Up in the air

Up in the air (Jason Reitman, 2009), uno de esos espectáculos frescos y diferentes con los que de cuando en cuando nos sorprende el cine americano, es también un caramelo envenenado. Por muchos motivos. En primer lugar, porque tras su aspecto de película intrascendente se esconde una de las más mordaces y corrosivas críticas a la sociedad contemporánea. En segundo lugar, porque se nos ha vendido como una película comercial más, fruto de la rutinaria maquinaria hollywoodiense, cuando tiene más de cine de autor, de lenguaje propio, como todo el parido por un director responsable de las espléndidas Juno (2007) o Young Adult (2011). Pero, especialmente, por la radiografía de su personaje central. Al igual que en las dos películas citadas, Reitman se muestra amante de los personajes complejos, en constante evolución. En efecto, Up in the air es también un caramelo envenenado por lo engañoso que resulta Ryan Bingham, su rol principal, al que da vida el carismático George Clooney. El que en un principio se traza como un hombre atractivo y de férrea personalidad, más tarde se destapa como un ser arrogante y falto de valores. Y es que Bingham se gana el jornal despidiendo a gente, detestable tarea para la que las grandes empresas se lo rifan. Y él, lejos de dar síntomas de remordimientos, se muestra feliz. Parece no darse cuenta que vive al borde de una inevitable tragedia.

UP IN THE AIR

Ryan Bingham presume de no necesitar lazos afectivos para vivir, se confiesa amante de su vida solitaria y es consciente de su porte, tan magnético como atrayente. Su existencia parece sostenerse en unos cimientos sólidos que, para su propia sorpresa, empezarán a tambalearse cuando conozca a su compañera de viaje (Vera Farmiga, vista recientemente en Expediente Warren: The Conjuring -James Wan, 2013-) y cuando su jefe, por recomendación de una joven graduada en eficiencia, le ofrezca un puesto fijo, el cual le obligaría a renunciar a una de sus grandes pasiones: recorrerse de punta a punta Estados Unidos en avión por motivos laborales. Dos pilares inesperados que la harán replantearse su estilo de vida. Aplaudamos a Up in the air por depositar todo el peso narrativo en un personaje tan atípico como bien dibujado, al que el excelente guión del propio director -en colaboración de Sheldon Turner, inspirados en el libro de Walter Kirn- someten a un interesante proceso de humanización. El director usa la figura de Binghman para denunciar un sistema social obsoleto, un régimen capitalista que lleva más tiempo del necesario dando síntomas de desgaste. Tras su porte de hombre elegante, tras esos impolutos trajes de chaqueta y sus recurrentes vuelos en primera clase, se va revelando la aciaga existencia de su protagonista; una vida beneficiada por la crisis económica e impulsada por el drama del desempleo. En relación a este estigma actual, el film hace gala de su sensibilidad al no penetrar de forma excesiva en la herida del paro -bravo por no ahondar en las reacciones de quienes sufren dicha tragedia-, pero tampoco es ajeno a una realidad social en la que, como bien se explica en un pasaje, la gente se quita incluso la vida por la falta de expectativas laborales, por la precariedad del mercado de trabajo.

Up in the air arroja una mirada progresista al mundo cada vez más aislado en el que vivimos; un mundo en el que hasta los jefes son incapaces de despedir de forma directa, sino que tienen que contratar una empresa externa y ésta, a su vez, recurrir a las video conferencia como vía de expresión para comunicar terrible noticia. Aquí sale a flote otro de los grandes debates de la película: ¿las nuevas tecnologías aplacan o, por el contrario, potencian el individualismo?; ¿qué podemos esperar de una sociedad en la que el avance de la informática ha supuesto la reducción del contacto físico, de las relaciones personales tal y como hasta ahora las conocíamos? ¿Hacia dónde nos lleva la imparable mecanización empresarial? Por tanto, Up in the air nos obliga a replantearnos qué tipo de mundo estamos creando y cuál es, por el contrario, el que deberíamos crear. Porque al final, puede que este espectáculo a medio camino entre lo dulce -el tono afable, el trazo elegante- y lo amargo -su desgarrador telón de fondo- no sea más que es una película política. Ésa es su grandeza. 

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Nominada a 6 Oscar -incluyendo mejor película-, la gran baza de este recital de (gran) cine independiente es el de estar capitaneada por un director que hace gala de, además del buen manejo en el trazo de las relaciones personales, de un gran dominio del lenguaje narrativo. Pocos como él, por ejemplo, hubieran sabido desenvolverse con esa soltura por ese conglomerado de hoteles y aeropuertos que es donde se desarrollan la mayoría de escenas, dotando al film de un halo lujoso que más tarde se revelará como una gran estafa, en pura fachada. Es de justicia resaltar también su gran labor de montaje, ejemplificada en la primera escena en la que se nos presenta al personaje de Clooney, rítmica e ilustrativa a partes iguales. Quizá el descafeinado desenlace, su (excesivo) serpenteo con el cine romántico  y la propia indefinición de la película -¿drama?; ¿comedia?- impidan catalogarla como una obra mayor, pero se alzó como un salto de gigante en la carrera de su autor. Parafraseando a Binghman, si el cine es una mochila en el que llenar con películas grandes y pequeñas, no cabe duda que Up in the air caería del lado de las primeras. 

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