15 días contigo

A veces, las historias más sencillas son las que más conmueven. He aquí un relato cuyo argumento podría resumirse en una frase pero que, sin embargo, encierra toneladas de emoción. Tras su trayectoria como cortometrajista y realizador televisivo, el director sevillano Jesús Ponce debutó en el largo con 15 días contigo (2005), una película modesta en su presupuesto a la que no le hacen falta grandes algarabías para instalarse en nuestras mentes y llamar a la reflexión. La opera prima de Ponce está protagonizada por dos almas solitarias que intentan buscar su hueco en la vida: Isabel (Isabel Ampudia), quien acaba de salir de la cárcel con la intención de no volver a quedar privada de libertad y Rufo (Sebastián Haro), un viejo amigo toxicómano que sobrevive en la indigencia. Aunque sabe que no es la mejor compañía, Isabel ve en él todo lo que en ese momento necesita: cariño, comprensión y la seguridad de que Rufo, como ser avezado en la vida de la calle, le dará las claves para en un odisea que, dicen, es la mejor escuela aunque, al mismo tiempo, la más dura. De la mano de este ser excluido de la sociedad aprenderá lo que es ganarse la vida día a día, haciendo frente a la indiferencia del ciudadano de a pie y a un sin fin de obstáculos.  

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Uno de los puntos fuertes de esta película a reivindicar del cine español es cómo va tejiendo la relación entre sus protagonistas, hasta el punto de alcanzar una simbiosis que, por su propia naturaleza, es la crónica de una tragedia anunciada. De todas formas, más que el desenlace lo que importa es lo que sucede en el trayecto: las visitas al cine, los besos o la escena del picnic, por ejemplo, destilan esperanza por los cuatro costados; instantes que sepultan en la medida de lo posible la difícil circunstancia personal de Isabel en pro del sentimiento inabarcable hacia el que se termina convirtiendo en su salvador: físico y espiritual. La historia de estos desamparados nos llega al corazón porque nos recuerda que no hace falta irse a los suburbios de las ciudades para hablar de miseria: basta con molestarse a mirar en nuestro entorno más próximo para interiorizar que la realidad ilustrada en 15 días contigo es más común de lo que pensamos. Ponce se muestra constantemente empecinado en mostrar la verdad, sin dobleces ni artimañas: cada uno de sus fotogramas exhala por sus poros la palabra autenticidad, nos transmite la sensación de que perfectamente podrían estar hablando de ese mismo vagabundo que hemos visto esta tarde al ir a comprar el pan. Aquí los personajes, que el director novel y también guionista muestra a corazón abierto, duermen en el suelo, lloran y ríen de una forma que nos turba y enternece; algo que no habría sido posible de no contar con dos actores como Ampudia, habitual en las películas españolas de corte independiente –La espalda de Dios (Pablo Llorca, 2001) o Los novios búlgaros (Eloy de la Iglesia, 2003)- y Haro, que sale airoso de un rol lleno de aristas y nada fácil de interpretar.

Fábula acerca del miedo, de la soledad, de la esperanza y, lo más importante, del amor, 15 días contigo bien podría haber sido dirigida por Fernando León de Aranoa, el especialista por antonomasia del cine social en nuestro país, por la delicadeza y el tacto con el que se exponen y desarrollan los hechos. Su tono minimalista y su depurada duración también juegan a favor de una historia que pone sobre la mesa un tema tan intemporal como la dura reinserción de los ex presidarios en la vida civil. Y lo hace sin apelar constantemente al lloriqueo, aunque algunos fragmentos impresionan por su carga sentimental -como su, por otra parte, esperado desenlace-. Otro aspecto positivo es que Ponce, dentro de esa riada hiperrealista, no pretende convertir en héroes a sus personajes -aunque cualquiera que soporte esas condiciones de vida más de dos días seguidos lo sea-, sino que los muestra con sus defectos, aunque quizá sea más correcto decir con su enfermedad. Y, aún así, son seres admirables. 

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Con ajustados recursos técnicos, el director de esta injustamente desconocida 15 días contigo abastece su obra de instantes tan subrayables como el monólogo final del personaje femenino o las lágrimas que derrama en el portal, instante en el que no parece haber consuelo alguno. Una historia que puede que no innove en sus formas y que diste de ser exquisita en el plano audiovisual, pero que cumple su cometido con grandes dosis de honestidad: hablar de la lucha por sobrevivir, física y emocionalmente, entre cartones, el frío y la insalubridad. Si eso no es ser un héroe, se le acerca. 

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