El hombre de las sombras

En Martyrs (2008), film que lo confirmó como uno de los nombres más a tener en cuenta dentro de la nueva ola de terror francés, Pascal Laugier se sirvió de los parámetros del género para armar un discurso sobre la falta de valores y la decadencia moral de la sociedad. Su punto de miras en aquella ocasión era al fanatismo religioso, inmisericorde a la hora de aprovecharse del sufrimiento del prójimo con tal de afianzar su credo. En El hombre de la sombras (2012), el director galo prescinde de la violencia gráfica y la -agradecida- obscenidad de su segundo largometraje, pero vuelve a recurrir a este mismo recurso, sólo que en esta ocasión modifica su objeto de denuncia para preguntarse hasta hasta qué punto es recomendable tener hijos cuando las circunstancias personales pueden impedir criarlo de forma digna.  Una reflexión atrevida, qué duda cabe, para un director al que hay que reconocer su capacidad para generar polémica. Con Laugier siempre sabes que vas a ver algo diferente; mejor o peor, pero diferente. Algo que en los terrenos fílmicos en los que se mueve, tan poco dados a la novedad, es de especial agradecer. 

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Coproducción francoamericanocanadiense, El hombre de las sombras desmenuza la historia personal de Julia (Jessica Biel), una joven enfermera habitante de un inhóspito pueblo de Estados Unidos, aquejado de falta de oportunidades tras el cierre de la industria minera. No será este, sin embargo, el principal quebradero de cabeza de sus lugareños, atemorizados por las numerosas desapariciones de niños que se están produciendo en la comarca. La única explicación posible se atribuye a la leyenda del hombre del saco, un personaje que según la tradición, raptaba a los niños. Pero, ¿quién es realmente el responsable? Y, lo más importante: ¿con qué objetivo? Con estas preguntas sobre la mesa comienza a desarrollarse una historia que empieza con una estadística estremecedora: unos 1.000 menores desaparecen cada año en Estados Unidos. Escrita por el propio director, el que es su primer largometraje firmado en inglés -lo que le supuso su entrada directa al mercado internacional-, responde a la primera de estas preguntas, de forma completamente inesperada, en el ecuador del film. Emula así a Psicosis (Alfred Hitchcock, 1960), claro referente, en la que el misterio -aparentemente principal- quedaba resuelto mucho antes del tramo final. 

A El hombre de las sombras no le importa desvelar su ¿principal? cuestión con antelación porque lo interesante, lo verdaderamente interesante, viene después. Tras clausurar un primer acto que explora con éxito alguna de las constantes del cine del terror -sombras en la noche, persecuciones, sustos-, la película termina de posicionarse más cerca del thriller que del ejercicio de terror propiamente dicho, a pesar de que sus primeros 45 minutos -ojo al tour de force entre la protagonista y su amenaza- o el propio tráiler nos quieran vender lo contrario. A partir del punto de inflexión mencionado, la película da un estimulante giro hacia el cine de intriga -que hará las delicias de aquel espectador dispuesto a dejarse sorprender-  y, lo que es aún más agradecido, se mete de lleno en el terreno social.  Con una lograda atmósfera y la eficiente interpretación de su protagonista -que vuelve al terror tras su gran papel en el remake La matanza de Texas (Marcus Nispel, 2003)-, como principales armas, El hombre de las sombras aprovecha su segundo fragmento para tocar la sensibilidad -sus últimos diez minutos dan buena cuenta de ello- del público, gracias a su sugerente aliño de una muy bien empleada voz en off, la conmovedora música -obra de Jeff Danna- y la estampa de una Julia abatida, sometida al juicio moral de cada individuo.  

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Martyrs no era perfecta. Y El hombre de las sombras, a pesar de la multitud de revisiones de guión a las que el director sometió un proyecto que empezó a germinar en 2005, tampoco lo es. Se abusa de la suspensión de la credibilidad -ahí tenemos a su protagonista, convertida en una superwoman capaz de salir indemne hasta del mayor desafío o algunos giros de guión inverosímiles-, pero la jugada se hace indispensable por un cineasta que rueda su propio libreto haciendo gala de una férrea personalidad propia, un impecable ejercicio de estilo, un virtuosismo formal por encima de la media y una considerable densidad argumental. Un ejercicio de gran carga intelectual que sabe cómo poner el dedo en la llaga cuyo significado final sólo está al alcance de los que presten atención al reiterativo interrogante con el que se clausura. 

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