Morir en San Hilario

Después de su exitosa opera prima Sexo por compasión (2000) y la notable Palabras encadenadas (2003), la directora catalana Laura Mañá alumbró Morir en San Hilario (2005), un ejercicio algo menor y menos redondo de lo que cabría esperar después de sus dos primeros trabajos. Presentada en el Festival de Cine Español de Málaga, estamos ante una película con un argumento de lo más atípico a través del cual la realizadora retorna al realismo mágico de su primer largometraje. A pesar de no salir en los mapas, San Hilario es mundialmente conocido por la esmerada forma por la que sus vecinos organizan los entierros, razón por la que mucha gente quiere ir a fallecer allí. La economía del lugar, principalmente basada en los sepelios, verá un revulsivo cuando Germán Cortés, un afamado pintor, se dirija hacia el pueblo con el fin de morir allí. Sin embargo, el hombre fallecerá antes de llegar a su destino y en su lugar acogerán, por error, a un malhechor prófugo de la justicia, que seguirá el juego a los habitantes en beneficio propio. 

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Rodada íntegramente en Argentina por necesidades de producción, uno de los puntos fuertes de Morir en San Hilario es la recreación de ambientes que consigue su directora, a la que se le vuelve a notar su buena mano detrás del objetivo de la cámara y también en el guión. A través de escenarios casi desérticos y una aridez que casi se puede palpar, consigue una esencia a western idónea para transmitir la sensación de lejanía del pueblo, como si éste estuviese situado en mitad de ninguna parte -una especie de Macondo, sin que llegue a ser tal- y sus habitantes fuesen puntos insignificantes en mitad de la infinidad. En cualquier caso, San Hilario podría estar situado en cualquier lugar en el que sus gentes no tuviesen miedo a la muerte y, en contra del resto de los mortales, ésta se celebrase como una auténtica fiesta. Se desprenden, así, dos lecturas: observar cómo un hecho a priori desagradable como el fin de nuestros días sirve para aunar a las personas y, por otro, que no hay que tenerle miedo a que llegue este momento, a tenor de cómo reaccionan ante ella estos lugareños. La película es un llamamiento a aprender a vivir para morir con dignidad y, también, un recordatorio a que éste es un hecho implícito al ser humano. Asimismo, nos invita a comprobar cuál sería la reacción de alguien si conociera de antemano el día en el que va a morir, como el protagonista de la película que asiste atónito a la particular cuenta atrás del pueblo.

Aunque su punto de partida es bastante original y su primera media hora promete, lo cierto es que Morir en San Hilario no termina de aprovechar su material de partida, yendo de más a menos. Consciente de sus limitaciones, esta entrañable fábula de fantástica que consigue hacer creíble lo increíble no logra mantener el mismo nivel de interés durante todo el metraje. Por suerte, su falta de frescura queda compensada por su trabajo interpretativo: desde un Juan Echanove en el papel de un cura con crisis de fe, hasta un Lluís Homar espléndido en su rol de gángster pasando por una Ana Fernández que borda a Esther, sastra del pueblo de poderosa mirada y cuyo proceso de transformación -o de descongelamiento de los sentimientos- se alza como uno de los grandes atractivos de la obra. Si a ello le sumamos cierta dosis de humor negro, el hecho de que se siempre con una sonrisa en la boca y cómo la directora agarra su idea surrealista sin que en ningún momento se le vaya de las manos, la película va más allá del mero aprobado.  

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Alimento para el pensamiento, Morir en San Hilario tiene, por encima de todo, una admirable virtud: hablar de la muerte con la máxima naturalidad, invitando a abandonar los prejuicios que todavía existen entorno a este tema. La cinta usa el pretexto de la defunción para hablar de la vida y de cómo no hay que encarar este inevitable destino sin haber exprimido todos y cada uno de los días terrenales. Puede que patine a la hora de transmitir emoción -a pesar de que confía en el poder terapéutico del a música y la expresividad de sus actores- y que no sea la obra de madurez que todos esperábamos de una realizadora que podría haber apuntado más alto, pero es un ejercicio transparente, narrado sin trucos y con suma honestidad, que antepone siempre la lucidez a lo artificiosidad y las trampas impostadas. 

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