A merced del odio

El gran éxito cosechado en taquilla por ¿Qué fue de Baby Jane? (Robert Aldrich, 1962), fruto de enfrentar a dos titanes de la interpretación como Joan Crawford y Bette Davis, supuso un decisivo relanzamiento de la carrera de ésta última. La cinta, por la que la actriz consiguió su última nominación al Oscar, fue clave para que ésta protagonizase sus otras dos incursiones en el cine de intriga de la década de los sesenta: Canción de cuna para un cadáver (1964), también dirigida por R. Aldrich, y la que hoy nos ocupa: A Merced del odio (Seth Holt, 1965). Producida por la prestigiosa productora británica y especializada en la parcela del terror Hammer Films, estamos ante un producto menor en medio de la prodigiosa filmografía de Davis, de aplastante calidad del primer al último título, pero no por ello menos desdeñable. Titulada originalmente The nanny, la actriz vuelve a aprovecharse aquí de su característico físico para dar vida a una niñera psicópata capaz de tener en vilo al espectador todo el metraje; los ojos saltones y las reconocibles facciones de su rostro vuelven a dotar a Bette Davis de ese aspecto tétrico que requerían unas producciones en las que nunca le importó encasillarse. 

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El argumento de A merced del odio gira en torno a Joey Fane, un niño de diez años que vuelve a casa tras haber estado internado acusado de ahogar a su hermana pequeña en la bañera. Instalado de nuevo en su hogar, comienza a tener enfrentamientos con la familia, especialmente con su niñera (Davis), a la que incluso acusa de intentar acabar con su vida. ¿Está Joey realmente curado o, por el contrario, sigue gravemente trastornado? Todo se complica a raíz del envenenamiento de la madre del pequeño y la muerte repentina de su tía. A pesar de que su argumento pueda indicar lo contrario, esta adaptación de la novela de Evelyn Piper a cargo del guionista Jimmy Sangster está más cerca del relato de intriga que del terror, aunque escenas como la de Bette Davis almohada en mano o el momento de la bañera se encuadren más bien dentro de éste último género. En efecto, lo que sustenta la cinta es el gran interrogante que la recorre: ¿quién mató realmente a la pequeña? Descartando a los personajes secundarios, mal escritos e inverosímiles, el duelo se centra entre Joey Fane y Bette Davis, quienes sustentan un potente tour de force interpretativo con insospechadas consecuencias: A merced del odio transcurre mediante este contante pulso entre ambos que hace que el público sea incapaz de posicionarse por uno de ellos: por un lado tenemos a una criatura tan inhumana que es capaz de fingir su propio ahorcamiento; por otro, a una niñera que no deja de resultar sospechosa por aguantar los desprecios del niño con una extraña tranquilidad. 

Aunque los roles secundarios no aportan mucho al relato, hay que apuntar que A merced del odio se sirve de ellos para uno de sus principales fuertes: la asfixiante descripción del hogar familiar. Junto a la desequilibrada madre, tenemos al estricto y hastiado padre y, por último, a ese niño malcriado del que nunca terminamos de fiarnos. En medio de este cuadro, a cargo del poco prodigado Holt, se desarrolla este digno thriller de corte psicológico que destaca también por los prodigiosos primeros planos de su actriz principal y lo lenta pero progresiva forma en la que la película va cogiendo cuerpo y desarrollando los dos personajes centrales. El film hurga con maestría tanto en Joey Fane como en esa enigmática niñera hasta desembocar en un correcto y solvente clímax. 

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Sin la fuerza arrolladora de Canción de cuna para un cadáver ni llegar a la categoría de obra maestra de ¿Quién mató a Baby Jane?, A merced del odio merece la pena aunque sólo sea porque es uno de sus últimos trabajos importantes de su protagonista, la cual vuelve a destilar una extraña capacidad de seducción. Y todo en mitad de un guión turbulento, plagado de giros, que parece escrito para el lucimiento de una protagonista que ya comenzaba a sufrir los achaques de la edad y que le proporcionó sus últimos (y grandes) minutos de fama en la vejez. 

 

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