3 bodas de más

Resulta interesante comprobar cómo Javier Ruiz Caldera, con tan sólo tres películas en su haber, se ha ido labrando una de las filmografías más sólidas y estimulantes de la comedia española reciente, convirtiéndose en un valor seguro del género. Tras sus comienzos como cortometrajista, el director catalán sorprendía con la incomprendida Spanish Movie (2005), excelsa parodia del cine español; se crecía en la gran Promoción fantasma (2012) y, por último, asesta el definitivo golpe de efecto con la que supone un considerable ascenso de calidad -y madurez- respecto a las ya citadas: 3 bodas de más (2013), donde vuelve a sintetizar en hora y media un cúmulo vertiginoso de chistosas situaciones. Encargada de inaugurar el Festival de Cine Europeo de Sevilla y escrita por Pablo Alén y Breixo Corral traspasando el espíritu de la comedia USA más irreverente (la sombra de los Farrylly es alargada), cumple con creces lo que se propone: ser graciosa de principio a fin -con sorpresa en los títulos de crédito finales incluida-. 

Madrid, Espa–a. 22/10/2011. Retrato del actor Maxi Iglesias.

Ruth (Inma Cuesta, que se gradúa Honoris Causa en la comedia con este trabajo), es una bióloga marina poco afortunada en el amor de reminiscencias a Bridget Jones que se enfrenta a un difícil tesitura: acudir a las bodas de tres de sus ex. Incapaz de decir que no, la joven investigadora convencerá a Dani (Martiño Rivas), su becario, para que la acompañe, aunque las consecuencias de cada uno de los enlaces serán de lo más inesperadas. Ruiz Caldera sorprende por la forma con la que maneja los tonos en cada una de las bodas, radicalmente diferentes entre sí. Así, asistimos a una celebración ibicenca al más puro estilo hippie, a un enlace en un pueblo de la España profunda hasta, por último, a una ceremonia en una Iglesia convencional de un pijo extravagante (Berto Romero); el director cambia el tono, pero no el estilo: 3 bodas de más sabe mantenerse muy bien entre lo romántico y lo gamberro, entre lo sutil y el disparate, entre lo entrañable y lo simplemente salvaje. Políticamente incorrecta, este ejercicio de evasión puro y duro combina los gags ingeniosos -la mayoría- con otros menos afortunados. Entre los primeros encontramos los latigazos verbales de una insuperable Rossy de Palma a una mujer mayor en los vestuarios del gimnasio -o incluso a su propia hija en su casa, en una escena absolutamente desternillante- o la forma en la que el personaje de Berto Romero (que recita las líneas de guión más logradas) invita a su ex novia Ruth a su boda.

A pesar de que corre el riesgo de ser malinterpretada por su promoción -no, no es una película sin cerebro: todo lo contrario-, la realidad es que es un film inteligente en el que, de ponernos serios, subyace un relato de heroísmo y supervivencia en medio del infortunio constante. Eso, unido a su tono de mala uva y sus constantes ganas de incomodar -como explicarían las satíricas escenas en el pueblo-, la distancian del resto. Con todo, no es ésta la máxima aspiración de un film cuyo eje vertebrador es el dislate más absoluto y su única pretensión la búsqueda permanente de la carcajada. Todo ello con la garantía de estar respaldada por un autor que no da gato por liebre y que sabe lo que está haciendo: dilapidando la sintaxis convencional, a través de su original estructura y desarrollo, en 3 bodas de más se puede hablar de bukkakes y orgías y que el resultado final quede fino, incluso elegante. Ese es el gran mérito de un director que, apoyado en un impecable apartado visual y un vertiginoso trabajo de montaje que impide el aburrimiento, sólo pide a su público una cosa: que se vuelva a enfrentar a su cine sin prejuicios ni complejos, únicamente con ganas de disfrutar. De pasarlo bien. Que exista quien tache algunas de las líneas de guión de su obra de vulgares o zafias no parece importarle lo más mínimo a un cineasta que sabe que está por encima de todo eso. Y, qué carajos, que tampoco hace películas para ellos.

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Irreverente y sofisticada, 3 bodas de más es una película llena de color, de fiesta e, incluso, alguna que otra mueca melancólica. Su hora y media se consume a velocidad de vértigo gracias a su fluidez narrativa y la chispa de sus situaciones. Una cinta fresca que mezcla el influjo de la comedia norteamericana de los últimos años -no es caprichosa la permanente inclusión de canciones del otro lado del charco, como Carrie de Europe- con el tono clásico de un director que lanza guiños a maestros como Howard Hawks o Billy Wilde que peca, eso sí, de algunas licencias a la risa fácil o el hecho de que pueda provocar cierto empacho sus instantes surrealistas. Pero, en líneas generales, supone una garantía de buen entretenimiento de un creador del que se vaticinan obras tan importantes y con tanto alma como ésta. 

 

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