El clavo

Tras demostrar su gran habilidad para la comedia en las primeras películas de su extensa filmografía –Huella de luz (1943), Eloísa está debajo de un almendro (1943) o El fantasma y doña Juanita (1944)-, el madrileño Rafael Gil entró por la puerta grande en el cine negro con El clavo (1944), un género que por aquel entonces vivía una edad de oro al otro lado del Atlántico. La que fue su segunda colaboración con Amparo Rivelles -que no la última, luego vendrían La calle sin sol (1948) y La fe (1947)- es una de las más destacadas réplicas españolas a esas producciones criminales que estaban cocinando en Hollywood. Basada en un relato de Pedro Antonio de Alarcón, escrito tal y como se sobreimpresiona al comienzo con el fin de demostrar que no hay nada tan insospechadamente novelesco como la realidad, El clavo es un relato de tanta carga dramática como el cuento original, publicado en 1957. Ambientada en el S.XIX, la razón por la que esta película se alza por encima de otros melodramas y películas criminales de la época es su perfección formal, lo bien que ha soportado el paso del tiempo y la confirmación de una gran actriz. 

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El clavo arranca de la forma más convencional del mundo: chico conoce a chica. En esta ocasión, el chico es el apuesto juez Javier Zarco (Rafael Durán). La chica, una enigmática mujer que dice llamarse Blanca (Amparo Rivelles). Tras cortejarla en una diligencia, el amor no tarda en surgir entre ambos. Sin embargo, al poco de pedirle matrimonio, la dama desaparece sin dejar rastro. Cinco años después se reencuentran y la llama del amor resurge; sin embargo, el hallazgo por parte del juez de un cráneo con un clavo incrustado en un cementerio dará un giro insospechado a los acontecimientos cuando se descubra que Blanca, que en realidad se llama Grabiela, es la principal sospechosa del crimen. La destreza del guión de Eduardo Marquina y del propio director, uno de los máximos cultivadores del melodrama español del pasado siglo, es uno de los grandes pilares de la película, junto a la estimable ambientación musical. Otro rasgo a destacar es el magnífico trabajo de fotografía de Alberto Fraile –Muerte de un ciclista (Juan Antonio Bardem, 1955)-, que sitúa a los personajes en un cerco de inquietante oscuridad, como si los secretos que ocultan quedasen plasmados de alguna forma en las imágenes. La belleza de sus actores queda fundida por el entorno, por ese misteriosa aureola que envuelve el relato. 

Sin nada que envidiar a los trabajos americanos de la época, Rafael Gil quería dar testimonio de la época en la que fue rodada, que se notase que era fruto de su tiempo: una España nacional católica de tintes tercermundistas -la ignorancia de la gente está muy bien reflejada-. Con todo, su intención no es ser un documento crítico con el sistema, como sí lo fue La calle sin sol (1948), otro de sus títulos más destacables, con una gran carta de denuncia social que la hacen situarse próxima al neorrealismo italiano. El clavo es más bien un híbrido entre el melodrama romántico -los primeros 40 minutos del film- y el relato criminal puro y duro, con fragmento de juicios incluido -todo lo que viene después-, que es donde la película obtiene sus mejores resultados. El punto que delimita ambos fragmentos es el hallazgo de la calavera, una imagen que se evita mostrar al espectador y, quizá, donde mejor se pone de manifiesto el buen gusto de un Gil que pasó de recrearse en detalles escabrosos. Igual de sutil, aunque esta vez parece más atender a la censura, es la forma en la que el director resuelve que los protagonistas pasan la noche juntos. El autor lo consigue a través de la repetición del plano que se eleva desde el exterior por la habitación de ella hacia la de él. En la primera ocasión se muestra a cada uno está en su cuarto, pero en la segunda los dos están en la habitación de ella; la sinfónica música que le acompaña termina de confirmarlo. No obstante, es un detalle en apariencia insignificante pero que, como muchos otros, hay que rastrear para deducirlo. Un ejemplo de combatividad a la censura con ingenio y gracia.

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Me llamó especialmente la atención que, tras la muerte de Amparo Rivelles, pocos medios fueron los que mencionaron este gran clásico del cine español, donde la intérprete desarrolló uno de sus primeros y mejores trabajos interpretativos. Y todo a pesar de su edad: 19 años. Cómo olvidar la escena en la que su personaje se levanta el velo y observa que el magistrado que la va a juzgar es su gran amor. Un trabajo por el que Rafael Gil se graduó con nota alta en el mundo del cine y donde reflejó su gran condición de cinéfilo, gracias a sus guiños a clásicos del género como Rebeca (Alfred Hitchcock, 1940), obra que también versa sobre la figura de una inescrutable mujer. 

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