Palabras encadenadas

Si tuviese que escoger una de entre la multitud de representaciones teatrales que he visto en los últimos años me quedaría con Palabras encadenadas, ejercicio de intriga dirigido por Juan Pedro Campoy, interpretado por unos colosales Javier Manzanera y Celia Nadal y basada en la novela homónima del dramaturgo Jordi Galcerán. Cuál fue mi sorpresa que, años antes del estreno de esta función, ya se había trasladado al cine la popular novela del escritor catalán. La versátil y siempre eficiente Laura Mañá fue la responsable de dirigir Palabras encadenadas (2003), película que no renuncia a la esencia teatral -para bien y para mal- para alzarse como uno de los thrillers psicológicos más destacables del cine español. Con guión de Fernando de Felipe, el film es un continuo baile de disfraces, un estimulante juego de entidades enmascaradas sujetas a un guión lleno de giros, algunos más eficaces que otros. A diferencia de la obra de teatro-que cuenta única y exclusivamente con los dos actores principales-, en la película se abre el abanico a un plantel de secundarios entre los que destaca el veterano Fernando Guillén en el rol del comisario Espinosa. Junto a él, brillan con luz propia los protagonistas: el argentino Dario Grandinetti y una Goya Toledo sin nada que envidiarle. 

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Que Grandinetti fue una gran elección para el papel de Ramón, profesor universitario y psicópata, es algo que se desprende desde la primera escena: ese monólogo de cinco minutos en forma de grabación casera que abre la película. La encargada de observar horrorizada lo que este hombre sin escrúpulos ahí confiesa es Laura, una psiquiatra maniatada en el interior de un oscuro sótano. La joven, que no tarda en reconocer en el vídeo al que fue su marido durante dos años, se ve obligada a jugar con él al juego de las palabras encadenadas si quiere salir de dicho lugar con vida. Si gana, él la dejará en libertad, pero si pierde, le sacará un ojo. A partir de esta premisa argumental se va desarrollando un extraño juego del ratón y el gato en el que nunca sabes quién desempeña cada rol. La película, aunque no es tan contundente ni tan densa como cabría esperar, sí es correcta y competente. Una función de acreditada calidad en el que brillan los entresijos de un guión -a pesar de caer en la inverosimilitud en algunas ocasiones- y sus interpretaciones. La relación que se va estableciendo entre su potente tándem principal, llena de secretos inconfesables y situaciones inesperadas, no cae tanto en el morbo como en lo que verdaderamente importa aquí: el aspecto psicológico de sus conductas. Al final da la sensación de haber presenciado una tesina sobre el comportamiento humano más que un espectáculo sangriento sin más fin que el de incomodar.

De atmósfera truculenta, la directora sabe sacar partido a su escasez de escenarios. Mañá demuestra saber manejarse en un terreno para ella desconocido, pues hasta entonces sólo se había hecho responsable de la comedia Sexo por compasión (2001). Es por ello especialmente doloroso que esta interesante propuesta pasase sin pena ni gloria por las carteleras y que no se publicitase como se merecía en su momento. No obstante, siempre es buen momento para rescatar este puzzle inteligente que tiene la virtud de enganchar desde el primer minuto al espectador y no soltarlo hasta el final, algo en la línea de Saw (James Wan, 2004) -sin su componente sórdido- o La habitación de Fermat (Luis Piedrahita & Rodrigo Sopeña, 2007) -en lo referido al apartado de acertijos y enigmas-. El otro gran referente de la novela, y por ende de la película, es la infravalorada producción de cine negro francés Los raíles del crimen (Constantin Costa-Gavras, 1965), especialmente en lo referido a cómo el asesino intenta desviar el motivo del acto de este secuestro -el vengarse de su ex mujer después de que ésta profiriese en el juicio del divorcio una serie de mentiras contra él- habiendo cometido previamente un nutrido grupo de asesinatos y, de esta forma, difuminar cualquier sospecha.

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Es una pena que lo que podía haber sido algo mastodóntico, un thriller de diez, se quede en el notable sin más, que no es poco. En su contra juega alguna actuación policial discutible, algún que otro pasaje irregular o su incapacidad de mantener el mismo nivel de interés en todo el relato, pero sale beneficiada por su banda sonora -premiada en el Festival de Málaga- por el hecho de mostrarse bastante fiel a su material de partida y, sobre todo, por concienciarnos sobre el tema de las falsas apariencias en la sociedad, más vigente de lo deseado. 

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