Paraíso: Amor

Me consta que algunos críticos han arremetido contra Paraíso: Amor (Ulrich Seidl, 2012) esgrimiendo que les provoca náuseas, ganas de vomitar; que es un film tan desagradable que su sensación de hastío es infinita. Desde mi punto de vista, este es el precio que hay que pagar si se quiere conocer la realidad tal cual es. ¿O acaso alguien espera, salvando las distancias, visitar los campos de concentración de Auschwitz -la única forma de ser plenamente conscientes de la dimensión de la tragedia- y salir emocionalmente indemne de semejante lance? Las arcadas son algo intrínseco al hecho de mostrar la vida tal cual es; algunas veces dulce y liviana; otras, en cambio, dura, tan salvaje como un puñetazo en el estómago. Si el ilustrar asuntos tan espinosos como los que desfilan por esta primera parte del tríptico rematado por Paraíso: Fe y Paraíso: Esperanza -las tres estrenadas a la vez en festivales como Venecia o Cannes, algo histórico-, con la máxima fidelidad de la que alguien es capaz hiere la sensibilidad del espectador sólo puede significar una cosa: el triunfo de su director. Lo más llamativo es que Seidl no se muestra tremendista en ningún momento de esas dos horas que dura la impúdica travesía sexual de una austríaca de tercera edad en las paradisíacas playas de Kenia: el cineasta deja que la cámara capture el drama de la situación y, aséptico, decide que sea el público el que emita su veredicto. 

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Película arriesgada y contemporánea -el triste fenómeno del que habla, el de las denominadas Sugar mamas que viajan a Kenia para pagar a unos jóvenes africanos, los Beach boys, que se dejan arrastrar porque en la inmensidad de la miseria no existe la libertad, está en auge-, Paraíso: Amor es también una obra dura. Y, en algunos de sus pasajes, durísima. No ya tanto por los temas que trata -el sometimiento que el hombre blanco ejerce sobre el tercer mundo; el aprisionamiento del capitalismo a las clases más desfavorecidas; su estudio sobre la dignidad o el debate que plantea acerca de los límites morales-, sino por la aplastante naturalidad con la que los aborda. Este inquietante contraste entre el primer y el tercer mundo o, lo que viene a ser lo mismo, entre el resort de lujo donde se hospeda la protagonista y la paupérrima y atribulada existencia de estos improvisados guías turísticos -o la del propio país, con unas condiciones escolares que traspasa lo inhumano, aunque a su vez escenas como las de la instrumentación étnica de sus artistas supongan un deleite, puro arte para el oyente-, está filmada a través de un gusto inherente por el plano fijo. Como si Seidl mostrase un escenario y dejase a sus personajes, estos dos extremos, que se desenvuelvan tal y como sucede en el mundo real. 

¿Que algunas escenas son incómodas e incluso desagradables de ver? Por supuesto. ¿Que hay momentos en los que incluso te tienes que retorcer en el asiento, incapaz de soportar el grado de humillación al que se someten a estos jóvenes africanos a golpe de talonario -véase la celebración del cumpleaños de Teresa-? También. Pero todo son extractos de la realidad. Y, como en ella, la corporalidad juega un papel determinante: los cuerpos de las mujeres que viajan hasta allí no son perfectos, ni están sujetos a un canon de belleza determinado. Son mujeres, en su mayoría, alejadas a lo que constantemente nos venden los medios de comunicación. En efecto, en esta búsqueda de la vida misma que se propone el autor juega un papel determinante, junto al hecho de rodar en los mismo escenarios donde se ambienta la acción, el físico de su protagonista, un personaje diseccionado a fondo, con una alarmante soledad y una urgente necesidad de afecto como principales patologías; un alma herida que le confiesa a sus amigas que sueña con ser acariciada con ternura que se dará de bruces cuando compruebe que ha viajado al territorio menos indicado: a un truculento escenario donde las ganas por llevarse un trozo de pan a la boca o el poder tener un colchón donde dormir han desplazado el sentimiento afectivo a un segundo plano. En el plano técnico, el director parece convertir a su actriz principal en su musa, proporcionándole unos encuadres que, más que fotogramas, parecen lienzos. Para prueba basta observar el instante en el que aparece recostada en la cama de una de sus conquistas, cubierta por una improvisada cortina de tela azul; un instante tan poderoso, tan lleno de simbolismo -presente en todo el film, también en su escena final: donde protagonista y lugareños se cruzan sin más-, que incluso fue escogido para el cartel promocional de un film que deja un infinito poso amargo. 

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Concebida al principio como una sola película, el director acertó al estructurar finalmente en 3 largometrajes estas aventuras de 3 mujeres de una misma familia; en lugar de un puñado de historias entrecruzadas que distorsionaran el resultado final de cada una de ellas, Seidl optó por separarlas, dando a cada una la importancia que merecen. El resultado de esta primera parte, una aventura kamikaze de la que su máximo responsable salió sin el menor rasguño -al contrario: demostró que otro tipo de cine es posible-, es una estimulante amalgama entre ficción y documental que conviene observar bajo la lupa. Sólo así seremos partícipes de su infinita, sobrecogedora tristeza. Y claro que nos dará náuseas: pero nadie dijo que la vida fuese de color de rosa. 

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