Las vidas posibles de Mr. Nobody

Jaco Van Dormael se ha ido haciendo un hueco entre los cineastas de culto gracias a un factor principal: el mantenerse fiel a su propio estilo, situado a años luz de la maquinaria de Hollwyood. Amante de escribir sus propios trabajos, también se conoce al director por tomarse varios años entre cada uno de sus proyectos. Tras Toto, el héroe (1991) y El octavo día (1996), Dormael estuvo fraguando durante 13 años su próxima película: Las vidas posibles de Mr. Nobody (2009), con un guión que tardó 7 años en terminar. Si esta nueva espera mereció o no la pena es uno de los más encendidos debates del cine reciente: estamos ante una de esas películas que la amas o la detestas, y eso de que a nivel personal me sitúo en el término medio. Me sucede algo curioso con esta co-producción entre Francia, Belga y Canadá, y es que no puedo evitar quedar maravillado ante su virtuosismo formal, su elegante diseño y sus continuos fuegos artificiales; atrapado en ese festivo y colorido envoltorio en el que se desarrolla la función. Es más, hasta intuyo y comparto los (poderosos) mensajes -metafísicos, científicos, espirituales- que subyacen en el relato. Sin embargo, su caos narrativo, su perpetuo desorden cronológico me impide penetrar en lo que me están contando.

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Tomando como punto de partida un cortometraje que el propio director filmó en 1982, È pericoloso sporgersi -sobre un niño que debe tomar una decisión imposible en una situación límite-, Las vidas posibles de Mr. Nobody -no entiendo por qué se ha traducido de esta forma al castellano cuando su título original es Mr. Nobody a secas- nos sitúa en el año 2092, fecha en la que Nemo Nobody (Jared Leto) se encuentra a punto de morir. Consciente de ello, el que es el último ser humano mortal en la Tierra se dedicará a hacer un repaso en primera persona de toda su existencia: desde su propia niñez, en la que empezó a destacar por su don de anticiparse a las vías alternativas de sus actos, hasta sus experiencias con las mujeres -Sarah Polley, Diane Kruger y lihn Dan Pham, todas magníficas-. Pero lo más llamativo y con lo que conviene quedarse de este viaje temporal en el que Dormael convierte su película son todas las lecciones que el viejo sabio nos regala por el camino. Así, el film nos obliga a reflexionar acerca de hasta qué punto las casualidades o factores externos incontrolables influyen de manera determinante en el resto de nuestras vidas -el llamado efecto mariposa-, o cómo las decisiones personales y voluntarias del individuo condicionan su existencia. Toda elección, en efecto, lleva implícita una renuncia, y esto se encarga de subrayarlo muy bien una obra también construida en base a la teoría del gato de Schrödinger, esa que nos recuerda que, dentro de la catarata de posibilidades que nos ofrece el destino, cualquier opción es posible mientras no nos decantemos por ninguna. 

Ahora bien: no me avergüenza reconocer que me he perdido en más de una ocasión en esta travesía para los sentidos a consecuencia de una narración alterada y más confusa de lo que cabría esperar. En su afán por distanciarse lo máximo posible del orden cronológico de los acontecimientos, en su empeño en ser a toda costa original, el director salpica el relato de continuos flashback, flashforward y le inyecta todo el resto de recursos narrativos, desde giros de cámara imposibles como un discutible uso de la cámara lenta. Soslayando estos reproches, la película también peca de excesivo metraje, máxime cuando muchas de sus escenas no hacen avanzar la trama ni un milímetro y tan sólo están dispuestas para dotar de mayor empaque estilístico al conjunto. Porque Las vidas posibles de Mr. Nobody es una pieza que busca la belleza a toda costa, algo positivo y negativo a la vez. Positivo porque tiene la gran virtud de que aunque no te enteres de nada de lo que está pasando te sientes irremediablemente atraído por la fuerza de sus fotogramas, por tu potente médula estilística y su intachable perfección formal. Negativo en el sentido de que hay más escenas vacías de contenido de lo permisible, más cercanas a un trabajo de vídeo experimental que a una película con presentación, nudo y desenlace. Que sí, son muy bonitas, están excelentemente fotografiadas y nos dejan con la boca abierta, pero provocan que el eje argumental quede diluido intercadentemente.   

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Con todo, el director belga -siempre con su referencia confesa de Los amantes del Círculo Polar (Julio Medem, 1998)- salva la jugada gracias a su gran diseño futurista, su excelente labor de maquillaje -atención a la caracterización del camaleónico Jared Leto, premiada en Sitges- y una banda sonora que destaca porque introduce las canciones adecuadas en el momento preciso. Una ambiciosa producción con más pretensiones de las que el espectador es capaz de digerir en un primer momento-su puesta en escena y su afán por la trascendencia obligan a un segundo visionado para paladearla como merece-, que será recordada por su empecinado empeño en diferenciarse de todo lo rodado anteriormente. Para bien y para mal. 

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