Paraíso: Fe

Todavía me pregunto por qué Paraíso: Fe (2012), la segunda parte de la trilogía pergeñada por el cineasta austriaco Ulrich Seidl, ha levantado tantas ampollas en los Festivales donde se ha proyectado. Un servidor suponía que, a estas alturas de la película, los críticos estaban adiestrados para el riesgo, la transgresión y, por qué no decirlo, para la polémica. Aunque la respuesta del film fue mayoritariamente positiva -con el Premio Especial del Jurado en Venecia como máximo reconocimiento-, algunos lo atacaron haciendo alusión a sus ganas de provocar. La pregunta es: ¿desde cuándo esto es un defecto? Al igual que Paraíso: Amor, la película que abre la veda a un tríptico tan políticamente incorrecto como hiperrealista, Paraíso: Fe está confeccionada para sacudir al público. Para revolverlo en su asiento. Está dotada con la potencia suficiente para que no podamos apartar la vista de ella a lo largo de sus dos horas; quizá por la congénita curiosidad vouyerista del ser humano. O, hablando en plata, su propensión innata al morbo. En una época en la que estamos cansados de que el cine dulcifique la realidad, que el trabajo de montaje desvirtúe el significado final de una obra o que exista a quien le falte agallas para abordar según qué asuntos, se agradece -y mucho- una película que se exprese de forma clara y contundente sobre un tema tan espinoso.

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Si en la primera entrega una mujer intentaba encontrar la felicidad -y una cura a su recalcitrante soledad- a través de una vía tan inusual como la del turismo sexual por África, esta segunda parte también nos habla de otra fémina -su hermana- que persigue el mismo fin -o fines-. Annamaria (una espléndida Maria Hofstatter) es una técnico de radiología que aprovecha sus vacaciones para ir contagiando a la gente de su ferviente fe católica, de su amor supremo -y malsano- a Dios. La mujer consume sus días reprimiendo su voluntad a favor de la del Santo Padre, a quien le dedica cantos y rezos constantes. Un día, su vida dará un vuelco inesperado con la irrupción en su casa de su ex marido (el debutante Nabil Saleh), un musulmán inválido a raíz de un accidente por el cual Annamaria siempre ha estado agradecida, pues gracias a él descubrió la fe. Su escena inicial, en la que vemos a la protagonista sin sujetador autoflagelándose de rodillas ante un crucifijo, es toda una declaración de intenciones; minutos que, además de volver a poner de manifiesto el gusto del director por el desnudo de un cuerpo humano imperfecto -lo erótico, una vez más, recorre su obra-, nos advierten que el ejercicio que se avecina no es apto para estómagos sensibles. Aunque haya quien tache algunas escenas de innecesariamente dilatadas, conviene replicarles que la vida real es así. Es decir: si alguien pasa más de un minuto dándose latigazos en la espalda, maltratándose ante un símbolo religioso, se nos tiene que mostrar tal cual. Con toda su crudeza. Basta ya de (falsos) trucos de realización.

A esta impactante primera escena le sigue un fragmento de media hora que, sin apenas diálogo, psicoanaliza a la protagonista de forma magistral. Desde su anodina casa -grisácea e insípida-, hasta su forma de vestir -desfasada y hortera-: todo vale para reflejar la personalidad de alguien que vive en represión constante del deseo; un principio al que le obliga un Credo que, lejos de hacerla mejor persona, la irá deshumanizando hasta convertirla en un auténtico monstruo. Así se explican escenas en las que se deshace de la silla del ruedas de su ex compañero sentimental o la forma tan miserable de encerrarlo en el pasillo. Una actitud, dicho sea de paso, muy alejada de la solidaridad y amor hacia el prójimo que, de forma hipócrita, asegura hacer gala la religión que profesa. Annamaria es capaz de patearse la ciudad hasta altas horas de la noche, desafiar al clima o de malgastar sus pies llamando puerta con puerta para intentar convertir a la gente -dilapidando una norma básica: la opción del libre albedrío-, pero incapaz de tratar con un mínimo de afecto el que ha sido su marido enfermo, más allá de un corte de uñas o de prepararle una cena ligera. Un hombre, por otra parte, que tampoco es ningún modelo a seguir y que el hecho de profesar un Credo diferente al de su ex no es un detalle casual. Metáfora del poder destructivo de las religiones, la cinta habla de cómo éstas nos hacen peores personas, menos sensibles y patéticos. Tan patéticos hasta el punto de poder protagonizar escenas de tal vergüenza ajena como la del intento de conversión de un ruso en calzoncillos con claro síndrome de Diógenes, a quien Annamaria obliga a arrodillarse a pesar de que su salud se lo impide.

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Jugando con el fuera de campo, la imagen fija, los planos secuencias y, en definitiva, presumiendo de una sequedad formal brutal, Seidl penetra en esta coproducción entre Austria, Suiza, Francia y Alemania en los recovecos más lúgubres de la fe. No teme capturar la falsa moral del fariseo, el vivo reflejo de una religión que lleva el estigma de la doble moral a sus espaldas, grabado a fuego desde sus inicios. Cinta poliédrica por la multitud de capas que la envuelven y concienzudamente opresiva por el hecho de convertir a la casa de la protagonista en un personaje más del film, Paraíso: Fe es, ante todo, una película terrorífica. Por mucho de que se nos escape alguna carcajada -la escena del crucifijo, de reminiscencias a El exorcista (William Friedkin, 1973)-, lo que aquí se nos cuenta da miedo: no estamos hablando de una mujer que vive según las convicciones de su fe, sino la forma de anteponer ésta a su propia dignidad. El cine, en suma, como maquinaria para ilustrar la miseria humana más crepuscular. 

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