Familia

A los amigos se les elige, a la familia no. O, al menos, eso es lo que creíamos antes del debut en el largometraje del hasta entonces guionista de televisión y cortometrajista Fernando León de Aranoa: Familia (1996). El cineasta madrileño estrenó en el Festival de Valladolid una película en la que ya dejó entrever su compromiso con el cine social -o cotidiano-, aunque el cauce que escoge en esta opera prima para adentrarse en él sea el más atípico posible. En los primeros compases de esta producción de Elías Querejeta, León de Aranoa provoca el desconcierto del público a través de la historia de Santiago (Juan Luis Galiardo), el cual, tras levantarse como cada mañana, se dispone a celebrar su cumpleaños con sus seres queridos. Sin embargo, lo que hasta entonces parecía una familia normal se destapa como lo que realmente es a partir del momento en el protagonista recibe, disgustado, el regalo que le ha hecho su hijo pequeño: un conjunto de actores enfrascados en la tarea de dar vida a una familia real, de la forma más real posible. La mujer, los hijos, la madre… de Santiago no son más que integrantes de una compañía teatral contratados por él mismo para dinamitar la insoportable soledad que domina sus días.

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Si por algo impactó -y sigue impactando- en su momento el film no es tanto por este insólito giro narrativo, sino por cómo su máximo responsable disfraza de comedia una historia que no tiene ni pizca de gracia. Nos obliga preguntarnos en qué punto de su vida se encontraría el protagonista para verse arrastrado a construir un seno familiar con un conjunto de intérpretes. Y la soledad, en efecto, parece ser la respuesta. Aunque nunca se ofrece una explicación concreta -se deja a la interpretación del público-, la frase del monólogo que ofrece Santiago en el tramo final a su familia en pleno velatorio de su madre no deja lugar a dudas: “Es mejor estar mal acompañado que estar sólo, y los que dicen lo contrario es que nunca han estado solos”. En este recital, en el que se espera que baje el talón cual obra de teatro, Galiardo reafirma especialmente su condición de gran actor, al igual que a lo largo de la obra también lo hace la felizmente rescatada para el cine Amparo Muñoz, la otra gran veterana junto Ágata Lys. Todos ellos brillantemente dirigidos por la batuta de un director que sabe sacar lo máximo posible de unos personajes escritos por su puño y letra y dispuestos con maestría en cada plano, razones por las que se alzó con el Goya a la mejor dirección novel.

Santiago tendrá una ventaja que todos hemos soñado alguna vez: escoger a los miembros de su familia conforme a sus gustos e intereses. Circunstancia que no evitará que experimente de primera mano el lado amargo de una institución, como todas, imperfecta: la incomunicación, el conflicto generacional -esa charla sexual entre padre e hija-, la impotencia,  la frustración o la despedida -la escena del velatorio-. No obstante, junto a esta perspectiva nada indulgente de la institución familiar, León de Aranoa también nos la ofrece como un pilar vital para el desarrollo del ser humano, como el seno en el que prosperan sus sueños y cobijar sus esperanzas. Y su clave del éxito, ilustra el cineasta, pasa por respetar la disparidad de opiniones y puntos de vista que en ella emergen a través de cada uno de sus componentes. Concluimos, pues, que el director ofrece un retrato de la familia lo más cerca posible a lo que es la vida en sí: un contraste de luces y sombras. ¿Acaso no es lo mismo que sucede, por ejemplo, con los amigos? No es casual que en esta búsqueda desesperada por sentir todo lo que provoca la familia, Santiago se invente una nueva vida, como en su día lo haría esa Caye soñando que la recogían en su despacho –Princesas (2005)- o esos afectados por el drama del paro que anhelaban un futuro mejor –Los lunes al sol (2002)-. Almas que viven, sueñan y anhelan, en definitiva, una realidad distinta a la que les ha tocado vivir.

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Diagnóstico intemporal de la alarmante falta de afecto llegada cierta edad, Familia es una película obligada a cualquier espectador sensato, ya que tras su aparente ligereza y su tono falsamente cómico, se esconde un relato desgarrador, contando sin tremendismos, pero con infinita fuerza. Sin alardes técnicos ni grandes presupuestos, pero con fuerza. Y todo gracias a unos personajes que, lejos de pulular por la función de relleno, lo hacen con un sentido concreto. Nada está sujeto al azar en una película que, narrada en todo momento con buen pulso, termina de hacerse imprescindible por su forma de tornarse en un feroz alegato de hasta qué punto el ser humano necesita al prójimo para sentirse vivo. 

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