Chicago

La crucial revitalización del cine musical que supuso Moulin Rouge (Baz Luhrmann, 2001) a principos del pasado milenio tuvo una influencia decisiva en Chicago (Rob Marshall, 2002), estrenada un año después. Al margen de su valor cinematográfico, esta crónica de tintes criminales ambientada en la Ciudad de los Vientos se vio enormemente beneficiada por tan ilustre precedente, fenómeno catódico donde los haya. Al igual que ese vodevil posmoderno y dominado por los fuegos artificiales del director australiano, la criatura de Marshall nace con una indisimulada vocación: conectar a toda costa con las masas, a lo que contribuye de manera decisiva su excepcional trío protagonista -Richard Gere, Catherine Zeta-Jones y Renée Zellweger-, que se desenvuelven como unos auténticos profesionales del musical y su colorista estética. Aunque no se sitúa a la altura de Moulin Rouge, y está a años luz de grandes clásicos del género firmados por Robert Wise –West Side Story (1961) o Sonrisas y lágrimas (1965)-, sería una injusticia no reconocer a Chicago unas virtudes que la convierten en cita ineludible para el cinéfilo, incluso al más profano del género. Entre todas, destaca su eléctrica banda sonora y su sagacidad para integrar los números musicales en la trama, alumbrando así un sugestivo híbrido entre fantasía y realidad.

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La acción nos sitúa en el corazón de Chicago, en plena década de los 20. A través de su magnífica ambientación, amén del humo de cigarrillos, jazz y cabarets nocturnos, la trama va destripando la historia de Roxie Hart (Zellweger), una atractiva joven que sueña con convertirse en una celebridad del estilo de su idolatrada Velma Kelly (Zeta-Jones) y así escapar de su malograda existencia. Tras asesinar a su amante e ingresar en prisión junto a la propia Kelly, una pregunta recorre la función: ¿conseguirá Roxie Hart convertirse en la estrella que siempre ha soñado? Basada en la exitosa obra de Broadway dirigida por Bob Fosse, Chicago es un espectáculo circense de primer orden. Para lo bueno y para lo malo. En el lado positivo, es que a nivel de realización, de puesta en escena y de ambientación -a pesar de que casi toda la función sucede en interiores y no se saque más jugo a la ciudad que incluso da nombre a la cinta- pocos reproches se le pueden hacer. Asimismo, conviene subrayar cómo el director se mantiene fiel a su propio estilo durante toda la función. En el que fue su debut en el largometraje, Marshall demuestra que se maneja con mano férrea en el musical, como posteriormente quedó constatado en la algo inferior Nine (2009), a pesar de que podía haber sido más innovador y atrevido.

No obstante, habrá quien critique a Chicago por ahogarse en su propia parafernalia, consumirse en sus propia grandilocuencia, por mucho que ésta forme parte del juego, principalmente por no haber detrás algo lo suficientemente sólido que sostenga este vodevil. El gran handicap de la película, a mi juicio, es que tras su apabullante tejido de luces, movimientos de cámara y exquisitas coreografías no existe un argumento con el empaque suficiente. La sequía emocional de la obra se hace notar sobre todo en la absoluta falta de identificación con cualquiera de sus personajes: en Chicago no empatizo con nadie, hasta el punto de que me termina dando igual el devenir de sus roles. Por ello no es recomendable rasgar más de lo necesario en este enjambre de escenarios y chispeantes club nocturnos y disfrutar de una película que es consciente de su falta de pretensiones, más allá de su ácida crítica social al papel que jugaban -¿juegan?- los medios de comunicación a la hora de manipular a la opinión pública o su forma de cargar las tintas contra una sociedad que escoge como celebrities a figuras deleznables -para prueba, la actuación final, metralleta en mano, de las protagonistas al ritmo de All that jazz- Otro de sus grandes errores es erróneo trabajo de montaje, tan atropellado que impide disfrutar de los bailes, paladear toda la fanfarria visual.

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Chicago, al final, debe conformarse con el aprobado alto, incapaz de convertirse en una réplica a la altura de Moulin Rouge, a pesar de sus excesivas 13 nominaciones y 6 Oscar finales -incluido mejor película-, especialmente dolorosos si la comparamos con las superiores Las horas (Stephen Daldry, 2002) o El pianista (Roman Polanski, 2002), sus dos rivales más fuertes de ese mismo año. Pero que nadie se equivoque: el show de Marshall es una show realmente entretenido, protagonizado por dos de las femme-fatales más remarcables del cine reciente -ambas actrices nunca han estado mejor-, que tiene la gran capacidad de contagiar ganas de vivir. Al fin y al cabo, ¿no es eso lo que le pedimos a un musical?

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