La noche de los girasoles

Hace 30 años, Los santos inocentes (Mario Camus, 1984) se convertía en una de las mejores crónicas de esa España negra y sangrienta sometida a la cruenta dictadura, al tiempo que se alzaba como una de las más fidedignas ilustraciones de la España rural, la de los caseríos y sus tierras. Años más tarde, la mucho más urbanita Match Point (Woody Allen, 2005) destripaba sin piedad el lado más oscuro del ser humano a través de uno de los guiones criminales más certeros que ha parido jamás el cine. Ambas bien podrían haber sido corazas referenciales para La noche de los girasoles (Jorge Sánchez-Cabezudo, 2006), un nuevo acercamiento a aspectos tan punzantes como la impunidad del crimen o el sentimiento de culpa –Match Point– desarrollados en el entorno de esa España en vías de las extinción que no es otra que la campestre –Los santos inocentes-, salvo que aquí el contexto histórico no es una dictadura explícita, sino camuflada; una dictadura que permite y ampara la corrupción de los poderes públicos. Debut en el largometraje de un director que ya venía avalado por sus dos cortometrajes –Musket y La Gotera, éste último codirigido por Grojo-, nos situamos ante un thriller impecable, ante un relato de corte criminal que, al tiempo que atesora todos y cada uno de los ingredientes del género -violación, un asesinato equivocado, venganza, culpables, cómplices-, se las ingenia para sorprender y dar una vuelta de tuerca tanto en sus métodos expresivos como en el propio argumento.

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Producida por Enrique González Macho -actual presidente de la Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas de España-, la trama de La noche de los girasoles parte cuando dos espeleólogos, Esteban (Carmelo Gómez) y Pedro (Mariano Alameda), deciden investigar una cueva en una montaña de Ávila. A la expedición les acompaña Gabi (Judith Diakhate, vista posteriormente en Alacrán enamorado -Santiago A. Zannou, 2012-), la novia de Esteban, aunque la joven decide quedarse fuera esperándolos. Cuál será la sorpresa de los dos hombres cuando al salir de su expedición se encuentren a Gabi, que ha sido víctima de una violación, ensangrentada y en estado de shock. A partir de esta premisa argumental, la película elabora un potente estudio acerca de cómo el afán de venganza nubla la superficie racional de un ser humano que, en contra de cualquier orden ético, se deja llevar por el impulso. El film, en este sentido, es una tesis acerca de la violencia en general y, más concretamente, del instinto primitivo del hombre; un instinto del que ninguna persona normal y corriente es ajena de padecer. La noche de los girasoles no es una película de terror pero, diablos, lo parece: pocas obras reflejan de forma tan impúdica el asesino que todos llevamos dentro o cómo el absurdo y la sinrazón pueden dominar en un momento concreto nuestras vidas. La película, por tanto, se muestra muy poco condescendiente con sus criaturas y pone sobre la mesa todas estas cuestiones no valiéndose del sermón carca, sino en una potente historia que hace pensar. Y mucho. 

Película oscura e inmisericorde con el espectador -por la sensación de rabia e impotencia que produce, principalmente su descorazonador desenlace-, otro de sus alicientes es el hecho de haber sido rodada en una aldea abandonada -concretamente en El Cabezuelo (Ávila)-, lo cual confiere al resultado final un halo de aislamiento muy acorde con otro de sus temas centrales: la soledad; cómo cada uno de los ocho personajes que se ven envueltos de una u otra forma en el asesinato -el policía adúltero, el explorador de hasta ahora conducta intachable, la propia víctima…- tendrán que aprender a (con)vivir con su conciencia de por vida. Y todo tras haber hecho frente a esa situación límite que a todos, absolutamente a todos, se nos puede presentar en un momento de nuestra existencia. En relación con esto, el director y guionista Sánchez-Cabezudo acierta al seguir un original itinerario: fraccionar el relato en 6 capítulos –“El hombre del motel”, “Los espeleólogos”, “El hombre del capítulo”, “La autoridad competente”, “Amós el loco” y “El caimán”-, abordando en cada uno de ellos las diferentes ópticas de los implicados, como si de un sugestivo puzzle se tratase. 

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Este solvente thriller made in Spain estuvo nominado a 3 Goyas y conquistó a público y crítica en su paso por el Festival de Venecia. Quizá se eche en falta alguna descripción más precisa de determinados personajes, pero lo que queda es la perplejidad ante la vulnerabilidad del hombre ante la pasión más salvaje, lo proclive del alma humana para contaminarse de forma perpetua en cuestión de segundos, la desazón inmensa de ver el regreso del violador a su hogar familiar: paradójicamente la única persona que sale indemne de semejante embrollo, de tremenda locura, de apoteósica sinrazón. 

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