Cuando ruge la marabunta

Una de las razones por las que Cuando ruge la marabunta (Byron Haskin, 1954) ocupa un lugar destacado en la Historia del Cine es porque con ella se inició formalmente el género de catástrofes, el cual viviría una edad de oro en Hollywood de los años 70. Pero lo cierto es que, la que es considerada pionera de todas las películas de pandemias, tiene más de melodrama romántico que de cine de aventuras en sí. Más allá de esa plaga de hormigas caníbales que amenazan con arrasarlo todo -y que, en contra de lo esperado, sólo ocupan el último tercio del film-, lo que más peso tiene en la película es el cara a cara entre dos actores que se encontraban no sólo en el cénit de su belleza física sino también en su mejor etapa profesional: un atractivo Charlton Heston y la igualmente seductora Eleanor Parker, ésta última crecida por el excelente diseño del vestuario del film. Ambos titanes interpretativos nos regalan un portentoso cruce de puntos de vista que ocupan los primeros 45 minutos, en los que quedan perfectamente definidos sus roles -él, un machista y misógino; ella, dulce y flamígera-.

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Basada en el relato corto de Carl Stephenson Leiningen contra las hormigas, la trama de Cuando ruge la marabunta versa en torno a un terrateniente, Christopher Leiningen, que decide casarse con una mujer a la que no conoce con el fin de que le de un hijo que en un futuro pueda heredar su hacienda. Sin embargo, la convivencia con su esposa (Eleanor Parker) no será fácil: por un lado, a ella le resulta casi insoportable aguantar la brutalidad de él y, por otro, por la reacción de Christopher cuando se entere de que ésta es viuda, algo que va en contra de los principios de un hombre al que los objetos le gustan por estrenar. Su constante e incendiario tira y afloja se verá interrumpido por la imparable plaga de hormigas asesinas dispuestas a arrasar lo que al protagonista tantos años le ha costado construir. En su última media hora, la cinta muta del drama romántico al cine de catástrofes, aunque el resultado final esté más próximo al cine B que al de una superproducción: la amenaza de los formícidos, más cerca de la caricatura que de lo real, queda reducida a unos escasos planos más o menos logrados -y repetitivos-… y poco más. Con todo, lo más destacable de este último tramo es la intercesión del productor de la cinta, George Pal -el futuro director de la película de ciencia ficción El tiempo en sus manos (1960), ganadora del Oscar a los Mejores Efectos Especiales-, que, como solía ser costumbre en la época, tuvo el mismo peso, o incluso más, que el propio director. A él se debe el gran uso del technicolor, el logrado diseño de los escenarios y los propios efectos visuales de un tramo de gran consistencia dramática.

Pero por encima del duelo de personalidades entre Heston y Parker, lo que subyace en Cuando ruge la marabunta es un rotundo mensaje ecologista. Intemporal en este apartado, la película podría interpretarse como la venganza que la madre naturaleza lleva a cabo sobre la mano del hombre, contra el poder destructivo del ser humano. Es el caso de Leiningen, quien ha manejado a su antojo toda su vida el exótico paisaje donde ha ido construyendo su imperio, especialmente a la hora de forzar el río para regar sus tierras. Con la amenaza de una naturaleza que hace peligrar su enclave de colonialismo se vislumbra una ácida crítica a la manipulación interesada de un territorio tan salvaje e indómito como la jungla. Junto a esta vertiente metafórica, lo que también se pega a la memoria del film es que, a todas luces, es hijo de la ideología de la época. Década de recalcitrante conservadurismo, en los años 50 era frecuente encontrar gente como el protagonista, capaz de interpretar la castidad como una virtud -no olvidemos que éste se desilusiona con su esposa por su viudez, a lo que ella responde irónica que “un piano suena mejor cuando ya se he estrenado”-, o el segundo plano en el que quedaban relegadas las mujeres y los propios aborígenes, que ocupan un lugar de indiferencia al lado de la -falsa- supremacía del hombre blanco.

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Una película que, sin llegar a ser una obra maestra, el paso de tiempo la ha convertido en un clásico del cine de aventuras. Aunque, repitamos, de ésto tiene más bien poco. Quedémonos con su espectacular último cuarto de hora -donde se saca el máximo partido a sus efectos especiales, hoy algo desfasados-, sus diálogos inicialesy la forma que tiene de ir moldeándose la enfermiza relación de sus protagonistas. Acostumbrado a pedir concisión a las películas, en esta ocasión me chirría un final bastante precipitado, como si el director hubiese querido comprimir en 90 minutos una obra que habría absorbido, sin ningún problema, media hora más. La marabunta, entonces, sí que habría terminado de rugir. 

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