Caníbal

“Una historia de amor”. Así es como se nos ha vendido, a través del tráiler y de su magnético cartel promocional -bellísimo, por cierto-, la película Caníbal (Manuel Martín Cuenca, 2013). Aunque dicha afirmación choque frontalmente con su título, lo cierto es que no puede ser más acertada: el nuevo trabajo del director almeriense -parido diez años después tras su debut con La flaqueza del bolchevique (2003)- es uno de los romances más extraños, atípicos y adictivos que se han reflejado nunca en la pantalla grande. Así las cosas, lo primero que hay que señalar es que Caníbal no es una película de terror. O por lo menos no de terror al uso. Es cierto que su comienzo supone un mazazo en el estómago y que contiene alguna escena que puede echar para atrás al público más sensible, pero la película esquiva el tremendismo, difumina los aspectos más sórdidos y reduce a la máxima expresión, por tanto, todo lo explícito que encierra su potente historia. Porque lo que cuenta Caníbal es una auténtica salvajada: la historia de un reputado sastre de Granada cuya vida encierra una deleznable rutina: alimentarse de mujeres desconocidas, a las que mata previamente.

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Con tal premisa argumental, habrá quien dude que realmente estamos ante una historia de amor. Y Martín Cuenca sabe que para transmitir este mensaje al público es vital escribir un guión que refleje la oscura personalidad de su rol central, tarea que lleva a cabo junto a Alejandro Hernández, siempre basados en la novela de Humberto Arenal. En efecto, era imprescindible dibujar bien a Carlos (Antonio de la Torre), un personaje que lo mismo tienes ganas de abrazar como de asfixiar con tus propias manos; la más descarnada dualidad entre lo amoral y lo admirable. La cámara de Martín Cuenta, sobria y sin más aspavientos que los estrictamente necesarios, disecciona a esta figura de forma envolvente: penetra en su intimidad con una sobriedad y una delicadeza que provoca toneladas de fascinación. Al fin y al cabo no todos los días se ve en cine a alguien que guarda en el frigorífico la carne de sus víctimas o se contempla un rostro tan adusto y tan falto de impunidad como el de este sastre mientras se sienta en su mesa para saborear estos filetes en la más absoluta soledad. Y es que Caníbal es la historia de un hombre solitario –“la gente tiene miedo de aprender a estar sola; a mí sin embargo me encanta”, llega a decir- cuya alarmante falta de afecto, cuya completa omisión de cualquier vínculo emocional durante su existencia ha condicionado cada uno de sus actos, principalmente el de asesinar a mujeres jóvenes para ulteriormente devorarlas. Carlos, en definitiva, está solo.

A pesar de que se podía haber ahondado más en su pasado familiar -y, por ende, en las circunstancias que llevan al protagonista a actuar de tan hiperbólica forma-, el gran mérito del director es que al final terminamos compadeciéndonos de este caníbal, a esta alma tan falta de ética. Y cuando por fin este rol tan frío como el hielo que cubre los bellos paisajes de la producción deja asomar un ápice de emoción tras encariñarse con una joven rumana, es cuando la frase promocional de la película cobra el máximo aliento, el más descarnado de los significados: el amor es, tal y como de aquí se desprende, un sentimiento tan poderoso y purificador que es capaz de lograr la más imposible de las redenciones, de aplacar la mayor de las bestias. Convencida de su potente trabajo en este sentido, la película se muestra permanentemente segura de sí misma, tan envidiablemente sólida que pocos reproches se le pueden hacer. Véanla y comprueben por ustedes mismos por qué la prensa internacional cayó rendida a sus pies tras su paso por el Festival de Toronto. 

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Rodada con estilo propio, Caníbal es una película capaz de conseguir lo máximo con lo mínimo. Su modesto presupuesto queda permanentemente eclipsado por la abrumadora calidad del conjunto, desde la excelsa interpretación del protagonista -al que, a partir de ahora, costará ver en otros papeles-, hasta su sublime apartado de fotografía -premiado en el Festival de San Sebastián- y el de sonido, vital para reflejar ese perpetuo contraste en el que se mueve el film -por ejemplo, es admirable cómo se pasa del rugir del mar más feroz a la paz más absoluta de un tranquilo pueblo de la sierra-. Contada sin artificios ni barroquismos, sus escasos diálogos, su ritmo pausado, la ausencia total de música y su gusto por el plano fijo -como el de la gasolinera que abre la película, magistral-, dotan al conjunto de un realismo exacerbado que es, siempre, el principal pilar sobre el que se sustenta el film. Lo único reprochable es un excesivo uso de los fundidos a negro, mal menor en todo caso. Por último, su otro gran acierto es lo bien explorada que está la ciudad de Granada y cómo esa Semana Santa que desfila por sus calles dota de nuevos significados una obra que seguirá reverberando en nuestras mentes con la misma fuerza que esos tambores, inclementes y salvajes, de las procesiones. 

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2 pensamientos en “Caníbal

  1. La acabo de ver. Me ha gustado mucho el trabajo de Antonio de la Torre, tan diferente a lo que le tenemos acostumbrado a ver y a su propio caracter (al menos el que muestra en público) que permite comprobar el grandísimo actor que es.
    Agradezco que se hayan ahorrado sangre y demás, demostrando que no hace falta enseñar ciertas cosas para que consigan la sensación que se busca. Eso sí, ains, que repelús verle comer los filetitos de señora…y eso que serían pechugas de pollo o algo así, pero lo hacía con esa naturalidad… :S

    • Llegaste justo a tiempo para la gala de los Goya! jaja La verdad que el trabajo de Antonio de la Torre es impresionante, estaba digno de Goya, pero la competencia que tenía era feroz. Y no era pollo, era pavo! Pero sigue dando el mismo repelús como tú bien dices! jaja 😉

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