Yo soy la Juani

Si por algo destacó siempre Bigas Luna fue por su libertad creativa, por el soplo de aire fresco del que dotaba a cada una de sus películas. Mejores o peores, pero siempre con su particular sello grabado a fuego. En Yo soy la juani (2007), la penúltima obra de su filmografía -rematada por Didi Hollywood (2010), una fallida continuación a esta historia de chica de extrarradio que sueña con triunfar como actriz-, se repiten estas constantes, con la peculiaridad añadida de que estuvo precedida de una de las campañas de marketing del cine español más poderosas hasta la fecha. Si las expectativas generadas se cumplieron constituye uno de los más encendidos debates dentro incluso de los propios seguidores del cineasta catalán: por un lado, están los que esgrimen que Yo soy la Juani no es más que una crónica vulgar, soez y prototípica de un fragmento de la juventud; por otra, los que ven en ella una inteligente forma de diseccionar y satirizar un estrato social -la periferia- al que muchos autores han tenido miedo de hincar el diente. En realidad, aunque se deje deslizar por el tópico, me posiciono dentro del segundo grupo: el poderoso retrato de la superación personal que nos regala un director que destacó siempre entre la miríada de realizadores españoles no debe quedar relegado a un segundo plano en su singular, atípica carrera. 

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Nos guste o no nos guste, sea más o menos fiel a la realidad, la sociedad de la que habla la película existe, y negarlo sería hipocresía. Al frente de la historia, su nueva musa ibérica: La Juani. Una mujer valiente, luchadora, enérgica, malhablada y segura de sí misma interpretada por Verónica Echegui, la gran apuesta del mismo realizador que descubrió a Penélope Cruz, Javier Bardem o Jordi Mollá. La intérprete, que llegó a la película tras un exhaustivo casting al que se presentaron más de 3.000 aspirantes, se mete en la piel de una adolescente de extrarradio que trabaja de cajera y cuya vida transcurre entre los coches tuneados, el hip hop, las carreras ilegales, los mensajes de móvil y, por su puesto, su novio (Dani Martín, visto previamente en Sin vergüenza (Joaquín Oristrell, 2001) o I Love you baby (David Menkes & Alfonso Albacete, 2001), con el que lleva saliendo desde los 15 años. Cansada de sus infidelidades y hastiada también de su problemático entorno familiar, la Juani dará un giro radical a su vida; dejará atrás su vida callejera -con la que su personaje, como todos, intentaba exorcizar de forma inconsciente sus miedos internos, como la falta de expectativas de la juventud o la ausencia de un futuro estable– viajando a Madrid, lugar en el que espera iniciar su carrera hacia el estrellato.

Lo paradójico del caso es que, aunque es un icono fácilmente reconocible de la sociedad española, la Juani es también una Cenicienta del S.XXI: puede que no vista de marca, pero tiene algo más importante y que no caduca a las 12 de la noche: voluntad propia. No importa tanto el retrato de una heroína a la que el director usa como pretexto para lanzar un dardo envenenado al carácter efímero de la fama -que también-; lo que se termina imponiendo es la crónica de alguien que decide sumergirse en estos terrenos inexplorados con una seguridad abrumadora. No importa que para ello tengas que viajar a una ciudad desconocida o que te veas obligado a lidiar con el lado más oscuro del mundo espectáculo -tema central de la citada Didi Hollywood-: la protagonista sabe lo que quiere y nada parece pararle los pies. Especialmente durante su primera mitad, el director consigue penetrar de forma eficaz en esa (sub)cultura de barrio, configurando un estimable drama urbano potenciado por su apropiada banda sonora -los temas Gasolina, sangre y fuego del rapero sevillano Haze o la más melódica Como en un mar eterno, de Hanna, son los dos temas más destacables-. Juega en su contra, eso sí, su estética de videoclip y de anuncio publicitario, así como sus dejes hacia la caricatura y los brochazos de un guión -con unas líneas extraídas, en su mayoría, de la realidad- coescrito por el propio director, que aquí también ejerce de coproductor. 

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A años luz de ser un abúlico ejercicio cinematográfico, el trabajo que supuso la vuelta al ruedo de Bigas Luna 5 años después de filmar Son de mar (2002), tiene categoría propia, garra y fuerza. Producto honesto a más no poder, puede que no exprima del todo sus posibilidades, pero termina siendo un poderoso retrato social en el que más de uno se sentirá reflejado. Garrulos y no garrulos. Horteras y no horteras. Porque La Juani es un prototipo universal; un paradigma de todos aquellos que se atreven -o no- a pegar un volantazo a sus vidas; la musa que encarna el despertar, el arriesgarse y el embarcarse en un tren que sepulte los miedos pasados, que te conduzca al destino más alucinante de todos: a vivir. 

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