Katmandú, un espejo en el cielo

Tras la enriquecedora experiencia personal y profesional que le supuso También la lluvia (2010), era de presagiar que la siempre comprometida Icíar Bollaín siguiese con su colonización cinematográfica. El lugar escogido esta vez no es Bolivia, sino Nepal. Y su objeto de denuncia no es la dificultad en el acceso al agua potable, sino a la educación, aunque en el estricto apartado de denuncia sea más benigna que su ilustre predecesora. Katmandú, un espejo en el cielo (2011) está libremente inspirada en la novela “Una maestra en Katmandú”, documento testimonial donde la profesora catalana Victoria Subirana plasmó toda su experiencia profesional y anímica en dicha ciudad, la más grande del país. Una poderosa Verónica Echegui -nominada al Goya- encarna a esta heroína contemporánea que luchó por levantar un proyecto educativo en un lugar con escasos recursos y al que el mundo desarrollado nunca ha prestado especial importancia. Escrita por la propia directora -como suele ser habitual en su cine-, la película se permite ciertas licencias narrativas respecto al libro -como el hecho de cambiar el nombre de los personajes-, pero ambas comparten espíritu: el de convertirse en un discurso de tomo y lomo de cómo la educación es el germen de todo, la materia prima básica del desarrollo.

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Más que una película, Katmandú, un ejemplo en el cielo es toda una experiencia. El espectador puede sentir de primera mano el que, más que un periplo profesional, es un viaje emocional de primer orden. La protagonista, Laia (Echegui), es una maestra que, lejos de amedrentarse por un entorno educativo desolador, combatirá para erradicar el galopante analfabetismo y conseguir que hasta los más necesitados tengan acceso a un valor recogido en el artículo 26 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. No lo hará por motivos políticos ni por nadie, tan sólo por ella misma. La actriz imprime a su personaje de toda la profundidad psicológica y emocional necesarias para conseguir hacer creíble, por ejemplo, el proceso de enamoramiento con el hombre con el que se casa por conveniencia, hasta su enternecedora amistad con Sharmila, su guía espiritual. Katmandú, un espejo en el cielo es, por tanto, una historia de aprendizaje personal; de cómo el entorno y sus circunstancias pueden hacer replanteártelo todo, cambiar tu vida. Este mensaje se traslada gracias a una directora que no se permite ni una salida de tono durante sus 100 minutos, siguiendo a rajatabla su estilo personal y mostrándose comprometida con la causa. Quizá derrape en su irregularidad a la hora de elaborar su tejido dramático, su ritmo algo irregular, pero no empaña un resultado final satisfactorio, en el que la mayoría de actores -no profesionales- hacen una labor magnífica.

La forma que la película tiende a denunciar esta alarmante falta de oportunidades educativas dista mucho del rollo panfletari o el mero adoctrinamiento; las líneas de guión dedicadas a las trabas que España pone para ayudar a Nepal, extraídas de la más estricta realidad, son un buen ejemplo de ello, pese a haber podido ser más enfáticas. Bollaín convierte su película en un alegato humanitario al hacernos conectar de forma ipso facta con sus gentes, sus costumbres y, en definitiva, con la cultura de un pueblo que pone de relieve que no es necesario nadar en la abundancia para ser feliz. La cineasta madrileña sabe que para que su denuncia prospere nada mejor que trasladarnos -vital y físicamente- al lugar de los hechos. Así también quedarían justificadas sus bellas estampas o, dicho de otro modo, la disimulada forma de su creadora de transformar lo que podría haber sido un simple documental turístico en un documento narrativo de primer orden. El film alcanza unas cotas de belleza impresionantes a través de unos oníricos paisajes, que transmiten toda la paz y serenidad que se respira en un país al que parece no afectar sus clamorosos e injustos desequilibrios. Al igual que captura lo residual de su territorio, Bollaín plasma su infinita hermosura. Y logra lo imposible: que nos entren ganas de quedarnos a vivir allí. 

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Como si de una fábula imaginaria se tratase, al más puro estilo de Las mil y una noches, Katmandú un espejo en el cielo es una amalgama de olores, sabores, colores, silencios y texturas tan intensos, vivos y atractivos como el lugar donde se ambienta, tan universales que cualquiera los puede paladear. Una especie de retiro espiritual donde, al igual que su propia protagonista, también podemos descubrirnos a nosotros mismos.

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2 pensamientos en “Katmandú, un espejo en el cielo

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