atención a los primeros planos de las personas o, por ejemplo, introduciendo algún episodio familiar con el que empatizar. El mexicano lo compensa con un despliegue visual de primer orden, su gran diseño de toda la parafernalia tecnológica y, muy especialmente, su gran labor en los efectos de sonido, imprescindibles para transmitir los engranajes y la furia desmedida de las criaturas.

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Previsible y algo farragosa en alguno de sus capítulos -tanta lucha, para los que no están acostumbrados, puede llegar a saturar-, Pacific Rim podría haber sido más sangrienta y destructiva de no haberse dejado arrastrar por la vía del cine familiar, con ración de humor incluida. El resultado, que nos mantiene embobados de principio a fin, cumple lo que se propone: ser la película que -como a Guillermo del Toro- a todos nos hubiese gustado ver siendo niños.

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