Hasta la vista

Tras el estreno de Mi pie izquierdo (Jim Sheridan, 1989), varias han sido las películas europeas que han abordado, desde una u otra perspectiva, el tema de la discapacidad. A la lista engrosada por la magistral Mar Adentro (Alejandro Amenábar, 2005), la muy comprometida Las sesiones (Ben Lewin, 2012) o el fenómeno de masas de Intocable (Olivier Nakache & Eric Toledano, 2011), convendría añadir Hasta la vista (Geoffrey Enthoven, 2011). Basada en la historia real del discapacitado Asta Philpot, quien en 2006 perdió la virginidad en un prostíbulo español con acceso para silla de ruedas, esta película belga comparte línea argumental con la de Lewin. Como aquella, aquí se nos recuerda que las personas con algún tipo de deficiencia psíquica o física tienen el mismo derecho y la misma necesidad de aquellos que no la padecen de satisfacer sus necesidades sexuales. Un tema arriesgado que se resuelve de forma notable: desde la forma en la que el director nos da la clave temática del film en la primera escena-con esa cámara recreándose en los pechos de las mujeres por la playa- hasta la desgarradora escena final, Hasta la vista sorprende por su pureza expositiva y su sensibilidad.

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Los veintañeros protagonistas de la primera película que Enthoven estrena en España -a pesar de ser la quinta de su filmografía- son Lars (Gilles de Schryver), un parapléjico; Philip (Robrecht Vanden Thoren), un afectado por parálisis cerebral y con cáncer y, por último, Josef (Tom Audenaert), un ciego. Los tres tienen dos aficiones en común: el vino y las mujeres. Así, con la excusa de hacer un itinerario enológico, viajan a España con la intención de perder la virginidad. Por encima de su cuestión matriz -todo el mundo merece una vida sexual digna- lo que al final se termina imponiendo es el retrato psicológico que se hace de los personajes. Resulta que la película va desnudando a tres seres que están solos y, en esta ruta en la que se enfrascan, su objetivo inicial quedará relegado a un segundo plano cuando se imponga el reforzamiento de la amistad, la ilusión florecida al conocer gente nueva, la madurez -cuando descubran que su cuidadora, con sus kilos de más, es algo más que un objeto sexual- o el propio placer de un recorrido lleno de vino, comida o la travesía de descubrirse a sí mismo. En definitiva, de buenos momentos. El cine, una vez más, como metáfora de la vida: a veces estamos tan enfrascados en el objetivo a perseguir, que olvidamos todas las satisfacciones que nos proporciona el camino. El propio trayecto vital puede ser más enriquecedor que el fin último en sí. 

Ganadora de la Espiga de Oro en la Seminci vallisoletana, esta maraña de sentimientos de toda índole -encontrados, despiertos, dormidos- nos regala tres roles que son un ejemplo de superación, la constatación de que en la vida nunca hay que detenerse. Cierto es que su sensación de soledad se hubiera traspasado mejor al público de contar con una banda sonora más profunda y enfática, o que el empeño del director de no distraer al personal con escenas de sexo o su empecinada desdramatización de como resultado un film más ligero de lo que cabría esperar a juzgar por su espesor temático -no habría venido de más alguna que otra escena subida de tono-, pero la sensación que deja esta apítica road movie es más que satisfactoria. La exposición de sus hechos, aunque no lo suficientemente transgresora y sujeta al canon de lo políticamente correcto, es fresca y original, y lo que al final queda es un film que se ve sin problemas, a lo que se suma la -excesiva- sutileza de su máximo responsable con los temas aquí planteados, como revela el hecho de introducir humor en medio de una situación tan poco idílica. Al fin y al cabo, los problemas que pueden padecer los discapacitados -como el despertar hormonal de la juventud- no son muy diferentes a las personas que ni son ciegas, ni tienen ningún tipo de inmovilidad, y éstos problemas están reflejados aquí con seriedad y tacto infinito. La película normaliza la situación de estos seres humanos: esa es la clave de su éxito.

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“¡Qué se jodan los médicos!”. El canto al unísono en el tramo final de una película que parece hecha para conquistar -como finalmente ocurrió- los festivales internacionales, es también el grito de guerra de unos seres dispuestos a vivir según sus propias convicciones, que han optado por no consumir sus días esperando el próximo parte facultativo y que, sobre todo, han descubierto que la amistad está por encima de cualquier traba física o circunstancia personal. ¿Cómo llaman a eso ahora? Ah, sí. Unos cracks.

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