Un pez llamado Wanda

Soy de los que piensan que la comedia siempre ha sido considerada un género menor por los Académicos, los cuales nunca han podido evitar mirarla con recelo. De ahí la importancia de Un pez llamado Wanda (Charles Crichton, 1988), ya que quizá sea la primera comedia de la contemporaneidad que contó con el beneplácito generalizado de la crítica. Clásico indiscutible del género, el éxito de público de la obra que supuso el retorno al celuloide de Crichton desde la semidesconocida Cabalgando sobre un tigre (1965) -fue el film más beneficiado por la campaña de marketing más poderosa jamás inventada: el boca a boca, multiplicándose su presencia en las salas con el paso de las semanas y llegando a ostentar el nº1 de taquilla-, reside en varios factores. En primer lugar, en un guión que es un alud de instantes originales y situaciones disparatadas. El libreto, escrito por el ex Monty Phyton John Cleese -felizmente recuperado también como actor, junto a su compañero de este grupo británico de humoristas que satirizaba la idiosincrasia del país de las décadas de los 60 y 70, Michael Palin-, alumbra una continua sucesión de gags, cada cual más gracioso que el anterior, configurando un engranaje perfecto a la hora de producir la carcajada.

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La historia versa a un grupo de atracadores que, tras salir airosos del robo de una joyería londinense, planean recuperar el botín. El problema es que George (Tom Georgeson), el jefe de la banda y el único que conoce el escondite de las joyas, ha sido arrestado. Los demás integrantes -la seductora Wanda (Jamie Lee Curtis), el extravagante psicópata Otto (Kevin Kline, ganador del Oscar por este papel) y Ken (Michael Palin), un tartamudo aficionado a los peces exóticos- se las ingeniarán para conseguir las joyas en base a traiciones y conspiraciones con la peculiaridad, qué duda cabe, de que nada saldrá como estaba previsto. Junto a la ocurrencia de su guión, el otro factor que contribuyó a hacer de Un pez llamado Wanda un triunfo en las salas fue su inmejorable reparto: a los ya citados, se sumó una Jamie Lee Curtis que demostró que era algo más que la reina del grito gracias a las películas de terror que protagonizó en la década de los 70 y principios de los 80, como La noche de Halloween (1978) o La niebla (1980), ambas de John Carpenter. A pesar de que participó anteriormente en la también estimable Entre pillos anda el juego (John Landis, 1983), es aquí donde la actriz demuestra todo su potencial para un género en el que parece moverse -valga el chiste fácil- como pez en el agua: sus intentos para seducir al abogado defensor de George, sin ir más lejos, están grabados a fuego en la historia de la comedia USA.

Además de sacar provecho de sus 4 portentosos actores, Crichton los dirige de forma ejemplar. El resultado es una película fresca, increíblemente ágil, plagada de momentos francamente desternillantes. Ridiculizando los prototipos de la figura del gángster para producir gracia, con cierto ánimo también de capturar la disparidad cultural entre estadounidenses e ingleses -sin llegar a ser virulenta, tan sólo mordaz-, la obra crea situaciones tan cómicas como los intentos de Ken por fulminar a una anciana que puede dar al traste con sus planes, la del striptease del personaje de John Cleese y la posterior visita de los dueños de la casa o la del aeropuerto final, absolutamente insuperable. Quizá fuesen alguno de estos instantes, deudores del subgénero del slapstick, los que, según narra la leyenda -o el marketing-, ocasionaron la muerte del otorrinolaringólogo danés Ole Bentzen, quien murió de un ataque de risa viendo la película: su corazón, dicen, alcanzó un ritmo de 250 a 500 latidos por minuto. 

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Un pez llamado Wanda sorprendió porque era una película refractaria a las comedias de la época; la mayoría llevaban implícita la fecha de caducidad o eran autoconscientes de su propia estupidez. He aquí un trabajo que décadas después de su estreno sigue sorprendiendo por su energía y su generosa ración de humor, tan intemporal como delirante. Lo opuesto también a Criaturas feroces (Fred Schepisi & Robert Young, 1997), la poco afortunada secuela que interpretó el mismo cast de la original. La que hoy nos ocupa es una cinta que creó escuela, demostrando que se podían crear situaciones surrealistas sin que quedasen forzadas ni ridículas. Eso sí: si se dispone a disfrutarla pida cita con su cardiólogo… nunca se sabe lo que puede pasar. 

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