La red social

“En Internet no se escribe con lápiz, se escribe con tinta”. La frase que pronuncia uno de los roles femeninos de La red social (David Fincher, 2010) da buena cuenta de la gran influencia que la Red de Redes ejerce en nuestra era. Le ha faltado añadir: “Y lo que se publica en Facebook, con tinta permanente”, y así testificar también el enorme influjo de las redes sociales en la actualidad. El director de Zodiac (2007) o Seven (1995), aporta una doble lectura en su nuevo discurso: por un lado, ahondar en el proceso de nacimiento de una herramienta que ha revolucionado la forma de comunicarse e interaccionar de los seres humanos; por otro, desentrañar la compleja personalidad del creador de un fenómeno de masas que sigue sin conocer límites. Con más de 500 millones de usuarios registrados y pudiendo presumir de haberse convertido en uno de los avances tecnológicos más decisivos del pasado siglo, era de esperar que Facebook contase con su propio largometraje -como en su día, sin duda, lo tendrá su sucesor Twitter-. Aunque el resultado no es, me temo, el que le gustaría a su co-fundador, Mark Zuckeberg, por la radiografía nada complaciente sobre su figura, principal razón por la que se negó a colaborar en el proceso de gestación del film. 

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Escrita por el prestigioso guionista Aaron Sorkin -a raíz de una libre adaptación de la novela Multimillonarios por accidente (ed. Alienta) de Ben Mezric-, creador de la serie El ala oeste de la Casa Blanca, la película desgrana la historia de un joven alumno de Harvard amante de la informática que comienza a crear una nueva red social con la ayuda de su íntimo amigo Eduardo Saverin (Andrew Garfield) en 2003. Lo que comienza como un simple proyecto intrascendente, empieza a adquirir proporciones épicas cuando el resultado, la popular Facebook, se extienda de forma masiva por medio mundo. A pesar de la gesta épica, a Fincher no le importa tanto el invento en sí como el dudoso proceso moral por el que el polémico Zuckeberg lo llevó a cabo, y que le llevó a granjearse infinidad de enemigos. En esta línea estaría enfocada la escena inicial: una conversación amorosa con su novia en la que ya se deja entrever las trabas del joven para las relaciones sociales, hecho que terminará de confirmarse en las dos horas restantes: éxito, sí, ¿pero a qué precio? La paradoja, pues, no puede ser más evidente: resulta atractivo observar cómo el principal gestor de una de las mayores redes de conexión entre personas, aquel que ha sido capaz de unir virtualmente al mundo, el máximo responsable de que se haya reemplazado el trato directo con la gente por el la mera conversación cibernética, no es más que una víctima del aislamiento, un ser aquejado de una seria deficiencia a la hora de establecer vínculos por sí mismo. 

Aunque catalogarla como biopic resulte excesivo -ésta nunca ha sido la intención del director, quien usa la figura del que algunos denominan el sucesor de Bill Gates como excusa para hablar de temas más profundos como la ambición, la traición o la competición, valor éste último materializado en ese concurso de remo nada casual-, es de justicia reconocer a La Red Social su capacidad para plasmar a la perfección los traumas personales de su protagonista y, muy especialmente, su proceso íntegro de decadencia (moral, social, espiritual), sin dejar nunca de reconocerle el mérito de haber ocupado un capítulo de Oro en la Historia. En esta línea, cabe apuntar dos referentes: Rashomon (Akira Kurosawa, 1950), de la que toma prestado el hecho de narrar múltiples versiones de lo que realmente sucedió, y Ciudadano Kane (Orson Welles, 1941), en la -tardía- asimilación de su protagonista de que cualquier tiempo pasado fue mejor. El Rosebud con el que el magnate de la prensa terminaba de interiorizar que hay valores que los dólares nunca podrán comprar, Zuckeberg lo sustituye con esa significativa petición de amistad en su último minuto, donde también se pone de manifiesto la soledad del triunfador o el fracaso del capitalismo. 

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En el apartado técnico destaca el virtuosismo de la cámara de Fincher -a pesar de dejar apartados sus manidos efectos especiales y recursos efectistas- y lo admirablemente sobrio que se muestra en la puesta en escena. Pero no deja de ser un Fincher en estado puro: hay tensión, atmósfera y moraleja(s). Quizá se le pueda achacar cierto hermetismo emocional -la música fluye por el metraje, pero nunca resulta tan significativa como sí sucede en la más accesible pero menos redonda Jobs (Joshua Michael Stern, 2013), el otro gran remakesocial media de los últimos años- y su escaso posicionamiento en su conflicto central -¿Facebook es una marca a reivindicar o, por el contrario, resulta perniciosa para la sociedad?-, pero La red social es una película que hay ver, aunque sólo sea por su estremecedor diagnóstico social de un mundo que, en su imparable individualización, el nivel de amistad se mide antes por el número de personas agregadas en el mundo virtual que por las que conoces físicamente. Y eso es tremendo. 

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